Ramon Jauregui
Ramón Jáuregui. / ICAL

El clima seco favorecía los problemas asmáticos de sus hijos. Pero este no fue el único motivo por el que el político Ramón Jáuregui escogió hace ya 30 años Riaza como sitio para veranear. Nació en San Sebastián. Al menos en verano, sentía la necesidad de huir del lugar que le quitaba la paz que tanto anhelaba durante “unos años terribles” en los que debía lidiar con ETA. El que fuera vicelehendakari entre 1987 y 1991, consejero de justicia y trabajo (1995-1998) y ministro de Presidencia del Gobierno de Zapatero entre 2010 y 2011 (entre otros muchos cargos), tiene ahora otras preocupaciones. ¿La principal? El estado de crispación de la política actual.

— ¿De qué forma valora el estado de la política actual?

Preocupado. Desde 2015, cuando se establece el multipartidismo en España, no hemos sido capaces de encontrar estabilidad política. El país ha vivido con un bipartidismo imperfecto durante más de 30 años. Pero ahora, en el multipartidismo, no tenemos reglas para asegurar la estabilidad. Esto nos obliga a una revisión de nuestro modelo electoral o de nuestra ley de Gobierno para la investidura. Creo que hay que asegurar que el partido que gana las elecciones sea el que gobierne. Hay que facilitar su investidura.

— ¿Qué retos cree que tiene ahora España?

Casi todas las grandes cosas que tiene España como retos es el tema catalán, pero también la transformación de su sistema económico, porque estamos viviendo dos grandes disrupciones: la ecológica y la digital. Eso implica que tiene que hacer frente a esa realidad para ser un país de primera en los próximos 20 años. Los temas que tiene el país por delante, como la revisión de su fiscalidad, de su Seguridad Social, de sus leyes laborales… requieren grandes acuerdos y el país está fracturado. Esta es mi mayor preocupación.

— ¿Le parece que hay demasiada crispación entre los partidos políticos?

Sí, y esto es consecuencia de las decisiones que se han ido tomando en los últimos tiempos, que han condicionado en gran parte a la política. España necesita recuperar el gusto por el pacto. Esto antes premiaba, hoy no. Afrontar los grandes retos que tenemos por delante, van a reclamar recuperar pactos de Estado. Los tuvimos durante mucho tiempo: había cinco o seis grandes bloques de materias en la política española que eran intocables desde el punto de vista de la acción de Gobierno y oposición, sobre terrorismo, por ejemplo.

España está necesitada de que esas cosas funcionen más engrasadamente, pero desgraciadamente todo está muy bloqueado y fracturado. No caminamos en los sentidos adecuados.

— ¿Qué requeriría ese trabajo conjunto?

El ejemplo más clave es el uso de los fondos europeos, que va a requerir que todo el engranaje institucional, público y privado del país funcione como una maquinaria bien engrasada, para que se utilicen bien esos fondos y, al mismo tiempo, España se convierta en un país situado entre los 15 primeros del mundo por su sistema productivo. Todo esto tiene que hacerse en base a una ingeniería en gran parte pactada.

— Como ha comentado, uno de los grandes retos que tiene España es el asunto catalán. ¿Qué opina sobre los indultos que ha concedido el Gobierno a los presos independentistas?

Era un paso necesario para desinflamar un conflicto que sigue reclamando una política inteligente de España en relación con Cataluña. Creo que son inevitables. Es imprescindible para plantearse seriamente si hay o no una oportunidad de diálogo, aunque también sea muy difícil. Yo lo veo más como un gesto a favor de una serenización del tema catalán. Es un gesto de concordia inteligente por parte de la política española. No obstante, soy muy escéptico con una solución a corto plazo, porque desgraciadamente el independentismo no da margen.

— Habla de la concordia. Usted, que coincidió con los años de mayor violencia de ETA. ¿Cómo era la vida de un político en esos años en el País Vasco?

Fue muy dura, prácticamente desde 1977, desde que los socialistas y los comunistas vascos empezamos a defender la Constitución en solitario en un lugar y en un espacio político, con una etiqueta nada fácil y agradable.

— ¿Por aquel entonces sí había la unidad política que hoy reclama?

Costó mucho alcanzar la unidad de los partidos frente a la violencia. Hasta 1987 no se pudo producir un pacto democrático. Fueron 10 años horribles. Hay datos que marcan mi vida en ese sentido. He asistido a más de 300 funerales de policías y guardias civiles y he acompañado centenares de veces a sus familiares.

Tuve escolta desde 1983 hasta 2012. También lo tuvo mi mujer, que era juez. He sufrido un intento de asesinato en una sociedad gastronómica donde mi familia celebraba la Nochevieja. No me gusta enorgullecerme de ser una víctima, porque esto no tiene ningún mérito. Pero mi vida ha estado marcada por eso, me han matado a amigos que eran como hermanos, tengo familia que ha sufrido la represión solo por ser mi familia…

— A pesar del miedo que imagino que tendría, ¿qué le hacía seguir en política?

La convicción de que defendía lo justo, de que nuestra lucha respondía a una razón democrática y pacífica. Suelo decir que vivíamos una cierta épica en aquellos años, porque durante los años en los que hemos combatido al terrorismo y hemos sufrido su amenaza, nos sentíamos al mismo tiempo emocionados por todo lo que proporcionaba esa tragedia. Todo esto era un impulso a seguir luchando, a vencer ese fanatismo y esa locura.

— Si lo mira con retrospectiva, ¿la democracia española fue un ejemplo para el mundo?

Me siento muy feliz de que la democracia española venciera al terrorismo de una manera rotunda. Ha sido un final muy feliz. Si uno mira otros episodios terroristas en el mundo, el nuestro ha sido extraordinario, una victoria limpia y rotunda de la democracia.

— ¿Qué le parece que Sánchez haya culminado el acercamiento de presos de ETA?

No mantengo ningún sentimiento vengativo ni nada semejante. No me parece mal que se acerque a los presos, no tengo odio contra nadie. Me parece maravilloso que todos los que hemos ido articulando una estrategia contra este fanatismo hemos vencido.

— Esto le ha supuesto muchas críticas al Gobierno. El ejecutivo de Zapatero, del que formó parte, también fue muy criticado, especialmente por la llegada de la crisis económica.

Era inevitable. Los últimos dos años del gobierno de Zapatero fueron muy difíciles. Intentamos evitar el rescate de la economía española y lo conseguimos, pero a cambio tuvimos que hacer cosas que no fueron precisamente populares, porque la economía se había caído. Los mercados no nos prestaban dinero, había una prima de riesgo altísima para los préstamos. Suelo decir, medio en serio medio en broma que, aunque era el Ministro del BOE, realmente estaba más pendiente de la prima de riesgo cada mañana, que del BOE que publicaba las leyes del Gobierno.

— A pesar de ello, logró labrarse una buena imagen.

He sido bastante coherente con todo lo que he hecho en mi vida. He mantenido siempre una actitud de compromiso con la democracia, algo que aprendí cuando hicimos la Constitución.