La poesía de San Juan de la Cruz se enclava de lleno en el siglo XVI. Un siglo esplendoroso para la literatura española; época en el que el autor, a la vez que adquiere carta de naturaleza como tal, se adentra en su interior y lo adopta como fuente de creación literaria, le presta más importancia a la reflexión personal que al simple reflejo de una realidad exterior o a la narración de lo que acontece. Y cuando se acerca al mundo –generalmente al paisaje- lo hace con símbolos, elevando la categoría lírica del naturalismo provenzal. Es el siglo del ser humano. El místico no habla de Dios, sino de su experiencia de Dios; Dios no se configura tanto como una realidad externa –que perdona, que castiga, que vigila- sino como vivencia interior que palpita y vivifica. Tan entregado está el poeta en sí mismo, que en sí mismo encuentra el latido de Dios.

Mucho le debe la poesía de San Juan de la Cruz al antropocentrismo renacentista, y al reformismo humanista que le sigue. Y la teología que encierra su obra a su poesía. A Dios no se le teme, se le vive como algo propio de la condición humana, como una amada, por ejemplo. Y halla expresión en la poesía de la misma manera que siglos después esta fue el instrumento para que María Zambrano explicara la relación del ser humano con el mundo y consigo mismo, y con la idea de lo divino. “Más allá de ‘el otro’ se extiende el desierto de la ausencia de un alguien. A esa ausencia, hueco sin límites, llama el hombre de hoy: la nada”; escribe Zambrano. “¿Adónde te escondiste/, Amado, y me dejaste con gemido?”: es el Cántico espiritual, la otra manera en que San Juan vive la búsqueda desesperada –la ausencia- del otro. En una de sus estrofas recoge dos de los más bellos versos escritos jamás en lengua castellana, aunque Dámaso Alonso criticara la forma en que se suceden los que:

Y todos cuando vagan
de Ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjanme muriendo
un no sé qué que queda balbuciendo

En ese camino de búsqueda del lugar del ‘otro’ como materia literaria es donde florece con mayor brillantez la poesía del santo. Pero no tanto por el objeto lírico–la ausencia o la nostalgia de la amada inunda toda la lírica provenzal- sino por la forma en que se dice el verso, lleno de un contenido íntimo que supera en su belleza y en su profundidad el mero canto de amor cortés. El juego con los símbolos –con la palabra, en fin- es la sola consecuencia de la tensión que existe entre el mundo exterior y su proyección en emociones internas. O mejor: en cómo se recrea el espacio exterior desde el propio yo, hasta el punto en que solo logra su perfección en el momento mismo en que es objeto de expresión. Siglos después, Sigmund Freud analizó este fenómeno en El malestar de la cultura (1930), profundizando en la tensión que existe entre la conciencia aparente (referida a la realidad exterior) y los misterios que subyacen en la mente humana, y que regurgitan en el psicoanálisis. La poesía en San Juan de la Cruz cumple con esa función taumatúrgica; su lírica es el resultado más preciso de esos dos polos en tensión. “Buscad leyendo y hallaréis meditando,/ llamad orando y abriros han contemplando”. Si en María Zambrano la filosofía haya su hueco a través de la poesía, en San Juan es la poesía la que conforma su arsenal teológico.

Garcilaso

Es Dámaso Alonso quien recalca la trabazón entre la poesía de San Juan de la Cruz y la de Garcilaso, aunque pasada esta por la divinización que Sebastián de Córdoba, en una obra menor, realiza de las Églogas del poeta. Con una diferencia: el amor al mundo que este último tan bellamente interioriza, en San Juan es tan solo un motivo, una añagaza, para explicar con imágenes ese otro mundo –igual de lascivo, por cierto- que bulle en su interior y que le acerca a la divinidad.

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
en mi cuello cernía
y todos mis sentidos suspendía.

