“Escribí Pedro Páramo en cinco meses, pero la novela llevaba veinte años en mi cabeza”

De las escasísimas apariciones en público de Juan Rulfo, uno de los grandes tímidos silenciosos de la lengua y literatura hispanoamericanas, dio fe el periodista Joaquín Soler Serrano quien, hace ahora casi cincuenta años, rescató al escritor suavemente de su mutismo, lo sentó en una bailarina butaca de las de entonces, en los viejos estudios de la todavía en blanco y negro televisión española y mantuvo una lenta, lentísima, conversación a lo largo de hora y media. De aquel inolvidable encuentro entresacamos algunos instantes, algún hilván, de la misteriosa personalidad del autor de dos pequeños libros, hoy clásicos: la novela Pedro Páramo, y el conjunto de relatos El Llano en llamas.
—Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez-Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque siento preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo. En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda.
Los Pérez Rulfo eran en realidad un apellido compuesto. Se apellidaban originalmente Rulfo. Ellos llegaron de España allá por 1790. Uno fue monje de un convento: era el mayor de la familia, el padre no lo quería y lo metió a monje.

—Viniendo hacia estadios más próximos, detengámonos en sus abuelos.
—Mi abuelo paterno era abogado, y mi abuelo materno tenía una hacienda. Mis orígenes más inmediatos hay que buscarlos en Jalisco, en los Bajos. Yo nací exactamente en un pueblecito que se llama Pulco, que a su vez pertenece a San Gabriel, distrito de Sayula.

—Y como Pulco no aparece en los mapas, los biógrafos le atribuyen a San Gabriel o a Sayula como lugar de su nacimiento.
—Siempre se da como origen la población más grande, ¿verdad?

—Pulco era un pueblo muy pequeñito, con unos dos mil habitantes.
—Estaba metido en una barranca, con calles torcidas y empinadas. Mi abuelo construyó en realidad casi todo el pueblo, el puente sobre el río, la iglesia, casi todo el pueblo, pero vino después la rebelión cristera, y a toda la gente de los pueblos pequeños nos concentraron en los grandes. Por eso pasamos a vivir en San Gabriel.

—Esa revolución ocurrió entre los años 1926 y 1928. ¿Por qué se los llamaba cristeros; cuál fue el fundamento de esa revolución?
— Los cristeros nacieron al aplicarse la Constitución mexicana, que señalaba un cura por cada diez mil habitantes, y el pueblo se opuso, como es natural. Entonces los sacerdotes cerraron las iglesias, y suspendieron los cultos también. Primero el pueblo protestó con boicots y de otras muchas formas, y después acabó levantándose en armas y se fue a defender lo que ellos llamaban “la Santa Causa de Dios”. Esta rebelión tiene, en realidad, un origen más bien matriarcal. Las mujeres crearon esa revolución cristera, y empujaron a sus hermanos, esposos o hijos a luchar. Si les decían “¡no sois hombres si no vais a luchar por la causa de Dios!” lo tomaban como una ofensa muy grande, y todos tomaron las armas.
Sí, fue una zona muy agitada, francamente violenta, sobre todo estremecida por el saqueo. La “cristiada” se caracterizó especialmente por el saqueo, tanto de un lado como del otro. Fue una rebelión estúpida, porque ni los cristeros tenían posibilidad de triunfo, ni los federales contaban con los recursos suficientes para acabar con estos hombres de tipo guerrillero. Además, las mujeres tenían que luchar, eran las que surtían el parque, almacenaban el armamento, se movilizaban libremente por el campo, por todas partes. Era muy difícil acabar con aquella rebelión.

—En esa revolución sufrió usted dos terribles pérdidas: la de su abuelo y la de su padre.
—Sí, los dos. Y en seguida murió mi madre.

—Y se quedó usted casi sin parientes próximos que lo cuidaran.
—Solamente una abuela.

