El orgullo, cura de cicatrices emocionales

Desde hace más de un año, Miriam Rubio tiene un único objetivo: que sus compañeras se sientan arropadas y acogidas en los peores momentos. Como secretaria del Sindicato de Enfermería de Segovia, parece haberlo logrado

Miriam Rubio lucha cada día para que se proteja “de manera adecuada” a las enfermeras de Segovia. / KAMARERO
Miriam Rubio lucha cada día para que se proteja “de manera adecuada” a las enfermeras de Segovia. / KAMARERO

Siente que ha salido reforzada de esta situación. Ha sido un reto para ella. Y no es para menos. En mitad de la pandemia que ha sacudido con vehemencia al mundo, Miriam Rubio jugaba un papel imprescindible: debía luchar por la mejora de las condiciones laborales de sus compañeras. El ser secretaria del Sindicato de Enfermería de Segovia (SATSE) no siempre ha sido fácil. Tiene una máxima en su vida: “cuidar por encima de todas las cosas”. Intenta cumplirla cada día.

Hace años que dio el salto al mundo administrativo. Pese a ello, es de esas enfermeras de vocación. No podía ser de otra forma. Viene de una familia de sanitarios.

Aún recuerda con emoción la dureza de los primeros meses de la actual crisis sanitaria, “cuando hubo que luchar tanto para que se les protegiera de manera adecuada con EPIS o aislamientos preventivos”. La lucha es continua. Su preocupación no ha variado. Aunque, como ella dice, ahora parezca que está todo olvidado.

Desde el principio, al igual que sus colegas de profesión, se ha dejado la piel mañana, tarde y noche para cuidar de los segovianos. La dedicación es exclusiva. Sin el apoyo de su familia no habría sido posible. Esto le hizo más falta que nunca: la vida se había frenado en seco. Ellos entendían que no pudiera separarse del teléfono, ya fuera por la noche o un fin de semana. Pero si hay un apoyo que de verdad agradece, es el de sus compañeras del sindicato. Aunque sean “pocas”, son “un gran equipo”.

“La pandemia ha puesto de relieve que las enfermeras son clave”. La secretaria de SATSE nunca lo ha dudado. Hace años que denuncia “la falta de profesionales y la situación que vivían”. Va más allá: “parece que era necesaria una pandemia para que esto se viera de manera clara”, asegura.

Fue de las pocas personas que se quedaron haciendo estas funciones: el resto tuvo que incorporarse a la labor asistencial. Entendía lo que había: un campo de batalla. En mitad de la guerra, las enfermeras también tenían tiempo para llamarle y agradecerle su labor. Le rogaban que no lo dejara y continuara luchando por ellos. En ocasiones, al otro lado de la línea se encontraba con sanitarias devastadas, incapaces de contener las lágrimas.

La vuelta a casa después del trabajo era “dura”. Lo vivía con miedo. Intentaba tener cuidado. Se descalzaba en la puerta. No quería que nadie le tocara sin antes pasar por la ducha. Nada era suficiente. Como tantos sanitarios, se contagió. Lo pasó por segunda vez en agosto. Esta situación tan límite ha marcado un antes y un después, sobre todo, psicológicamente.

Hasta este verano, no ha sido capaz de desconectar. Se plantea que quizá es culpa suya. “También es cierto que la situación así lo ha requerido”, argumenta. Lo hacía “gustosamente” porque estaba ante un problema sin precedentes.

“Si soy sincera”, comenta, cuando recibió la llamada para sumarse a la labor asistencial por la falta de personal, se planteó dejarlo todo. Unirse a ellos “hubiese sido lo más cómodo”, considera. Pero la necesitaban: “no les podía dejar a los pies de los caballos”, sostiene.

Trabajó a contrarreloj para blindar a sus compañeros con una armadura adecuada. Todo aquello que consideraba que estaba siendo gravoso y perjudicial, intentaba solventarlo lo antes posible. Es consciente de que “aún queda mucho por hacer”. Siguen trabajando duro. Sus compañeros se han sentido arropados y acogidos en los peores momentos. Esto es su mayor orgullo, lo que le ha ayudado a curar las cicatrices emocionales que le ha dejado la pandemia. Se entregó en cuerpo y alma. Y volvería a hacerlo.