Alejandro Zaera-Polo.

arquitecto de inmenso prestigio, profesor en Columbia y Yale y decano en Princeton ¿Tiene raíces segovianas?
—Soy 75% segoviano y 25% gallego. Tres de mis abuelos eran de Fuentepelayo, un pueblo de los que hoy son la España vacía. Ya no queda nadie de mi familia. Todo el mundo se ha ido a Madrid o a Segovia.

—¿Por qué se dedicó a la arquitectura?
Porque era una disciplina que mediaba entre la filosofía, las artes y la tecnología, que eran las cosas que me gustaban, y parecía más respetable que hacer bellas artes o filosofía, y más intrigante que ingeniería.

—En Holanda trabajó con Rem Koolhaas ¿Qué cree que ha aportado al universo arquitectónico del siglo XX? ¿Y al suyo propio?
—Creo que Rem ha sido el gran teórico de la globalización en la arquitectura, y eso ha tenido mucha influencia en mi carrera y mi forma de pensar y sentir. También aprendí de él la necesidad de investigar mucho antes de empezar un proyecto. Soy un globalista irredento, aunque creo que es un momento que se está acabando: el COVID y la guerra de Ucrania nos han demostrado que las cadenas de abastecimiento globales son inseguras y tienen costes ecológicos insostenibles. Pero a mi me sigue gustando la idea de ser de cualquier parte y vivir en todas partes, así es que ahora me interesa mucho la ecología porque es la nueva frontera global, aunque tengamos que afrontarla desde entornos locales. Ya lo decían en los 60’s: Piensa global y actúa local.

“El pensamiento woke lleva a límites en que posturas supuestamente progresistas se han convertido en microfascismos”
Terminal de Yokohama. Foto: Satoru Mishima

—¿En qué medida su obra, la terminal de Yokohama, fue una puesta en práctica de su teoría arquitectónica?
—Yo creo que no tienes una teoría perfecta que luego aplicas en la práctica, sino que ambas cosas se retroalimentan. Así es que fue una oportunidad para aplicar teorías pero también para desarrollar otras: la continuidad espacial, la ausencia de bordes, la continuidad interior/exterior, natural/artificial… esas son trazas de un mundo globalizado donde las especificidades locales son gradaciones del espacio único global, continuo. Ese era el experimento en 1995. Ahora el experimento tiene que ser otro.

—¿Ha construido en Japón, España, Turquía, Corea, etc. ¿Cree que las ciudades, como decía Oíza, tienden a ser cada vez más parecidas? ¿Sobre todo en su arquitectura residencial? ¿Ha construido Vd. vivienda social?
—Oíza era un gran maestro. Sí, las ciudades tienden a ser cada vez mas parecidas precisamente porque las poblaciones se trasladan constantemente, y hacen falta estándares globales que nos permitan ser capaces de funcionar en cualquier parte. No puede ser que alquiles un coche en un aeropuerto y no sepas cómo conducirlo porque es totalmente diferente. Por eso los diseños son cada día más homogéneos. Pero la nueva situación en la que nos encontramos abre posibilidades muy interesantes: La globalización arquitectónica se basaba en la idea de que los edificios funcionan con aire acondicionado y con materiales que se transportan miles de kilómetros. Pero eso es insostenible y vamos a tener que aprender a utilizar los materiales locales, y a utilizar ventilación natural y energías localmente producidas. La transición energética de los combustibles fósiles a la electricidad nos va a forzar a utilizar energías producidas localmente… Hay ya todo un arsenal de tecnologías de construcción re-localizadas que va a producir diferencias locales. Ese es un campo de investigación fascinante: una especie de nueva arquitectura vernácula, que va a volver a diferenciar ciertos aspectos de los edificios dependiendo del clima, de la topografía, de los materiales accesibles…Sí, he construido viviendas sociales en Madrid y en Luxemburgo. Es un proyecto que me interesa mucho porque requiere mucho rigor. A mí me gusta trabajar con constreñimientos. Si me dicen que haga lo que quiera no sé ni por dónde empezar. Cuantos más constreñimientos, más interesante es el juego.

