El autor (en la foto) y el libro del accésit.

Hay escritores que hacen de la poesía un compendio de situaciones y relaciones de las que se extrae un universo—propio pero con proyección exterior— moral. De normal es este campo de la novela, pero en ocasiones es la lírica la que se utiliza para invadir tales territorios. Estos escritores de la experiencia caminan siempre por el borde del abismo: lo prosaico y lo irrelevante les amenazan como el vacío a un avión en pleno vuelo. Pero hay que reconocer que en el caso en que se salve el envite el recorrido puede ser atractivo. Poetas de la experiencia han sido Luis García Montero, su alter ego Álvaro Salvador, Kirmen Uribe o Jaime Gil de Biedma, por citar unos pocos.

Ahora se suma con brillantez a la nómina David Refoyo.

Todo premio que se precie debe alternar voces consolidadas con otras nuevas que piden paso. Así lo ha hecho el “Gil de Biedma” a lo largo de su ya larga historia. Voz nueva fue en su día Juan Carlos Mestre; también Manuel Vilas; voz nueva es David Refoyo.

David se alzó con el accésit del último premio de poesía que rinde homenaje al poeta de Nava de la Asunción. El fondo del cubo es un libro como podía ser un único poema en el que cada uno de los episodios narrados supone un fragmento de una realidad que ha modelado la perspectiva vital del autor. Hay sensibilidad y hay talento en el decir. Cada uno de los fragmentos que componen este libro parece escrito en el ala de una mariposa, tal es la liviandad que en principio propone, pero su aleteo persiste en el lector que sepa introducirse en el sentido moral y poético —esa manera de estructurar el verso— de cada una de sus composiciones. Aunque, y es un consejo, mal se haría en leerlas a retazos; esta es una obra que entra de una tirada, no hay que masticarla pero si degustarla como se hace con un buen vino: su bouquet es amplio.

Claro que echamos de menos más ambigüedades y, en cambio, suenen a más de lo mismo tantas certezas: el riesgo de la poesía que se inmiscuye en la identidad es la alergia que levanta todo resto de alteridad, de otredad, perdiendo riqueza moral el discurso. Pero bien es verdad que la formulación adquiere cierta lógica en el panel emocional que nos propone el escritor: un enorme poema en homenaje a su padre —al mundo que supuso el ecosistema en que vivió y trabajó su padre—, que se divide en diversas escenas pero todas con un nexo en común: la reivindicación de unas circunstancias y de una condición que a la postre han terminado por marcar el punto de fuga de la mirada con que el autor comprende el mundo.

Buena añada esta de unos premios que han llegado a su XXX edición y que son una referencia en el panorama literario español.