—Pero acabó viéndose obligado a ir a vivir a un orfanato.
—Sí, pero era casi un correccional, el único orfanatorio que existía en Guadalajara. Yo estaba cursando los estudios primarios en la escuela de las monjas Josefinas de Guadalajara, la capital del estado. Nos habíamos ido allá cuando vino la rebelión cristera, y las monjas Josefinas de San Gabriel clausuraron los colegios.

—¿Qué recuerdos conserva usted del orfanato?
—Era terrible la disciplina, el sistema carcelario.

—¿Recuerda usted haber aprendido algo que tenga que agradecer a esos años tristes?
—Lo único que aprendí fue a deprimirme. Esos fueron las épocas de mi vida en que me encontré más solo, y contraje un estado depresivo que todavía no me he podido curar.

—¿No logra usted remontarlo del todo?
—No creo que lo consiga nunca.

—Y antes de ir al orfanato, ¿era usted un niño abierto y alegre?
—Sí, señor. Pero allí me aplacaron, me ensombrecieron. Y la vida era muy pesada, y los muchachos se organizaban en pandillas feroces.

—Tiene usted un raro prestigio de hombre muy escéptico con respecto a las gentes, de hombre tímido e introvertido, reacio a enfrentarse con el público. Yo sé los años y la tenacidad que he necesitado para conseguir traerle al programa. ¿Cree usted que ese sentimiento arranca también de aquellos años, o estaba ya en sus genes?
—Yo creo que era cosa de carácter. El pánico que le tengo yo a la gente es una cosa natural, congénita.

—¿Es usted más feliz en la soledad?
—Con la soledad he aprendido a vivir.

—Continuemos con su vida. Hizo usted sus estudios primarios en Guadalajara, y además estudió contabilidad. ¿Por qué?
—Se estudiaba contabilidad en aquellos tiempos como una especie de muleta, para tener un medio de trabajo al salir de la escuela. La contabilidad era la gran muleta de entonces para que uno pudiera defenderse, o seguir estudiando otras cosas.

—Cuando tiene 15 años (corría 1933) emigra usted a la ciudad de México, y le tocó cubrir diversos tipos de empleos.
—Sí. Fui agente de inmigración, luego recaudador de rentas… ¡qué sé yo! Hice una bola de cosas.

—Al mismo tiempo reanudó sus estudios, esta vez en la Facultad de Filosofía y Letras.
—Toda una década me pasé en aquella oficina de inmigración. ¿Sabe cuál era mi obligación? ¡Perseguir extranjeros! Extranjeros que entraban clandestinamente o estaban ilegalmente en el país. ¡Nunca capturé ni uno!

—Me dijeron que fue en 1940 cuando tomó usted la pluma por primera vez con ánimo literario. Al parecer escribió usted una novela sobre la ciudad de México, que acabó por destruir…
—Sí, eso fue lo primero que escribí. Era una novela bastante grande, muy extensa, sobre la ciudad de México, efectivamente, y la destruí porque era muy mala. Retórica, alambicada, llena de los pecados literarios de la juventud. Le di una vez a Juan Rejano un capítulo de esa novela para que lo publicaran en su revista de los republicanos españoles, que se llamaba Romance, y jamás lo publicó. ¡Así era de mala!

—Era, según creo, una novela un tanto hipersensible, analizando la soledad de un campesino trasplantado a la gran ciudad. Tenemos que esperar a 1942 para conocer el primer cuento de Rulfo. “La vida no es muy seria en sus cosas”, que apareció en la revista América, de Guadalajara.
—Y el siguiente fue “Nos han dado la tierra”, que más tarde se recogería en El Llano en llamas.

—Llega 1947 y tiene usted que ponerse a trabajar.
—Sí, esta vez en publicidad, en el departamento de ventas de una firma de neumáticos. Poco tiempo estuve en la publicidad, y en seguida me dediqué a hacer de agente de ventas por todo el país.

—¿Cómo se le daba la venta de neumáticos?
—Muy bien. ¡Se venden solos!