—¿Cómo han afectado a las ciudades de nuestros días los “arquitectos estrella»?
—Yo creo que los “arquitectos estrella” tuvieron aspectos positivos y negativos. Antes de ellos, los arquitectos eran unos señores que hacíamos más o menos bien un trabajo técnico. Los arquitectos estrella popularizaron la calidad en la arquitectura. Es decir, que hoy el público entiende que hay distintas calidades y las aprecia. Creo que eso es bueno para las ciudades porque revela la arquitectura como un valor añadido. Luego, los arquitectos estrellas han hecho también mucha mierda, sobre todo aquellos que entendían que su cualidad era tener un estilo propio que iban soltando por todas partes. Igual que el aire acondicionado, el estilo es algo que hay que eliminar.

“El pensamiento woke lleva a límites en que posturas supuestamente progresistas se han convertido en microfascismos”
Fundación Cerezales, León.

—¿Cree que los centros de las ciudades son lugares para los nómadas? Pensadas para turistas, para profesionales de élite y sin humos
—No, creo que los centros de las ciudades son para todo el mundo, y también para los turistas y los profesionales nómadas, y los migrantes… Creo que la vida de las personas de hoy ya no es tan estable como antes, cuando una persona tenía muchas posibilidades de vivir toda la vida en una misma ciudad, en la que vivieron sus ancestros y vivirían sus descendientes. El problema es cómo articular ambas cosas, porque lo que vemos en las grandes urbes conectadas a la economía global es que las economías de los nómadas son mucho más fuertes que las de los locales, y les desplazan. Hasta el punto de que metrópolis como Londres y Nueva York desplazan incluso a los trabajadores clave, como los bomberos o los maestros y las enfermeras… Y eso destruye la ciudad y su diversidad. Las ciudades nunca pueden funcionar solo para turistas o profesionales de alto nivel. Hacen falta industrias, servicios, escuelas, hospitales,… ¡e incluso agricultura!

—¿Cuál cree que es el principal compromiso del arquitecto en el siglo XXI a la hora de abordar un proyecto?
Yo creo que ahora mismo los grandes problemas son el calentamiento global y la degradación ecológica. Las emisiones de carbono, la transición energética y el microclima urbano son los problemas concretos que hemos de resolver. Esos son problemas que los arquitectos podemos resolver, y las tecnologías para hacerlo están ya inventadas. Lo que necesitamos ahora es convencer al público, a las instituciones y a los clientes que merece la pena invertir en esas tecnologías porque además de preservar el medio y aumentar la calidad de vida, terminan siendo más baratas y nos protegen de la dependencia de las cadenas de abastecimiento global. Por ejemplo, el gas ruso o la industria china. Y creo que la aplicación de esas tecnologías a los edificios y a las ciudades ofrece oportunidades únicas para experimentar en arquitectura.

—¿Cree que ha habido un cambio de paradigma respecto al intento de acercamiento más científico a esta disciplina desde que arquitectos como Vd. o Koolhaas trabajaron para ello en los años 90? ¿Qué entiende exactamente por un acercamiento científico a la arquitectura?
—Creo que la ciencia en arquitectura ha tenido muy mala prensa desde la crisis de la modernidad en los años 60, cuando se produjo una reacción desproporcionada contra la “ciencia” moderna y la racionalidad, porque efectivamente había producido algunos monstruos, como las ciudades para los vehículos de combustión interna, las autopistas y el aire acondicionado. Los arquitectos, como muchos otros profesionales se dedicaron a promover la “diferencia”, las narrativas culturales y políticas y el relativismo. Si en los años 50 había una única forma “científica” y “racional” de hacer ciudades y edificios, en los años 70 y 80 había que explorar las diferencias. Y en ese relativismo posmoderno en el que lo que un arquitecto tiene que hacer fundamentalmente es algo “diferente” no hay lugar para la medida y la razón. Ahí es donde se sitúan los disparates de los “arquitectos estrella” que no están sujetos a ningún tipo de verificación “científica” y “racional”: donde el cálculo de las emisiones de carbono o del consumo energético o la degradación medioambiental tengan lugar. El relativismo termina siendo una mera producción de imágenes y formas aleatorias que solo responden a la voluntad del autor. Creo que esa forma de operar tiene que acabarse, y creo que en este momento la vuelta a una arquitectura científica es muy importante, aun a riesgo de que el sueño de la razón vuelva a producir monstruos.

