tejero jose bono
El presidente del Congreso, Landelino Lavilla, y detrás, Modesto Fraile.

Este año se cumple el cuadragésimo aniversario de dos hitos que marcaron profundamente la Transición española: el primero fue la dimisión de Adolfo Suárez y el segundo, este martes 23 de febrero, la fallida asonada golpista.

Sobre lo primero, ya se ha escrito recientemente e incluso hay autores que lo unen a lo segundo asiéndose a la frase que Adolfo Suárez dijo en su discurso televisado el 29 de enero de 1981 -minuto 3:40- en el que anunció su renuncia: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la historia de España” como si el golpismo hubiera sobrevolado en la decisión del presidente. El jefe del Gobierno, consciente de la erosión de su acción de gobierno, tenía motivos para estar orgulloso de la labor desarrollada, por lo que dijo “mi desgaste personal ha servido para articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de Estado”.

Pero otras frases menos analizadas tienen para mí tanta o más importancia y explican otros motivos que nos ayudan a entender su dimisión: “Creo que tengo hoy fuerza moral para pedir que en el futuro no se recurra a la inútil descalificación global, a la visceralidad o al ataque personal porque creo que se perjudica el normal y estable funcionamiento de las instituciones democráticas”. Frase por otro lado, de rabiosa actualidad.

En efecto, todos los autores coinciden en que un conjunto de factores llevaron a la dimisión del presidente Suárez: el deterioro de la economía, los atentados terroristas de ETA, el constante pulso con su propio partido y en especial con el grupo parlamentario o la pérdida de sintonía con el ’empresario’ de la Transición, SM el rey, hicieron que, como dijo en su discurso, hubiese “llegado al convencimiento de que hoy y en las actuales circunstancias mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la presidencia”. “Soy un hombre absolutamente desprestigiado”, declaró en una entrevista a ABC poco tiempo antes, sin que el diario madrileño se atreviera a publicarlo hasta veintisiete años después. Nadie de los que le conocieron bien, acepta que su marcha fuera resultado de una amenaza de tipo militar, pues consideran que jamás se hubiera allanado ante cualquier intimidación viniera de quien viniera. Las imágenes del 23F en el Congreso – “tres minutos dramáticos y 17 horas grotescas”, dijo Leopoldo Calvo-Sotelo- no dan lugar a duda de su gallardía.

Nadie que no lo haya pasado, puede suponer el ruido que hacen dos naranjeros disparando unas ráfagas en un recinto cerrado. Es tremendo

Dramatismo que en un texto inédito dejó reflejado el Dr. Carlos Gila, diputado por Segovia: “Nadie que no lo haya pasado, puede suponer el ruido que hacen dos naranjeros disparando unas ráfagas en un recinto cerrado. Es tremendo. Yo pensaba, ¿a cuantos habrán matado?, al mismo tiempo que tiraba hacia abajo de Ciriaco que decía que él no se agachaba (…) yo pensé que esa noche moriríamos todos”. Se refería a Ciriaco Díaz Porras, diputado por Santander. El dramatismo fue in crescendo “a mi izquierda y delante estaba un diputado de Salamanca con el que yo tenía mucha relación pues era el secretario de UCD de allí y yo de Segovia. Estaba escribiendo y muy afectado. Le dije, no te preocupes esto lo salvamos con la cárcel, dormiremos en Carabanchel, pero él no mejoraba y entonces me di cuenta de que estaba haciendo un testamento”. Testimonio novedoso era para mí la actitud del dirigente de Fuerza Nueva, “Por entonces un guardia subió a ver a Blas Piñar para decirle que se podía ir. Yo estaba delante y lo presencié, él contesto, que su suerte era la misma de todos sus compañeros, y allí se quedó”. Pero al diputado Gila le salió el médico que en realidad era y no aguantando más sentado, se levantó y con todo su aplomo, identificándose como sanitario paseó libremente por todas las dependencias atendiendo a los necesitados. Su primera actuación sanitaria fue a un guardia con un ataque de epilepsia. La segunda a Leopoldo Calvo-Sotelo, a quien “ordenó”, y éste obedeció, que se tomara un Valium. Luego le siguió un caso de insuficiencia respiratoria severa, para más tarde convencer a la autoridad -y a algunos diputados- de la necesidad de comer para evitar hipoglucemias. Una vez liberado fuera del hemiciclo el Dr. Gila relata que se emocionó en dos ocasiones: cuando su chófer Guillermo Callejo le recogió a la salida y le dijo que se había pasado toda la noche en el coche esperando acontecimientos, y cuando al llegar al peaje de San Rafael, el operario salió de la garita para abrazarle.

