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Sevilla, siglo XVI. El espíritu sefardí todavía no se ha disipado. Las orillas del Guadalquivir, y en especial el hoy Barrio de Triana, se convierten en un crisol -un potage lo denominó Cervantes- de moros, negros, portugueses, indios llegados de América, canarios que esperan embarcarse en busca de fortunas en la Nueva España, gitanos -egipcianos, le decía el vulgo- y nativos de la ciudad. Pervive la música popular castellana del siglo XV, pero también los zéjeles y moaxajas árabes. La explosión del ocio y del divertimento, la mezcolanza de culturas y de personas, dan lugar a distintas danzas.

En las obras de Cervantes y de Quevedo se recogen algunas: pavana, gallarda, guiriguirigay, chacona, rugero, canario, zarambeque, sarabanda, jácara, folía, mariona o pasacalle. Beben, ya se ha dicho, de distintas fuentes, y se expresan en “lascivos bailes (que) parece que el demonio los ha sacado del infierno, (pero) que se mira con aplauso y gusto de los cristianos”. Es lo que escribe Rodrigo Caro en 1626.

Esos bailes pasan a Europa. El barroco los absorbe. Son muy celebradas la Sabaranda de Haendel –cuarto movimiento de la Suite en re menor- y la Chacona de Bach, que James Rhodes ha popularizado al piano. La folía tuvo tanta proyección internacional que se le conoce como folie d´Espagne, y ha dado nombre a una sala de teatro ligero en París.

Ayer, sábado, los segovianos pudieron disfrutar de un ejemplo de músicas y danzas en el recital que la Accademia del Piacere y la bailaora Patricia Guerrero ofrecieron en el ágora de la Universidad de Valladolid, organizado por la Fundación D. Juan de Borbón. Fue sencillamente espectacular.

Es conocida la maestría de los músicos, y en especial de Fami Alqhai con la viola de gamba, cada día más cerca de Jordi Savall, el maestro que la rescató del olvido. Alqhai se atrevió con el instrumento a modo de guitarra en una marcona que literalmente quitó el hipo. Pero subió de grado el espectáculo cuando se sumó a él Patricia Guerrero. La granadina se come el escenario, se le queda pequeño.

Expresividad, dramatización, técnica y fusión de artes: zapateado y movimiento del mantón de Manila, todo lo que realiza esta mujer parece proceder del fuego de los dioses, del martillo de Thor; tal es su fuerza, su capacidad de sentir y de transmitir sentimientos; tales sus recursos.

En este tipo de actuación es muy difícil la coordinación entre los intervinientes, pero ayer la hubo a chorros, y saltaron chispas entre el público segoviano, y se olvidó por unos momentos la maldita pandemia, que había obligado a un escenario que quizá no era el más adecuado para el sonido; y quedaron grabados unos acordes y unas imágenes que tardarían en marcharse de la memoria cuatro siglos que se viviera.

FOTOGRAFÍAS de la actuación en el ágora del Campus María Zambrano
📷 Rocío Pardos