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Alberto Santamaría visitó Segovia este pasado viernes para compartir su obra, su visión y sus pensar con el público del Foro Social de Segovia. Poeta, escritor, filósofo y actualmente profesor de Teoría del Arte en la Universidad de Salamanca, posee una perspectiva de la cultura, los movimientos sociales y su porqué interesante a todos los niveles. Sus alumnos, algunos trabajadores de este diario, aseguran que nadie se perdía sus clases, porque trata de hacer de la universidad un espacio más humano que contribuya la experiencia de vida justo en esta etapa de la historia. Sobre sociedad, cultura, capitalismo y sensaciones de vida, habla Santamaría en esta conversación.
—El pasado viernes participaste un encuentro de escritores organizado por el Foro de Segovia, una actividad cultural en sí, lo que nos lleva a uno de los temas que más abordas en tus ensayos: sociedad y cultura. ¿Cuál sería la radiografía actual de la sociedad y la cultura actual?
—Es una cuestión muy amplia pero estamos en un momento en el que la cultura se ofrece muy empaquetada; desde determinadas instancias políticas se utiliza como una herramienta para dar imagen de modernidad. Siempre pongo como ejemplo que cuanto más conservadora es una ciudad, más arte urbano tiene. Algo que siempre ha sido transformador, muy radical, ha terminado siendo un instrumentos social. Eso nos quiere decir que estamos en un momento social en el que la cultura está muy amansada, empaquetada y cerrada, también debido al hecho de la precariedad cultural. Los trabajadores culturales viven en una situación de precariedad que determina las propias actividades. No tenemos la cultura que nos gustaría sino la que se nos da, y esto genera problemas en ocasiones. Creo que estamos en un momento en el que determinadas formas de capitalismo, de gestión política y económica, usan la cultura como una forma de ornamento, en vez de enfocarla en una herramienta de transformación.
—Como profesor universitario, en contacto con tanta gente joven que te ofrece su perspectiva, ¿cuál crees que es su relación con la cultura, que a su vez es precaria?
—El concepto de cultura es muy amplio porque las croquetas de mi abuela también son cultura; tiene que ver con las formas de vida, con el hecho de cultivarse uno, ser culto. Pero tendemos a reducir la cultura a la práctica artística. Si lo tomamos así, el problema que tienen los jóvenes es que se nos educa en una visión de la cultura, por decirlo, esquizofrénica. Lo digo en el sentido de que se nos dice que el arte es algo que tiene que ver con las emociones, los sentimientos, que puede ser crítico, y al mismo tiempo se nos ofrece como mercancía: el arte es algo que hay que vender, se hace para ganar dinero. Se genera en la educación un elemento electrificante, de shock. Si digo que el arte es algo afectivo y creativo, y al mismo tiempo una mercancía, eso genera un elemento muy extraño en la cabeza de la gente joven. Eso se junta con otro elemento muy vinculado con el neoliberalismo, que construye la sociedad en base a ganadores y perdedores. Si juntamos el concepto de cultura en estos dos ámbitos, y con que vivimos en una sociedad en la que domina el concepto de tener éxito -si no tienes muchos likes, visualizaciones, seguidores, no tienes éxito-, eso genera una bomba en la cabeza de los jóvenes. Son tres elementos tan chocantes que nublan las capacidades creativas. Es la dificultad de una sociedad enferma de capitalismo, junto a la idea del arte fuera de los límites del capitalismo; es muy complicado.
—¿La función ideal de la cultura debería estar solo ligado al plano más emocional?
—El tema es que la cultural no es una cosa externa a lo que hacemos diariamente. Una cuestión del capitalismo es separar la cultura del resto de cosas, de la política, sociedad, las actividades. La cultura es algo que se programa pero está inserto en nuestras relaciones cotidianas; la forma en que yo me relaciono con la cajera del supermercado, o mi familia; la cultura es lo que un filósofo llama una estructura de sentimientos. Es fundamental para el cambio social. Si reducimos la cultura a la práctica artística estamos adelgazando un concepto que es mucho más complejo, y que es muy rico para entender cómo hay cambios políticos o sociales. Es la forma en que gestionamos nuestras prácticas cotidianas. Quienes tiene el control sobre nuestras prácticas, tiene el control sobre nuestra cultura. Es una herramienta transformadora enorme si la entendemos como esa capacidad de cambiar esas formas de sentir.
