Su padre era periodista. Cada noche, había algo que no podía faltar sobre su mesilla: una nota que le dejaba su hija. En ella le contaba lo que le había dolido, asombrado o alegrado en el día. Era esta la forma de Carmenmaría Hernández (Madrid, 1939) de manifestar sus impresiones.

En su casa, escribir y dibujar era lo “normal”. Lo “novedoso” es que Hernández ya ha publicado seis libros. A sus 82 años, sigue desarrollando la creatividad que ha recibido como un “don natural”. De hecho, acaba de publicar ‘Una niña de posguerra’, candidato al premio de la Real Academia de la Lengua, que presenta este martes 3 de mayo en el Centro Social Corpus de Segovia a las 19:00 horas.

Aquí pasó 13 años: fue monja contemplativa en el Convento de las Madres Dominicas. Pero “una serie de circunstancias” le alejaron de la vida eclesiástica y le llevaron, hace cuatro décadas, a Córdoba, donde ejerció como profesora de inglés de Secundaria –se licenció en Filología Inglesa.

La autora siempre ha tratado de disfrutar de la belleza de la existencia. Así ha querido plasmarlo en su último libro, en el que pretende retratar a una generación capaz de saborear la felicidad en una España de escasez y fatigas. No es de extrañar para alguien que encontró en la literatura y la música su forma de evasión entre tanta censura, en uno de los periodos más negros de la historia de España aunque, en su caso, esto lo vivió del lado del vencedor -y con un “respeto absoluto” hacia la otra mitad de la población.

— ‘Una niña de posguerra’ se enmarca en un contexto en el que la libertad estaba muy limitada. ¿Refleja esto en su novela o, por el contrario, no ha querido entrar en temas políticos?

Yo lo vivía de otra manera. Cantaba todas las canciones de esta época, que relatan cómo se vivía, qué se sentía, qué era lícito y qué no. Hablamos de falta de libertad solo como censura en plan político, pero estaba en muchísimos otros campos y las mujeres siempre eran las más perjudicadas. Nosotros vivíamos en un machismo preponderante que todavía sigue, evidentemente.

No sé en qué otros planos había falta de libertad. Nuestra economía era muy reducida y había que hacer el pino para poder salir adelante, y quienes se encargaban de eso eran las mujeres. Los hombres salían a trabajar, pero ellas no tenían derecho a nada porque no traían el dinero. No había salida ninguna para la mujer.

—En su caso, ¿cómo fue su vida como mujer en aquella sociedad que, como dice, era machista, sobre todo a medida que se adentraba en la juventud?

En mi casa se hablaba muchísimo. Desde pequeñas aprendimos a discutir y dialogar. Teníamos la suerte de que en casa se podía hablar. Mi padre era hijo de su época, era machista como todos, pero tenía cierta holgura. Además, en la Universidad ya era la época de las revueltas estudiantiles. Entonces, empezamos a vivir esa capacidad tener crítica sobre las cosas a una edad joven.

— ¿Participaba en esas revueltas?

Yo nunca fui muy política. Vivía aquella situación porque tenía amigos que eran de los que corrían delante de los grises y que, además, fueron a la cárcel, pero yo no era de estas, no era lo que me motivaba, mi campo era más la belleza y la estética.

La música ha sido vital en mi vida, la política no me ocupaba tanto, posiblemente porque nací en una casa con ideas de derechas, aunque podíamos hablar de todo. Eso se mama, soy de derechas de nacimiento, pero entiendo muy bien a la izquierda, o sea que puedo aunar las dos cosas en mí fácilmente.

— Por tanto, al pertenecer al bando de los ganadores, ¿vivió una dictadura más “leve”?

Yo comprendo a la gente que ha vivido una dictadura fuerte, que lo ha padecido en sus carnes y que ha sido perseguido, lo entiendo porque lo encuentro terrible, pero yo no he vivido eso, no he padecido ese tipo de dictadura. Vivía bien, más o menos. Mi vivencia de la vida era normal.

Un libro de amor

— ¿Cómo surgió la idea de escribir ‘Una niña de posguerra’?

Fue una petición de amor. Alguien que me ama mucho me dijo “cuéntame cómo has vivido, escríbemelo”. Entonces empecé, sin pensar jamás en publicarlo, sino simplemente para responder esa solicitud de amor.

— ¿Diría que es un libro de amor?

El amor es lo que ha movido el libro y yo creo que también provoca amor al leerlo. Es un libro de amor porque he escuchado a esa niña pequeña, he permitido que se exprese, la he acogido, la he entendido y he transmitido lo que ella vive, siente y ve, y lo he hecho con la ternura con que uno entiende a un niño, sin juzgarle y sin esperar nada distinto de lo que te da.

Lo que más suscita es entenderse uno a sí mismo. Muchos me han dicho que leyendo el libro se les ha despertado su propia vivencia interior porque, en realidad, el niño que somos va con nosotros siempre.

—¿Le resultó difícil realizar ese viaje al pasado?

Tengo mucha práctica en trabajar mi interior, no soy ignorante de lo que vivo y siento, soy muy consciente y yo siempre he sido una niña, una joven y una adulta atenta, lo que quiere decir que, si estás cerca de tu corazón, no tienes más que escuchar.

Dentro tenemos todo archivado, cuando abres un cajón permites que el de al lado se movilice también y se abra. Ha sido un trabajo estupendo y divertido, porque de repente me afloraban cosas que se me habían olvidado, pero están en la consciencia.

— Su objetivo es que su libro fuera un retrato alegre y colorido, aunque aquel era un país de fatigas.

