Nadia Ghulam (Kabul, 1985).
Nadia Ghulam (Kabul, 1985).

El cuerpo de Nadia Ghulam (Kabul, 1985) tiene las huellas irremediables de la guerra en Afganistán. En su caso fue de la guerra civil afgana, previa a la llegada de los talibanes. Cayó una bomba en su casa y la metralla hizo trizas su cuerpo y dejó su cara marcada para siempre. Por eso Nadia odia la guerra; en realidad, odia todo tipo de violencia, incluso la que pudiera ejercerse ahora contra los talibanes. Para los talibanes, Nadia es mujer, culta, escritora y con el pensamiento libre. Y refugiada en un país extranjero. Lleva años en España, concretamente en Barcelona. Antes, en Afganistán, durante una década se hizo pasar por su hermano muerto para evadir las amenazas del anterior gobierno talibán. Su peripecia y horror los cuenta en su libro El secreto de mi turbante. Tenía quince años.

Posee todos los atributos para estar en el centro de la diana de este “grupo de personas ignorantes que han vivido toda su vida de la guerra y la violencia”. Y que, dice, están manipulados: “están manipulados por un determinado concepto de Dios y por los grandes poderes”. Y puntualiza: “No saben nada de lo que es Dios, no han profundizado ni en su concepto ni en su naturaleza, para ellos es una herramienta para hacer el mal. Para quienes creen honestamente en Dios es una vergüenza”. Y habla también de la manipulación de las grandes potencias: “Ahí están Rusia, China, Irán, Arabia Saudí, los países, todos los países, del Golfo pérsico”.

Y, sin embargo, y aunque el futuro lo ve negro, no es partidaria de una nueva intervención de los países occidentales. “EE.UU. y Europa no lo han hecho bien. Han llenado de armas a un ejército corrupto y al final han caído en manos de los talibanes. Es increíble. Yo, a la parte militar de la estancia en Afganistán le doy un cero, y sin embargo califico con un ocho lo que se refiere a la ayuda humanitaria”.

¿Solución entonces? “Desde luego, no invadir otra vez Afganistán, como te he dicho antes; pero tampoco negociar con los talibanes. No se puede hablar con gente que ha matado a inocentes por el hecho de ser familiares de traductores o de colaboradores de las tropas occidentales y que no se arrepienten. Eso le contestaron a una periodista afgana que les preguntó si pedían perdón por los muertos ocasionados y que eran inocentes. ´¿Inocentes?´, respondieron, «no, ellos eran culpables y merecían morir”. Nadia es firme partidaria de que la ayuda se canalice a través de ONG´s y se encauce por los cientos de miles de afganos en la diáspora –“solo en Alemania hay 100.000”-. Ella vive en España desde hace años; habla bien el español y reconoce que está dividida: “mi cuerpo está en España y mi espíritu en Afganistán”. Nada le gustaría más que volver a su país, pero lo ve imposible en el futuro próximo. Sería un pasaporte hacia la muerte. Por supuesto que no se puede comparar la situación, ni lo hace, entre los dos países, pero no le gusta la xenofobia que percibe en España, “como mujer y como refugiada”. “Solo pido a España y al resto de países que no corten la ayuda humanitaria, ahora no, por favor”.