El primer paso del resto de su vida

El segoviano Alberto Janusz, admitido a las Sagradas Órdenes, cursa cuarto de Teología en el Seminario Diocesano de Salamanca, donde se prepara para ejercer el sacerdocio y poder cumplir así su deseo de servir al pueblo

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El pasado 21 de noviembre, se celebró el rito de admisión a las Sagradas Órdenes de Janusz. / NEREA LLORENTE

El camino del seminario es como un noviazgo: tienes que seguir diferentes pasos. Uno de ellos es la pedida de mano. Él prometió casarse. Y que sería fiel a su pareja. En este caso, no contrae matrimonio con una persona. Es un colectivo: la Iglesia. El pasado 21 de noviembre, el segoviano Alberto Janusz (1996) lo hizo de forma pública. El obispo le preguntó: “¿Realmente quiere hacer esa vocación y responder a esa llamada que el Señor le hace?” No se lo pensó: “sí, quiero”, respondió. Así le explica a quienes están “alejados” de la Iglesia en qué consistió el rito de admisión a las Sagradas Órdenes.

Este es el primer paso, “uno importante”. Después tendrá que dar otros que le lleven hasta su meta: el sacerdocio. Dice “sí, todos los días”. Pero hacerlo ante la gente que le quiere y sentirse acogido por el presbiterio, le dio un empujón para darse más en esta vocación.

Estudió la carrera de Física. Esta materia “le encanta” porque es muy amplia: abarca todos los conocimientos. La ciencia siempre le ha interesado. Hasta aquí, nada parece curioso. Sí lo es que sea un físico camino del sacerdocio: es seminarista mayor y cursa cuarto de Teología en el Seminario Diocesano de Salamanca.

Su madre es española y su padre polaco. Cada dos años, visita Polonia. Entiende el idioma. Hablarlo le cuesta algo más. Sus padres eran de misa de domingo “y poco más”. Con sus abuelos, la cosa cambia: tenían una fe “muy viva”. Se la transmitieron. Por eso, cuando su abuelo murió, necesitaba descubrir por sí mismo ese mundo. La duda que le hizo entrar en la física, también le hizo ver qué era aquello “que la traspasaba”.

En su entorno, no todos se tomaron igual su decisión de dedicarse en cuerpo y alma a la Iglesia. “Cada uno lo ve desde una perspectiva diferente”, sostiene. Su abuela paterna “está encantada porque ella también tiene una fe bastante fuerte”. Con su padre ocurría lo mismo. En cambio, en un principio su madre estaba reticente. Pronto cambió de opinión. Saben que es feliz así. Y que es esto lo que quiere.

Poco a poco, se fue acercando a la figura del sacerdote. Descubrió que “no solo está para la parte de la liturgia y celebraciones”. Es un hombre al servicio del pueblo, que “está en manos de Dios”. De esta forma fue dándose cuenta de que la fe le acerca a “una persona que está viva y presente en la comunidad”.

Se trata de pensar “si el Señor te pide algo más”. A él le pide ser sacerdote. Janusz no sintió tanto la famosa “llamada de Dios”. En su caso, se siente querido, con el amor que Dios le tiene y que “se encarna”. Se dio cuenta de que a esto debía de darle una respuesta. Fue viendo cuál sería la correcta. Lo tiene claro: servir a los demás, en especial, a los más necesitados a través del sacerdocio. Cada día, trata de acercarse a Jesús para ser la mejor versión de sí mismo.

Reconoce que hay “una crisis en la Iglesia, en la comunidad viva”. Si no existe esta comunidad, no hay vocaciones y, por tanto, no puede haber sacerdotes. Considera que hay varias cuestiones claves: tener una familia estable “donde se pueda mostrar la dimensión vocacional”, es una de ellas. Piensa que la perspectiva de los jóvenes también afecta a la crisis de vocaciones que se vive en la actualidad. “Todo lo que sea perpetuo”, puede echarles para atrás. Hay una responsabilidad y un servicio que “son carne de todos los días”, explica. Para seguir su camino, se ha de tener claro lo que se quiere.

Aún debe estudiar un año de Teología. Está disponible a las necesidades de la Iglesia. Quiere dedicarse “de lleno” a una parroquia segoviana (es sacerdote diocesano). Y cumplir así su mayor deseo: servir a una comunidad.