—Tendemos a reducir cultura a práctica artística en sí:un concierto, una exposición…
—Sí, y pensamos que esto es así de siempre, pero no. Es una cuestión que de modo radical empezó a transformarse en los años 70. Es el momento en que mezclar arte con política es panfletarismo y destruyes el arte. Hacer arte político no es simplemente que en tu obra haya elementos de crítica política. El arte en sí mismo ya es una herramienta transformadora. Alguien que trabaja en un trabajo “de mierda” 14 horas pero que llega a su casa y lee un poema o lo escribe, ahí el arte ya funciona como una herramienta transformadora, emancipadora. Es la virtud del arte, su capacidad de situarnos en momentos distintos.

“Se nos dice que el arte es algo que tiene que ver con las emociones, los sentimientos, que puede ser crítico, y al mismo tiempo se nos ofrece como mercancía: el arte es algo que hay que vender, se hace para ganar dinero. Se genera en la educación un elemento electrificante, de shock”

—En tu ensayo ‘Un lugar sin límites’, analizas estos temas de relación entre cultura, política, sociedad en los años 70. La situación es radicalmente opuesta o seguimos bebiendo de aquella época.
—Lo que trato de analizar en el liubro es que entre el 69 y 76, momento de crisis del capitalismo, previa a la llegada del neoliberalismo, se vivió un momento de crítica transformadora: la cultura en un grito de transformación. David Bowie, el punk, eran gritos de transformación. Luego fue absorbido por el neoliberalismo. Ahora mismo, después de todo eso, vivimos el momento de su putrefacción, y hay elementos comunes.
El punk fue absorbido por el neoliberalismo porque su mensaje había que detenerlo, y la mejor manera de censurarlo no es prohibirla, es programarla mucho. Así, si lo programamos mucho, el punk termina convirtiéndose en imperdibles y crestas, y se olvida todo lo que había detrás. El neoliberalismo quiso tratar de separar la cultura de sus raíces sociales, decir que nada tiene que ver con el cambio político ni social, sino que es algo que hace uno como entretenimiento. Entonces surge toda la industria del entretenimiento, y nosotros vivimos en esa estela, en la putrefacción de todas aquellas ideas, que eran transformadoras. El punk descubre que el capitalismo es un todo que afecta a nuestra vida cotidiana es todo el rato capitalista; ni nosotros ni Ana Patricia Botín es todo el rato capitalista, porque tenemos cuidados, relaciones afectivas… así que hay pequeñas grietas que tratan de transformar las cosas.
—Ya que analizas el movimiento punk, ¿eres fan de este género y de lo que supuso?
—Yo sí. Este libro tiene origen biográfico, yo parto de mis obsesiones y una de ellas es la música punk de los 70. Evidentemente me siento cercano; el libro tiene la excusa de estudiar aquellas músicas que me gustan e interesan, y entender su rastro. Entender sobre todo el hecho de que en ocasiones, el arte y la cultura son formas de entender una época. Hay una metáfora muy bonita de Ortega y Gasset que dice que si quieres saber la dirección del viento, miras el humo de la chimenea. Así que cuando queremos entender la forma de sentir de una época, hacia dónde se dirige, tenemos que mirar su arte. Creo que cuando miramos el punk, la música disco, el heavy-metal, que surge todo en los 70, algo nos están contando, algo nos quieren decir. Me interesa ese trasfondo, qué hay detrás de todo eso.
—Pasando a tu faceta poética, como literato, te lanzas en 2003 a escribir y publicar poesía, pero ¿qué te lleva a comunicarte de esa manera, que es tan complicada?¿cómo es tu relación con la poesía y cómo surge?
—Yo empecé a escribir poesía porque me dedicaba a la música de adolescente y joven. Tenía un grupo de música punk, precisamente, y empecé a hacer letras. Como no tenía ni idea de hacer letras, empecé a leer poesía, a copiarla para hacer letras de las canciones. Ahí llegué a la poesía, a través de la música. La poesía ha sido para mí una forma de relación, de visión de la realidad, de jugar con las palabras el lenguaje, de usar el lenguaje para hacer descubrimientos de espacios de la realidad. Siempre me defino como un poeta que escribe ensayos cuando no puede escribir poemas. De hecho, creo que si siempre estuviera inspirado para escribir poesía no escribiría ensayo. Para mí la poesía es la herramienta fundamental de la escritura, para mí es un género literario superior, lo que más me gusta. Siempre estoy leyendo un libro de poemas.