—Las megaciudades del futuro: Vd. conoce bien Tokio, Seúl, etc (grandes urbes asiáticas) ¿Qué retos enfrentaría en las megalópolis en proceso de gran expansión, como existen tantas en Asia o en África? ¿Se puede y se debe poner coto al crecimiento de las ciudades? ¿Cómo?
No creo que haya una receta única. Trabajar en Suiza es muy distinto que trabajar en China y cada país tiene condiciones económicas, climáticas y poblacionales distintas, y lo que funciona en un sitio no funciona en otro. La opinión general de quienes han estudiado este problema es que las megalópolis tienen ciertas eficiencias económicas pero muchas ineficiencias medioambientales y climáticas. Creo que estas ineficiencias se van a agudizar con los nuevos parámetros medioambientales que requerirán la distribución de las fuentes de energía, producción industrial, de abastecimiento de comida etc… Al mismo tiempo las nuevas tecnologías informáticas reducen la eficiencia de las grandes megalópolis: la concentración de población ya no es un factor crítico porque hay teletrabajo etc… Creo que sería bueno limitar el tamaño de las ciudades para integrarlas más en el territorio. Al mismo tiempo, me parece que la idea de mantener poblaciones minúsculas que implican costes muy elevados de servicios es insostenible. El problema de la España vacía es que mantener población tan dispersa no permite dotar a las poblaciones del mismo nivel de servicios… Concentrar y descentralizar son decisiones muy importantes que hemos de tomar, en lugar de dejarlas a merced del mercado o de las políticas demagógicas. Creo que hay que pensar estas cosas y estudiarlas en profundidad, midiendo y calculando. Eso es lo que yo llamo el “giro científico” que necesita la disciplina después de cuarenta años de posmodernismo exacerbado.

—¿Ha sido profesor en Columbia y Yale y decano en Princeton y ha escrito La Universidad de la Posverdad denunciando la falta de libertad en instituciones de prestigio ¿Qué es para Vd. el pensamiento woke?
— El pensamiento woke es una versión extrema de lo que antes llamábamos la corrección política, que se ha llevado a unos límites en los que posturas supuestamente progresistas se han convertido en microfascismos que atentan contra las libertades individuales. Se excluye en aras de la inclusividad y se censura en aras de la libertad de expresión y se reprime en aras de la libertad. El relativismo posmoderno ha desembocado en un sistema en el que la tolerancia infinita de opiniones diversas se ha convertido en la intolerancia absoluta hacia cualquier opinión conflictiva. Sobre todo, cualquier opinión que cuestione las ideologías supuestamente progresistas. La corrección política, que buscaba el juego limpio de los regímenes de poder se ha convertido en la coartada perfecta para que ciertos grupos sociales se aprovechen personalmente de estas normas para empoderarse ilegítimamente.

“El pensamiento woke lleva a límites en que posturas supuestamente progresistas se han convertido en microfascismos”—¿Cómo condiciona el pensamiento woke la actividad en el ámbito universitario? Y sobre todo a los propios alumnos, ¿en qué medida esto empobrece su educación? ¿Qué es la cultura de la cancelación?
—El ámbito universitario, que es naturalmente “progresista”, se ha convertido en el dominio más retrógrado, en el que hay cosas que no se pueden decir ni cuestionar a riesgo de ser cancelado. La libertad académica, que existe precisamente para garantizar a los académicos la búsqueda de la verdad al margen de cualquier imposición ideológica se ha substituido por otro régimen en el que cada vez hay más cosas que no se pueden decir o cuestionar, a riesgo de ser cancelado o incluso despedido. Los alumnos son la excusa de estos procesos: teóricamente han de ser preservados de cualquier conflicto que pueda hacerles sentirse incómodos. En lugar de enseñar a los alumnos a debatir y a sobrevivir los conflictos, se les “protege”. Es una educación para niños mimados en la que la verdad, que era el propósito central de la universidad, no existe.