El aire de la noche, la mano que esparce los cabellos, la otra mano que acaricia el cuello quedan en simple descripción ante el último verso de la lira: “Todos mis sentidos suspendía”. Un estímulo externo es tan fuerte como para aniquilar el proceso humano de captación de la realidad a través de los sentidos: a partir de ese momento –suspensión de los sentidos- todo sucede en el interior del ser humano; nace otro mundo, otra realidad. No cosa diferente es el Amor –“el alto Amor”-. No otra cosa es la mística. “La vida ha cesado, la pasión también. Y amar es solo una permanente inminencia sin deseo, un suave soplo, un aroma”, escribe con razón Dámaso Alonso.

Volvemos al principio: el goce de la poesía en San Juan de la Cruz es el goce de la palabra; el verso como ente creador de una realidad que solo alcanza su máxima secuencia de vida en el interior del ser humano, y que después se materializa en la palabra: sin ella la mística quedaría coja; es la fuerza de la expresión, su poder demiúrgico: “por las amenas liras/ y canto de sirena os conjuro”.

Segovia
Nadie es el mismo
después de haber vivido
en Segovia. Seguro que
lo mismo acaecería
a San Juan. Aunque
solo residiera en ella
de continuo tres años
(1588-1591)

Quizá por ello, a la hora de acercarse a la poesía de San Juan de la Cruz se haya realizado tanto esfuerzo por escudriñar cada uno de los términos que en ella se recoge. Un periodista de amplia trayectoria internacional y afincado en Segovia, Eugenio García Gascón, dedica un completo artículo para vincular a la exégesis midrásica el origen del término Aminabad que aparece en una de las estrofas del Cántico espiritual: “Que nadie lo miraba,/ Aminadab tampoco parecía,/ y el cerco sosegaba,/ y la caballería/ a la vista de las aguas descendía”. Es el paso del mar Rojo por el pueblo judío descrito en el Éxodo, y que no procede de la influencia del Cantar de los Cantares, lo que demuestra la pluralidad de fuentes del poeta y cómo estas se incardinan dando riqueza al verbo lírico. T.S Eliott y James Joyce utilizarían semejante método cuatro siglos después, y antes, Góngora.

Cantar de los cantares

Es obvia la influencia que, no obstante, posee el Cantar de los cantares en el Cántico espiritual, aunque la intuición poética y la hondura teológica de San Juan de la Cruz enriquezcan cualquier referencia. Es posible que del Cantar asumiera el concepto noche como momento más propicio para el amor. “En mi lecho, por las noches, busqué al que ama mi alma”. Es la noche y la ausencia del otro la más alta creación conceptual de San Juan, y en ellos se desarrollan poemas bellísimos, de riqueza simbólica y literaria.

Segovia

Y Segovia. Nadie es el mismo después de haber vivido en Segovia. Seguro que lo mismo acaecería a San Juan. Aunque solo residiera en ella de continuo tres años (1588-1591). No pudo salir indemne del ambiente que emanaba de la ubicación del nuevo convento de los Carmelitas descalzos, que financió por su intercesión Doña Ana de Peñalosa. La Tebaida se representaba en las rocas grajeras, y el paraíso en la perspectiva de la ciudad medieval de Segovia, con la nueva catedral todavía sin terminar. “La soledad y panorama que envuelve a este convento fue marco adecuado para el espíritu del Santo, que aquí gustaría plenamente las maravillas de la creación, tan inspiradamente por él cantada. Entre las peñas de la huerta conventual percibía el rastro del Creador y se elevaba extático hacia el trono de su Hacedor”, esto escribe en 1959 Fray Matías del Niño Jesús y en el opúsculo San Juan de la Cruz en Segovia.

La idea de la cruz, la obsesión por la cruz como elemento fundamental de la Pasión –que en la historia cristiana surge en el siglo XIII con los franciscanos-, absorbe su alma esos años. Por eso puso en lugar preferente para su veneración la pintura de Cristo con la cruz a cuestas en el convento de su fundación. Quizá por ello también el pueblo de Segovia, en reconocimiento al santo, en 1748 colocó una sencilla cruz de forja donde la tradición popular señala que el excelso poeta descansaba cuando subía –“carmelita de sandalias y escaso de figura”– de visita pastoral a la ciudad.