Como siempre digo, cuando se recuerda se hace poesía, no historia. Por más que queremos ser muy fieles con lo que hemos vivido –de hecho, hay momentos muy oscuros en la vida de esta niña, como en la de todo el mundo-, la distancia te permite hacer poesía, no expresarlo de una forma cruenta.

— ¿Cuáles son los mejores recuerdos que guarda de su infancia?

Qué difícil, porque he tenido muchísimos momentos maravillosos. Tenía el don de ver la belleza. Disfrutaba de la naturaleza, la contemplación de los árboles, los campos, los olores…

—¿Y los más duros?

Todo es luz para el camino, aunque sean momentos duros y dolorosos, que los he pasado, pero no los borro, son mi tesoro, porque gracias a ellos he podido entrar en otra dimensión interior. Casi más lo que nos duele que lo que nos alegra, nos ayuda a entrar dentro y nos centra.

— Ahora Europa vive uno de esos momentos “duros”. En su libro habla de la posguerra, y Occidente está presenciando atónita otra guerra. ¿Le sorprende que en el siglo XXI se haya producido ese conflicto bélico?

El hombre puede dejarse llevar por el poder y la ambición, son pasiones que están en su corazón. Eso no cambia por mucho que hayamos avanzado. Ahora tenemos un Putin y antes tuvimos un Hitler, un Stalin, un Mussolini y, de alguna forma, un Franco. Entonces, escandalizarnos de que en este siglo ocurra eso, es no conocer al ser humano. Necesitamos dominar, a no ser que hayamos trabajado mucho en nuestro interior y sepamos que hemos venido a clarificar nuestro propio camino.

El dolor de España

— ¿Cómo era la vida de su familia en un contexto tan polarizado?

Acabábamos de pasar una guerra cruenta, fratricida, en la que la mitad de la población no amaba a la otra mitad, y eso es terrible. Esas consecuencias se han vivido después en España durante muchísimo tiempo.

Yo nací justo cuando había terminado la guerra, pero todo eso lo llevábamos mamado. Nací en Madrid en un tiempo muy difícil, de escasez, que no quiere decir desdicha. Tuvimos la suerte de nacer en un hogar de mucho amor. Disfrutábamos de lo que teníamos y, cuando no tienes, la imaginación se desarrolla de una forma esplendorosa. Éramos tres niñas muy imaginativas, que sacábamos partido a todo lo que teníamos, que no era nada. Es verdad que teníamos cuentos. Mi madre cuidaba mucho lo que leíamos y nuestros cuentos eran maravillosos. Yo lo aprendí todo en los cuentos y en las películas de sesión continua.

— ¿Cree que esa polarización que había en la posguerra tiene ciertos paralelismos con la fragmentación que parece haber en la sociedad actual?

Es una cosa terrible que no hayamos tenido bastante con una guerra de tres años y con una posguerra. Ahora hay quien pretende reavivar esto en gente que no lo ha vivido. Una cosa es reivindicar la justicia, la equidad, pero ahora mismo no se lleva el ser respetuoso con la opinión contraria.

Es necesario que nos duela España, como decía Unamuno, para que no entremos en colisión y en guerra eterna. De todas formas, los españoles somos de una luminosidad mental extraordinaria y un corazón apasionado, pero somos guerreros.

— Dice que lo aprendió todo en los cuentos. ¿Qué tipo de literatura podía leer en la posguerra?

En aquel tiempo, todos los cuentos eran bonitos, con dibujos maravillosos. Pero qué difícil es encontrar ahora cuentos bonitos, de esos que te hagan contemplar belleza.
En mi casa se leía mucho, había una biblioteca nutrida porque mi padre había leído desde que era niño. Entonces, empezamos a leer todas las lecturas de un niño, pero enseguida leímos buena literatura. Toda la adolescencia y la juventud leímos sin parar libros de la literatura universal, o sea que lo hemos leído todo.

— Pero esa literatura estaba marcada por la censura.

No, a Fiódor Dostoyevski no lo censuraba nadie. Se censuraba lo del momento, posiblemente. Pero la otra literatura, la que venía del siglo XVI, XVII, XVIII o XIX no tenía censura ninguna. Había grandes autores de nuestro momento que eran medio censurados. Vallejo, por ejemplo, no era censurado. Leer a Pardo Bazán o a Galdós no estaba prohibido.
En aquel momento se consideraba alta literatura a los grandes escritores, a Cervantes, Calderón de la Barca, Machado, Oscar Wilde… Yo lo he leído todo. Todo eso eran obras maestras. Ahora la gente lee muchísimas cosas que no son gran literatura, sino novelas para pasar el rato.

— También hubo muchos autores que tuvieron que marcharse al exilio.

Exactamente. Por ejemplo, Machado. Pero podíamos leerlos. Es verdad que sus obras estaban independientes de sus vidas. Todas esas huidas fueron lamentables. Lo que pasa es que eso fue en aquel momento, y ahora son muy ensalzados todos los que, por la República, tuvieron que marcharse y no pudieron expresarse.

Pero hubo muchos que sí se pudieron expresar, como Benavente, al que han barrido del mapa -aunque fue Premio Nobel- porque no era de los que estaban prohibidos en aquel tiempo. Parece que ahora solamente lo prohibido tiene buena prensa.

Hubo desmanes en los dos bandos, es verdad que los que tuvieron que huir fueron más pero, después, cuando todo eso cambió, barrieron de un plumazo a los que habían sido ensalzados, no por su literatura, sino por sus ideas políticas.