—En 1953 publica usted El Llano en llamas, cuya primera edición me parece que contenía quince cuentos. Una obra de la que se han hecho tantas ediciones, que puede el libro ostentar fajas como esta que estamos viendo: “¡400.000 ejemplares!” cifra récord en un libro de cuentos en castellano. ¿Qué sintió usted al advertir esa enorme capacidad de llegar al público?
—Al principio me sentí muy frustrado, porque las primeras ediciones no se vendieron nunca. Eran ediciones de dos mil o máximo de cuatro mil ejemplares, y prácticamente yo los regalaba. Han sido las últimas generaciones las que han empezado a leer el libro, y a buscarlo, y en estos últimos años ha alcanzado los grandes tirajes.

—Y llegamos a los años decisivos de su carrera. En 1953-1954 consigue usted una beca de la Fundación Rockefeller, que le permite dedicarse a escribir con una cierta calma su novela Pedro Páramo.
—Realmente la escribí en muy poco tiempo. Cuatro o cinco meses nada más.

—Batió usted todas sus marcas, pues según dicen (y usted me lo ha confirmado en una conversación anterior) Rulfo es un escritor más bien lento.
—Bueno, pero es que… ¡esa novela estaba ya prácticamente escrita!

—¿Estaba tal cual en su cabeza?
—Prácticamente. Sólo fue cuestión de trasladarla al papel.

—Aquí vemos varias ediciones internacionales de Pedro Páramo: españolas, venezolanas, cubanas, mexicanas, argentinas… ¿Cuántos ejemplares deben haberse publicado de Pedro Páramo?
—Pasan del medio millón.
—Ésta es la novela de su vida.
—Sí, me lo ha dado todo.

—Una absoluta notoriedad, un enorme prestigio, un puesto de primerísimo plano en la narrativa hispanoamericana de nuestro tiempo. Y en eso también rompe usted los récords. Porque generalmente un escritor necesita cinco o seis novelas para llamar la atención del público, en tanto que usted consigue el éxito y el consenso general con una sola obra.
—Este libro mío ha tenido mucha fortuna.

—Mirémoslo ahora desde la perspectiva del tiempo. Apareció en 1955. Más de veinte años después, maestro Rulfo, ¿cómo la ve usted?
—Hasta cierto punto ya me he olvidado de ella, como una cosa que pertenece al pasado. Recuerdo que tuve problemas para escribirla. Considero que es una novela difícil, y que muchas personas no la entienden. Hacen falta varias lecturas para penetrarla. Yo creo que mi generación no la entendió, ni siquiera la consideró interesante. Son las nuevas generaciones las que la entienden, la estudian y la aprecian. A ellas se les deben los grandes tirajes alcanzados.

—Se dijo que su técnica era muy complicada, y que recuerda un poco a Faulkner…
—Faulkner es un gran escritor de mi gusto, pero no hay ni sombra de su influencia en Pedro Páramo.

—Sobre todo llama la atención esa manera suya muy personal de narrar desde todos los planos posibles, hacia adelante, hacia atrás, de costado, a saltos. Es casi un planteamiento maquiavélico de la narración.
—Sí, están rotos el tiempo y el espacio. En eso influyó el hecho de que yo trabajaba con muertos, y eso facilitó el no ubicarlos en ningún momento, pudiendo estar en todas partes, hacerlos aparecer en el momento preciso para desaparecer después. En realidad es una novela de fantasmas, de fantasmas que de pronto cobran vida, la vuelven a perder… ¡Sí, era y sigue siendo complicada!

—Pero ha sido un punto de partida fundamental, que ha dado paso a una nueva generación de escritores, de “rulfistas”. Usted ha creado una escuela, ha señalado un camino.
—Sí, y es un camino difícil por la estructura misma de la obra. Porque está de tal forma estructurada que aparentemente carece de estructura, y sin embargo eso es lo que sostiene a la novela: la estructura.