“La cultura es algo que se programa pero está inserto en nuestras relaciones cotidianas; la forma en que yo me relaciono con la cajera del supermercado, o mi familia; la cultura es lo que un filósofo llama una estructura de sentimientos”

—Como consumidor de literatura, ¿en qué momento crees que está la literatura actual? Para algunos es un momento algo “decadente” por la cantidad de publicaciones y los valores; ¿cuál es tu opinión?
—Creo que no es decadente, creo que no sería la palabra, porque la literatura es literatura. Si que es verdad que entre 2008 y 2009, en el contexto de la crisis económica, curiosamente, empezaron a surgir muchas editoriales independientes que potenciaron y arriesgaron nuevas formas de escritura, y eso siempre es importante. No creo que vivamos en un momento de decadencia, vivimos un momento de diversidad, que eso nos guste más o menos… se publica mucho, pero siempre se ha dicho eso. El alemán Friedrich Schlegel decía “se publica demasiado en Alemania” en 1798; pero que se publique mucho no creo que nunca sea nada malo. No creo que eso sea un problema, el problema sería que no se publicase nada. Siempre habrá más que ver, más opciones. En poesía y ensayo se está viviendo un momento muy interesante, hay trabajos de gente que aporta mucho.
Con respecto a la publicación y la recepción de literatura siempre soy optimista. A mí siempre hay algo que me sorprende, todos los meses descubro algo que me sorprende, con lo cual, no lo veo como un momento de decadencia sino de apertura. Para mí es enriquecedor, peco de optimista.
—Al hilo de hacer un análisis del momento y aprovechando tu experiencia como profesor universitario, ¿qué momento vive la enseñanza universitaria? Para los alumnos, la salida al mercado laboral es dura y complicada, para muchos la universidad es puro trámite. ¿Qué crees?
—La universidad es un sitio extraño, es un sitio un poco “enfermizo” en muchos sentidos. Digo esto porque en ocasiones se fuerza demasiado la máquina señalando que el único objetivo que tiene la universidad es el de la empleabilidad. Eso genera unas ansiedades y unos problemas en los estudiantes que quizá son excesivos. El entorno de la universidad tiene que ser un espacio de humanismo, incluso de autocrítica, crítica social, de encuentro, y la universidad es una experiencia de vida. Quiero decir que todos los que hemos ido a la universidad, llegas y es un espacio fascinante de vida. A veces la universidad se está deshumanizando por la presión de determinadas estructuras empresariales, y eso deshumaniza mucho y lo convierte en un espacio enfermizo. Cada vez hay más problemas de ansiedad, más problemas de salud mental entre los estudiantes, precisamente por esas presiones de competitividad que se meten; esto con respecto a los estudiantes. Respecto al profesorado pasa exactamente igual. Hay unas presiones de competitividad excesivamente enfermizas para el desarrollo de la vida. Creo que rehumanizar la universidad sería un elemento muy importante de salud para profesores y estudiantes.
—¿Eso es posible?
—Debería serlo, lo que pasa es que para que nos hagamos una idea, el otro día en la Universidad de Salamanca vi que el Presidente del Consejo Social de la Universidad es el presidente de Iberdrola. El Banco Santander controla el espacio económico de la universidad, El Corte Inglés controla otra parte… en el fondo, la universidad se ha convertido en una subcontrata de las grandes empresas y eso es muy difícil de erradicar.
Yo, por lo menos, trato de que mis clases y mi relación con los alumnos priorice el elemento humano y el de generar espacios agradables de trabajo en el aula. Yo me olvido, no pienso en mis estudiantes en ningún momento como si fueran mano de obra o futuros trabajadores. Esa es mi aportación.
¿En qué te encuentras trabajando ahora mismo? ¿Tienes algún proyecto entre manos?
—Sí, estoy terminando una pequeña novela que saldrá no sé si este año o al año que viene, pero que ya está terminada. También estoy con un ensayo sobre un escritor que me gusta mucho, que es de ciencia ficción y se llama J. G. Ballard, y trabajo en un ensayo sobre su obra. Me gusta mucho la ciencia ficción así que me lo estoy pasando muy bien.