Un grupo de ancianos participa en una sesión de terapia en la residencia Los San Pedros. / El Adelantado

Las residencias de mayores están siendo en la provincia las principales protagonistas del drama que está suponiendo para muchas familias la pandemia del coronavirus que afecta a toda la sociedad. A la habitual preocupación por el estado de padres, abuelos o bisabuelos se une en estos días la inquietud por el avance del Covid-19 en cada centro residencial, donde la entrada del virus supone la peor de las noticias para uno de los grupos de riesgo más vulnerables.

En medio de este panorama, aún quedan, no obstante, pequeñas –y no tan pequeñas– residencias convertidas hoy en reductos cuyas barreras no ha conseguido salvar el virus. Oasis en los que, pese a las lógicas restricciones y condicionantes a los que obliga la pandemia –que todos los ciudadanos padecen en sus casas–, la mayor preocupación reside estas semanas en levantar el estado de ánimo de los mayores y brindarles, en la medida de lo posible, una cotidianidad que ahora se extraña más que nunca.

Es el caso, por ejemplo, de la residencia Rovira Tarazona, de Riaza; la residencia Los San Pedros, de San Pedro de Gaíllos; o la residencia municipal Virgen del Bustar, de Carbonero el Mayor, donde residen 85, 50 y 87 personas mayores, respectivamente. En los tres centros, sus responsables atribuyen la ausencia de coronavirus y la razonablemente buena situación que viven estos días a la pronta toma de medidas de protección y seguridad frente al Covid-19, y no a la fortuna.

Todas ellas habían restringido hacía días ya las visitas de familiares y el acceso de cualquier persona ajena a la residencia cuando el Gobierno de España decretó el estado de alarma, el pasado 14 de marzo. “Desde una semana antes no se permitió el acceso de ningún familiar ni de nadie, porque en el centro tenemos a muchos familiares de Madrid y en aquellos momentos veíamos un peligro en la situación que se vivía allí y en que pudiesen traernos un virus que no teníamos. Fue una decisión que sonó un poco alarmista, pero todos lo entendieron y ahora nos llegan las felicitaciones porque la medida ha dado sus frutos”, explica Lola Fernández, responsable de administración de la residencia Rovira Tarazona.

La comprensión de los familiares ante una decisión adoptada en un momento en el que ni siquiera se podía imaginar que la situación fuese a ser tan grave solo poco más de un mes después fue unánime en todos los centros. De hecho, como explica la directora de la residencia Virgen del Bustar, Marisa Manso, “decidieron tomarse como una prohibición lo que era una restricción y lo agradecemos”. En su centro, “solo un familiar pasó por la residencia antes de la alarma y lo hizo con todas las medidas de protección: mascarilla y guantes y gel desinfectante”.

Así, desde entonces, las únicas entradas y salidas que se producen en las instalaciones de los centros son las de sus trabajadores y las de los residentes que han necesitado y necesitan acudir al médico.

En el caso de los empleados –siempre equipados con el material de protección individual e incluso obligados a desinfectar su calzado antes de entrar al centro–, tienen muy claro que “al mínimo síntoma” deben llamar al médico y no acudir a la residencia; mientras que los ancianos que han necesitado visitar el hospital deben seguir un aislamiento de 15 días a su regreso al centro residencial.

En el día a día, sí hay importantes diferencias entre los tres centros a la hora de permitir una mayor o menor movilidad y control de los mayores. Mientras en la residencia Rovira Tarazona los residentes permanecen confinados en sus habitaciones –las cuales solo abandonan para bajar a la sala de rehabilitación, como mucho de dos en dos–; en la residencia Virgen del Bustar los ancianos pueden pasear, con vigilancia, por el patio del centro mientras limpian sus habitaciones, donde pasan la inmensa mayoría del tiempo –“los que tienen habitaciones cerca, abren la puerta y montan tertulias entre ellos”, explica la directora–; y en la residencia Los San Pedros no existe restricción u obligación para mantener a las personas mayores confinadas en sus estancias.

“En ningún momento hemos dejado a cada abuelo en su habitación. Si por riesgo de salud lo hubiéramos tenido que hacer lo hubiéramos hecho, pero como no tenemos ningún caso, ni ningún síntoma compatible, ni nada, hemos seguido haciendo la vida normal, pero con las medidas que nos han ido aconsejando: mucho lavado de manos, mucha higiene, mascarilla, distancia de seguridad, hemos hecho dos turnos en las comidas para que entren a comer en cada mesa dos, separación de las camas al máximo en las habitaciones dobles y tomando esas medidas estamos haciendo nuestra vida normal para que ellos sean felices. Si no en las habitaciones se nos mueren de pena”, cuenta la directora del centro de San Pedro de Gaíllos, Sheila Gordaliza.

Esta decisión también facilita la gestión de la residencia y la labor del personal. “Si ya es trabajo añadido el que tenemos porque no damos abasto con las medidas de protección, si los dejamos en sus habitaciones y tenemos que ir a darles desayunos comidas y cenas el trabajo es brutal. Si fuera necesario y nos lo ordenasen no quedaría más remedio, pero en dos visitas que hemos tenido del SAMUR nos han dicho que lo estamos haciendo muy bien y que pueden hacer vida normal, mientras se mantenga la seguridad”, expica Gordaliza.

En cualquier caso, la falta de contacto tanto con familiares como en muchas ocasiones con los propios compañeros de residencia afecta inevitablemente al estado de ánimo de los ancianos. Por ello, para cuidar su salud emocional y para que sientan el cariño de sus familiares, los trabajadores de las residencias procuran que todos los mayores puedan mantener videollamadas regulares con sus familias. Cada uno de estos centros libres de coronavirus cuenta con dos tablets recién adquiridas o donadas por las administraciones públicas para facilitar que además de hablar puedan verse las caras en estos días complicados.

Es solo una de las actividades –la más agradecida– de las que les ocupan desde el voluntario, primero, y obligatorio, después, confinamiento. Tampoco descuidan, en la medida de lo posible, sus habituales pasatiempos y terapias con actividades como gimnasia, pintura, rompecabezas, baile, misa o la preparación de vídeos que los trabajadores de centros como Los San Pedros o Virgen del Bustar graban para sus familiares.