—¿Cómo lo vivió Vd. en Princeton? ¿En los gestores de las instituciones académicas?
—La forma en la que a mí me afectó, que he descrito en el libro y en otras manifestaciones públicas, y que terminó con mi despido, es que mi libertad académica fue atacada para el beneficio personal de una profesora, y decidí plantarme. El proceso fue subiendo a través de todos los estratos de poder en la universidad y movilizó todos los tópicos woke: Como hombre blanco fui acusado de patriarcalismo (por negarme a que mis alumnos de tesis fuesen necesariamente tutelados por esta señora) y luego de racismo porque en el proceso denuncié los métodos de contratación racista que la decana había utilizado para afianzarse en el poder y construir apoyos en el departamento, usando la discriminación positiva para contratar profesores negros en masa. Y de paso ayudar a un presidente woke a incrementar sus “ratios de diversidad”. El proceso lo registré minuciosamente como ejemplo de cómo operan los mecanismos de pensamiento grupal, de la “ley del silencio”, y del estereotipado, para mentir con total impunidad.

—¿Asocia lo woke con lo identitario?
—Absolutamente. Ambos están unidos a través de la devaluación de la verdad. La tolerancia a la mentira sistemática es lo que une a los populismos de MAGA de Trump, del Brexit y de Putin con los nacionalismos de toda índole, o con las teorías críticas de la raza, la violencia de género y su autodeterminación. Todas ellas son narrativas falsas, construidas artificialmente para beneficiar a ciertos grupos que buscan empoderarse a toda costa. La división en razas, géneros, castas o naciones tiene siempre un objetivo político: alcanzar el poder para un grupo, en contra de los demás. Es legítimo, pero los demás también tenemos derecho a defendernos y a contraatacar. Pero los wokes declaran que el contraataque es ilegítimo en aras de la reparación a los suyos. Es la moral de las víctimas. Yo, aunque soy partidario de la discriminación positiva moderada, no acepto ninguna reparación, porque eso va contra la competencia y el mérito.

—¿Todo identitarismo es perjudicial? Un proyecto suyo es la Fundación Cerezales en un pequeño pueblo de León, encargo de Antonino Fernández Rodriguez, dueño de Coronita ¿cree que es un proyecto que en alguna medida se relaciona con lo identitario? ¿Con el vínculo a una región?
—El identitarismo es un arma de cohesión social muy potente. Puede producir efectos sorprendentes porque es capaz de unir de repente a mucha gente en un proyecto común. Mira a los Ucranianos luchando contra Rusia o a los Argentinos tras el mundial. Pero también es el origen del nazismo. O del Brexit, que es una vuelta ficticia al imperio ingles y a un modelo obsoleto de soberanía que lo que ha hecho es disminuirla. O de las mayores barbaridades cometidas por la humanidad, como la invasión de Ucrania. Creo que en general, el progreso -yo sí creo en el progreso- tiende a difuminar las identidades y convertir a la humanidad en un continuo de diferencias con fronteras cada vez más difusas. El mestizaje, como bien sabes, es mucho más productivo que la pureza de la raza: Los perros callejeros son más fuertes que los pura sangre. Creo que el proyecto de Coronita es de hecho anti-identitario, como creo que es la propia Fundación. Lo que el edificio intenta hacer es proyectar en un medio rural arquetipos de construcciones rurales en todo el mundo. La cubierta a dos aguas, el fachwerk o la granja es una forma de construcción tradicional que es común a muchas arquitecturas rurales. No hay ni un edificio hecho íntegramente en madera en Cerezales o en Leon: ese edificio se parece más a una granja americana o alemana que a los edificios aledaños. Es una trampa de carbono. Por eso está hecho de madera. Y eso tiene un propósito global, universal, no local. No desentona tampoco, intenta operar desde arquetipos constructivos universales, no como una réplica de la arquitectura vernácula. Eso es lo que es más importante de la Fundación: investigar sobre el mundo rural a escala global, pero desarrollando acciones locales y conectándolas a los discursos globales. Es una institución maravillosa.