Poco se sabe de nuevo sobre el 23F, entre otras cosas porque las fuentes dejan de estar entre nosotros, pero como dice un proverbio ruso, el pasado es impredecible. El historiador Juan Francisco Fuentes ha publicado recientemente un libro sobre el golpe con aportaciones novedosas de archivos no consultados con anterioridad. Incide en la existencia de varios proyectos distintos de golpes y la confluencia el 23F de todos ellos. Parece claro que el general Armada llevaba meses haciendo declaraciones a unos y otros sobre la necesidad de un cambio de gobierno que él mismo pretendía dirigir, así lo afirman testimonios -directos o indirectos- de Fernando Álvarez de Miranda, Alberto Oliart, Javier Rupérez o del padre de Francesc de Carreras a quien Josep Tarradellas le habría contado su cena en Lérida con el general Armada. Era ‘la operación De Gaulle’, en recuerdo del advenimiento de la V república francesa, que Armada conoció bien por haberlo podido estudiar cuando fue destinado en la embajada española en París. Todo se desmoronó después de que SM el rey llamara a los capitanes generales ordenándoles -y estos obedeciendo- acatamiento a la Constitución y se dirigiera a la nación a través de la televisión en un inequívoco y breve comunicado. El sueño de Armada se desvaneció cuando el “torero que entró armado en el Parlamento español” (así tituló un periódico sueco la noticia en referencia al teniente coronel Antonio Tejero Molina), impidió cualquier opción de transacción que le ofreció aquel al comunicarle -y éste impedir- su intención de presidir un gobierno de concentración nacional con ministros de izquierda incluidos. Para ese viaje, Tejero no necesitaba esas alforjas.

“Eso no podía quedar así. Había que desactivar en el pueblo español cualquier vínculo emocional que le uniera a la ‘inmaculada transición’”

Como vivimos en el siglo de la estupefacción (José Luis Garci), mención especial merece el capítulo del profesor Fuentes dedicado a las teorías conspirativas, que en el mundo de las redes sociales solo hace crecer y crecer sin que nadie se tome la molestia de parar un minuto a contrastar, ¿qué es eso? ¿En qué fuentes beben los autores de teorías conspirativas? “En aquellas que le dan la razón”, dice Fuentes. Y es que parte de la izquierda -sector UP- ha decidido enfrentarse a los mitos de la Transición -reconciliación, amnistía y consenso- porque no encajan en su discurso Lampedusiano. ¿Cómo que un rey instaurado por un dictador frenó un golpe? ¿cómo que un desconocido funcionario franquista de apellido Suárez se permitió actuar como encarnación de la soberanía popular?, y ¿Cómo un -casi- anciano militar del bando nacional se atrevió a enfrentarse en el hemiciclo con riesgo de perder su vida a los golpistas armados que le encañonaban? Y continúa el catedrático de Historia, “Eso no podía quedar así. Había que desactivar en el pueblo español cualquier vínculo emocional -la gratitud al rey, el respeto a Suárez, la admiración a Gutiérrez Mellado- que le uniera a la ‘inmaculada transición’”. Esa izquierda, tiene por tanto que demoler las bases de nuestra convivencia -nuestra Constitución-para poder construir sobre sus cenizas una “verdadera democracia” a su medida.

Bergamín le dijo a Fernando Savater en 1982, “desengáñate, Fernando, lo que necesita este país es otra guerra civil, pero que ganen los buenos”. Afortunadamente en este caso, realidad y voluntad no van de la mano, y esperemos que gente que piensa como lo hacía Bergamín -al cual claramente la guerra le supo a poco -nunca tenga responsabilidad política alguna.


(*) Director de la Fundación Transición Española.

Constitución VIVA‘, por Ángel González Pieras.