Irene Vallejo. Jorge Fuembuena.
Publicidad
ÁNGEL GONZÁLEZ PIERAS / SEGOVIA

La primera vez que vi a Irene Vallejo ya me habló de la Biblioteca de Alejandría; de ese proyecto megalómano, concebido allá por el siglo III A.c. –en pleno periodo helenístico de los Ptolomeos- para atesorar todo el conocimiento de la humanidad en un recinto cerrado. Alejandría era una ciudad joven; no tenía bagaje intelectual; no poseía poso cultural: el conocimiento es un depósito de capas sucesivas que se acumula con el tiempo, con la paciencia, con la obstinación. La cultura es lo que queda después de olvidar lo aprendido, y para eso hay que ser perseverante, no cejar en el empeño; la cultura no corre por las venas; no se adhiere a los genes de una persona, pero casi, sobre todo si hablamos de pueblos. Segovia –la eterna Segovia- sabe mucho de eso.

La tarde que conocí a Irene Vallejo, hará doce años, no congeniamos en nuestro gusto por Emily Dickinson. Irene me miraba con sus enormes ojos azules, y los abría aún más para desentrañar los caprichos de mi sensibilidad como quien intenta analizar el comportamiento extraño de un lagarto ocelado.

Doce años después vuelve con el libro absoluto: ‘El infinito en un junco’ (Editorial Siruela). Lo ha estado rumiando durante todo este tiempo; durante toda su vida, diría. Un libro sobre la locura apasionada del saber a través de la palabra escrita; un viaje por el conocimiento plasmado en ese milagro que significa –que sigue significando, que significará toda la vida- trazar unos signos sobre un papel, sobre un papiro, sobre una pantalla de ordenador, sobre el inconfundible pliego –su tacto, su olor- de un periódico. Y ello con el único objetivo de procurar un ápice de belleza y de “dar sentido al caos y sobrevivir sobre él”. Una loa a los libros y a los viajes en pos del conocimiento. Quien viaja se ve ganado por una perspicacia y una humildad que evita el ensimismamiento, como dice Rafael Argullol y recoge Irene. Quien lee vive tantos mundos, tanta vida, que la existencia termina diluyendo las fronteras del tiempo, del espacio, de la materia. Por eso el tiempo de la poesía nunca pasará, como afirma el poeta bosnio Sarajlic y apunta, cómo no, el libro de Irene.

‘El infinito en un junco’ recorre el camino de los libros a través de la historia. Se centra en el legado de Grecia y de Roma. Pero no solo. Y no es solo- reitero el adverbio- un ensayo; no es solo un relato: los géneros se diluyen en las obras totales. Lo ha demostrado W.G. Sebald, en ‘Los anillos de Saturno’. Lo demuestra Irene Vallejo en este trabajo.

No es esta una obra para eruditos, aunque enseñoree una apabullante erudición. El ejemplar que manejo pertenece a la decimoséptima edición, lo que habla de su popularidad. Hace días petaba Vallejo las entradas en el patio del Torreón de Lozoya, dentro del Hay Festival. Pero, ojo, desconfíen de él. Porque atrapa, tanto que hasta impone el ritmo de lectura. Decía Borges que se vanagloriaba de los libros que había leído más que de los que había escrito. Este es un ejemplo de libro que uno nunca desalojará de su mesilla de noche. Es una obra bella y moral –claramente moral si se entiende por tal el empeño de tomarse en serio la vida-, escrito con un estilo fácil, que se pretende ausente: pluma firme en trazos de algodón. Esto es Occidente, señor, esto es el Mediterráneo, y cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda. Irene lo ha hecho. Se llama ‘El infinito en un junco‘.