Emmanuel Carrère y el adversario

El escritor francés Emmanuel Carrère ha sido galardonado, el mes pasado, con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2021. Tiene 64 años y es hijo del actual Secretario Perpetuo de la Académie française, título que, a pesar de su formulación en masculino, corresponde a su madre, Hélène Carrère d’Encausse, destacadísima especialista en historia de la Rusia soviética. Así que sus capacidades literarias tienen raíces familiares, lo que no quita para que su vocación sea peculiar y su obra muy original.

Emmanuel Carrère lleva 15 años sin escribir ficción, según afirma él mismo, y, sin embargo, suele ser presentado como novelista. También se dice de su manera de narrar que es una autoficción. La discusión procede de que en sus libros la dimensión autobiográfica es fundamental. Carrère puede tener como objetivo la presentación y el análisis de una vida ajena, de un problema existencial o de una investigación sobre un determinado tema, pero su manera de abordarlos y de desarrollarlos consiste siempre en entrelazarlos con la descripción de su propia forma de acceder a los asuntos, de las inquietudes y desequilibrios que le han llevado a interesarse por ellos y del detalle de las relaciones personales que ha entablado en el curso de sus investigaciones. En realidad y como dice su madre –algo molesta con las revelaciones familiares de su hijo-, el afán de hacer literatura de la propia intimidad es muy de los autores de estas generaciones de ahora, no estaba tan presente en las anteriores. La producción en francés del último Kundera, por ejemplo, ha ido en esa línea. O leyendo a Michel Houellebecq, aunque no se presente a sí mismo como personaje, se tiene la sensación de que se le hace difícil controlar en sus novelas la irrupción directa de sí mismo. Y, más allá de Francia, el fenómeno se halla en todas partes. En España, el éxito de Ordesa, de Manuel Vilas, se corresponde también con la elaboración literaria de la propia experiencia vital.

Carrère era conocido como novelista con anterioridad, pero fue El adversario (Anagrama, 2000) la obra que inauguró la manera de narrar, característicamente suya, a la que me he referido y que ha mantenido hasta la actualidad. En ella se ocupa del caso real de Jean-Claude Romand, que en 1993 asesinó a su mujer, a sus dos hijos y a sus padres y pudo haber acabado también con la vida de su amante. Después intentó suicidarse prendiendo fuego a su casa, pero fue salvado por los bomberos y se recuperó tras unos días en cuidados intensivos. Fue condenado a 22 años de prisión, que ya ha cumplido, y, al salir, se ha recluido en un convento alegando una especie de conversión mística.

Sorprendentemente, Romand había sido visto hasta entonces como un hombre socialmente exitoso y de vida familiar estable. Pero la investigación policial reveló inmediatamente que no sólo no era aquel médico de la OMS que decía ser, sino que ni siquiera había llegado a titularse en medicina. En realidad, se pasaba los días en las áreas de servicio de las autopistas o paseando por los bosques de la región. Carrère, en cuanto pudo, se puso en contacto con él y consiguió establecer una relación que pretendía indagar en el misterio por el que un hombre podía desarrollar una personalidad tan perniciosa y una conducta final tan malvada. Pero su análisis del carácter de Romand se hace a través de una multitud de referencias de orden trascendental que enriquecen la narración con provocadoras sugerencias. El impacto causado por los crímenes en el vecindario nos lleva ya desde el principio a penetrar en una atmósfera en la que se tambalea todo aquello en lo que se asienta la seguridad de la gente. Carrère recurre, entonces, a la figura bíblica de Satán, el Adversario por antonomasia, que los padres de Romand habrían visto encarnado en su propio hijo, para inducirnos a la consideración de todo lo que implica la gélida y estremecedora presencia del mal entre nosotros.

La espiritualidad y la trascendencia se han mantenido como componentes fundamentales de las obras posteriores de Carrère. En El Reino (Anagrama, 2015) se embarca en la aventura de desentrañar el secreto de por qué el cristianismo, a pesar de la irracionalidad de sus relatos, permanece como la fe que sostiene la vida de tantas personas. El libro es, por un lado, un recorrido erudito de los orígenes del cristianismo, deteniéndose en las figuras y aportaciones de san Pablo y de cada uno de los cuatro evangelistas. Pero, a la vez, es la descripción de los vínculos de Carrère con la fe cristiana, que han sido y son enrevesados. Así, nos cuenta cómo le llegó su propia conversión y cómo fue y lo que hizo durante el que llama su ‘periodo cristiano’. Posteriormente, aunque distanciado de las creencias y de las formas más populares de la religiosidad, ha mantenido el interés por lo esencial de ella, que se le muestra en situaciones como la del lavatorio de los pies que describe al final del libro y cuyo sentido relaciona con la obra de Jean Vanier, creador de las comunidades de El Arca, ocupadas de las personas con discapacidades psíquicas.

Otra línea de indagación existencial que entrelaza con la exposición de sí mismo es la que desarrolla en Yoga (Anagrama, 2021), la más reciente de sus obras. En este caso, se adentra en su experiencia en la meditación budista y, desde ella, ofrece ideas y orientaciones muy realistas para entender lo que es y de qué manera nos puede beneficiar. Un asunto, sin duda, de interés, ahora que la práctica llamada mindfulness penetra con fuerza en ámbitos diversos (desde el de la psicología hasta el del silencio religioso de Pablo d’Ors). Al mismo tiempo, Carrère desnuda su lado depresivo, al que ha tenido que tratar, incluso, con hospitalización durante cuatro meses. Una faceta más, de ese Adversario de cuyos empellones no nos libramos nadie.