Quico Cadaval, el martes pasado en Segovia. / Kamarero
Publicidad

ELISA YAGÜE

A estas alturas, el Festival de Narradores Orales de Segovia no sería el Festival de Narradores Orales de Segovia si no contase con Quico Cadaval. Cadaval, que fue el primer narrador del festival allá en el 2000, es una presencia esperada, constante y querida por el público segoviano año tras año. Tanto es así, que es al único que se le permite pasarse (y siempre se espera que se pase) de la hora estipulada con el beneplácito de la organización y regocijo de los embelesados escuchadores.

Pensándolo bien, es una suerte que Cadaval se dedique profesionalmente a la narración oral y no a la política, la banca o a la publicidad, porque al reconocer que vive de contar historia, salva a quien lo escucha de su portentosa capacidad embaucadora, pues cada palabra que sale de su boca parece convertirse en una gran revelación (y alguna lo es). Un ejemplo: la prueba de sonido del martes minutos antes de comenzar la actuación.

Cadaval subió al escenario, se descalzó, avisó de que era una prueba de sonido, empezó a recitar, nada más y nada menos que a Calderón, lanzó alguna observación ingeniosa… y ya tenía en sus oídos el primer aplauso y en sus manos al público anhelante y entregado. Pero para llegar a esta aparente sencillez, hay mucho trabajo anterior -escucha, lectura, selección de materiales, reflexión, memoria, adaptación, trabajo de la voz y del cuerpo- además de una prodigiosa y rápida capacidad de asociación de ideas que le permite enlazar, constantemente, sus historias atemporales con el aquí y ahora de la vida y de la contada.

El pasado 7 de julio, Quico Cadaval prometió hacer una sesión antológica con historias ya contadas anteriormente en el festival, aunque solo contó dos y añadió un pequeño apéndice fuera de tiempo.

Las historias de Quico, que siempre se enmarcan en Galicia (y si no es así ya se encarga él de llevárselas a su terreno), tienen la increíble propiedad de ampliarse al gusto del narrador, en función de sus necesidades y según vaya desarrollándose la contada. Me explico: cada historia es un largo pasillo cuajado de puertas que Cadaval puede ignorar, entreabrir, abrir de par en par para mostrar lo que hay dentro e incluso cruzar para entornar las portezuelas interiores de esa estancia-historia. Vamos, que sigue el relato marco clásico de la cuentística oriental y medieval, pero a modo de intrincada carretera, como la 122 Vigo-Villacastín, por la que, en cada trayecto, elige la velocidad y las paradas que más le cuadran.

Así, el martes, la primera historia contada fue el susto que Emilio, padre de Milucho y mecánico de Porrillo, sufrió en el Alto de Confurto, relato de estructura arquetípica, pero anclado en la realidad a través de la toponimia, costumbres y grados de cercanía con el narrador.

La segunda, protagonizada por Carmela, la amiga de la adorada Presencia, también estaba sujeta con similares anclajes de verosimilitud, pero destilaba mayor aroma gallego por la temática religiosa-fantasmal.

La razón de que estas dos historias y el chiste final dieran para más de una hora es que Cadaval abrió varias puertas en forma de apuntes antropológicos, críticas sociopolíticas, ocurrencias, datos históricos, mucha geografía del noroeste, recomendaciones literarias (Castelao, Torga), reflexiones de lo humano, lo divino y lo anarquista, recuerdos profesionales y añoranzas personales. Todo esto como resultado de un proceso de metamorfosis en el que todo material o idea que llega a sus manos se transforma en fábula (en todas las acepciones recogidas por el diccionario) gracias a su peculiar visión del mundo, su experiencia y esa prosodia personal que mece al público y lo seduce para que se entregue completamente a la escucha; porque si el escuchador deja de atender durante unos segundos corre el peligro de encontrarse abandonado en mitad del pasillo o en el interior de alguna solitaria habitación. ¡Y cuidado!, que el propio narrador tienta al despiste no solo con sus constantes apostillas y comentarios, sino con sus juegos de sandalias y botones.

La capacidad de fabular y embelesar de Cadaval desemboca en un acto de magia que suspende el espacio y el tiempo y que conduce a quien escucha a una dimensión galaico-mítica, tal vez vecina a la creada por el patrón de los fabuladores, don Álvaro Cunqueiro. Puede que los vientos lleven a Cadaval lejos de Segovia, pero la magia continúa acaeciendo aquí y esta noche será a través de las manos y las palabras de Diego Calavia.