El segoviano Juan Hedo combina sus dos musas: la canción y la poesía. / JUAN HEDO
El segoviano Juan Hedo combina sus dos musas: la canción y la poesía. / JUAN HEDO

Recibió una especie de “iluminación” y se hizo cantante. Da una explicación sencilla cuando le preguntan cómo se adentró en este mundo. Es probable que hasta esa luz le guiara su madre, quien decidió apuntarlo a clases de música cuando era un niño. Pero, sobre todo, le indicó el camino su profesor de música clásica, el segoviano Ramón Sastre, a quien aún recuerda con cariño. Él le enseñó a tocar la guitarra clásica a los ocho años.

Ahora, junto a este instrumento de cuerda, recorre las plazas de España (y de otros países como Francia, Italia o Portugal). Cantar en la calle es para él “un orgullo”: lo considera el teatro de la vida, con el que se siente “más identificado”. En estos lugares se encuentra con la gente “más popular, de a pie”. Según Hedo, este contacto directo con la realidad y el sol “es la verdadera cultura”.

Con apenas tres años ya había grabado una cinta de música en un magnetófono que tenía su madre. Este fue su primer registro de grabación de voz. Ha estado toda su vida vinculado a la creación. Prefiere hablar de canto, más que de música: le parece demasiado “empalagoso”. Además, Hedo no es un músico de uso: es “un artista”.

Al cantar explayo la energía hacia fuera y comunico más rápido con los demás”, asegura. Cuando interpreta, se siente “útil”. Para él, esto es un símbolo de libertad. Esta nunca le ha faltado. Su entorno le ponía las cosas fáciles para que pudiera desarrollar lo que le hacía feliz. De ahí que también reivindique la libertad y la fuerza de la canción, que coge su sentido en el mágico momento de la inspiración: “Una inspiración profunda y vivencial”, como explica.

Hace canciones propias. Las define como “música lirica, pasada por el tamil de lo popular”. Hedo combina la música y la poesía: sus dos musas. Este último género le apasiona. Lo considera el arte de ser joven. “La melodía se adapta a la palabra y la palabra a la melodía”, sostiene. Cree que no existe la una sin la otra. De hecho, este es, precisamente, el origen de su arte popular y clásico. Encarna un retorno a la forma romántica de la música, que “no engaña, que refresca”. A través de sus letras y de su voz clara y vibrante intenta transmitir la realidad cotidiana o abordar cuestiones de amor, paisajes, escarnio…

Tampoco le gusta la palabra triunfo. Para él, no hay mayor triunfo que sentirse realizado con lo que hace. Es escéptico con este concepto. Trata de no hacerle demasiado caso a los halagos. Está satisfecho con lo que ha conseguido hasta ahora. Su primera canción data de 1994. Desde entonces, ha compuesto más de 200, además de una prolija obra literaria en verso y prosa. Hace unos días dio un concierto en IE University que fue “maravilloso”. Lo hizo acompañado de su músico Adolfo Díaz, con el que comparte escenario desde hace años.

Es de los que piensa que la vida es un eterno agradecimiento. “El solo hecho de levantarse, respirar y poder cantar y tocar la guitarra es lo más hermoso e importante que hay”, afirma. Su agradecimiento siempre es “a Dios, no a los seres humanos”. El triunfo le parece una ilusión. Por ello, su principal objetivo es que cada una de sus canciones toquen el corazón de quienes las escuchan. Ahora más que nunca.