—¿Existen retos globales? ¿Cuáles?
—De los que venimos hablando. Creo que los que más me interesan ahora es conseguir que las poblaciones humanas puedan alcanzar el equilibrio con la naturaleza, y reestablecer la verdad como valor supremo en cualquier estructura social.

—¿Qué es para Vd. la verdad? ¿Hay una o varias?
—Eso es un problema metafísico. Obviamente hay una sola verdad, pero cada vez que digo esto en una universidad, que se supone que es el lugar de la verdad, provoco un escándalo. Llevamos cuarenta años cultivando el relativismo posmoderno en las universidades y así nos va. ¿A quién le puede extrañar que Trump y Putin mientan sin cesar cuando las más altas jerarquías de las universidades más prestigiosas mienten continuamente? De eso precisamente trata La Universidad de la Posverdad.

—¿Cuál cree Vd. que es la misión de la Universidad? ¿Cuáles cree que son las ventajas y desventajas de la ETSAM, y Princeton u otras universidades americanas?
—La misión fundamental de la universidad es la búsqueda de la verdad, a toda costa. El lema de Harvard es Veritas, el de Yale es Lux et Veritas… pero para buscar la verdad hace falta que seamos enteramente libres para decir lo que queramos, incluso a costa de ofender a algunos. Proteger la ofensa como efecto es importantísimo en una sociedad democrática y de derecho. Y enseñar a defenderse de ella también. De lo contrario estamos construyendo una sociedad de víctimas y de mentirosos.

—¿Qué diría que busca un alumno de arquitectura hoy en día? ¿A qué aspira? ¿Cree que se exige al alumno plantearse retos demasiado grandes, planetarios por así llamarlos? ¿Y que eso lleva a un posicionamiento permanente, que impide aprender a pensar en soluciones arquitectónicas más concretas a pequeños problemas?
—Yo creo que esos retos planetarios son importantísimos. Lo que hemos de enseñarles a los alumnos es cómo afrontar esos retos -la protección del planeta y la búsqueda de la verdad- en su entorno diario, a través de técnicas y acciones concretas. Podemos invertir trillones de dólares investigando en combustibles para aviones sostenibles, pero si fuésemos capaces de bajar un 50% las emisiones de carbono de las ciudades, o restaurar los ciclos naturales del agua y del nitrógeno en los medios urbanos el efecto seria mil veces más importante. Y eso es muy fácil de hacer. Es un fruto fácil de alcanzar. Y esta en el centro mismo de la disciplina de la arquitectura.

—¿Qué consejo daría a las nuevas generaciones de arquitectos?
—Que se centren en esos aspectos técnicos de la disciplina en lugar de alcanzar la justicia social. La generación presente de arquitectos activistas no ha conseguido hacer nada porque sus metas, por justas y loables que sean, están fuera del alcance de la profesión. La arquitectura es una actividad fundamentalmente política porque, a diferencia de otras artes, opera necesariamente dentro de los regímenes de poder. A diferencia de otras disciplinas, los arquitectos necesitamos el poder para operar. Podemos ser cómplices sumisos o cómplices disruptores, pero siempre somos cómplices. La arquitectura opera con otros medios y con otros tiempos que el activismo político, periodístico o de los medios sociales. Y de una forma mucho más discreta, sofisticada, duradera y transversal. Entender que el progreso en la arquitectura solo puede hacerse a través de un proyecto político “progresista” es no entender la naturaleza fundamentalmente política de la disciplina.