La cuadrilla de un reten de Segovia realiza labores preventivas en la lucha contra incendios
La cuadrilla de un retén de Segovia realiza labores preventivas en la lucha contra incendios. / NEREA LLORENTE

Camiones de más de 35 años de antigüedad para apagar fuegos de sexta generación. Al igual que la delincuencia va por delante de la ley, el fuego aprovecha las armas del cambio climático para sorprender. La extinción de incendios vive en un complicado equilibrio entre fondos limitados y consecuencias terribles que ningún consejero quiere presupuestar. Así las cosas, los bomberos forestales de Segovia, que han vivido en Navalacruz (Ávila) en primera línea el peor incendio de la historia de Castilla y León, reivindican unos derechos que extienden a toda la ciudadanía: su dignidad equivale a la salud del monte y la de sus vecinos. Por eso alertan del riesgo al que se enfrentan antes de que sea demasiado tarde. “Hemos tenido mucha suerte”. El mensaje es claro: han visto las orejas al lobo. Y ven en la llegada de fondos europeos una oportunidad pintiparada para cambiar las cosas.
El reconocimiento de la categoría profesional es una piedra angular para el sector, cuyas reivindicaciones lidera un grupo de trabajadores de la provincia que habla de forma anónima por miedo a las represalias de sus empresas. Aunque la categoría es un realidad (la 5932), lamentan que no se aplique. “A un tío que hace barras de pan y trabaja con harina, se le llama panadero. Nosotros atacamos de incendios forestales y hacemos labores preventivas”. Hablan de una segunda actividad de ‘reciclaje’ para los años finales de su trayectoria, cuando la forma física ya no permita poder atacar un incendio, que podría ser el mantenimiento de la base, de herramientas o de vehículos. Y que se traten enfermedades, principalmente pulmonares, por la exposición al benceno o al CO2.

Su crítica a las Administraciones es la reducción de gastos. “Les interesa tener unas cuadrillas de monte trabajando y produciendo hectáreas todos los días, aunque haya alto riesgo de incendios”. La profesionalización requeriría más equipos, mejor formados y más medios para atajar los fuegos. Exprimiendo a los retenes se logran dos objetivos: cubrir el riesgo de incendios y llevar a cabo trabajos herbícolas de carácter preventivo. El resultado es concentrar estos trabajos del 15 de junio al 15 de octubre, con el ahorro de no tener contratado personal en el resto del año. Ante este panorama, los bomberos forestales señalan el nivel de estrés al que se ven sometidos en este periodo, una carga que les impide estar en las mejores condiciones para atacar el fuego. Y abogan por un mayor peso de la prevención, ampliando el calendario de trabajo antes y después del verano.

Ponen como ejemplo Galicia, Valencia o Andalucía y llaman a aprovechar la llegada de fondos europeos para extender el calendario de los bomberos: “Sería una cosa cojonuda para fijar población justo donde estamos diciendo que nos falta”. En esencia, sugieren que las labores preventivas y trabajos herbícolas que se llevan a cabo en verano se hagan, en su mayor parte, en invierno. Segovia tiene retenes que trabajan tres meses y otros con un calendario de cuatro. Algunas de las autobombas han subido hasta los seis meses.

Un grupo recibe una comunicacion en uno de sus vehiculos
Un grupo recibe una comunicación en uno de sus vehículos. / NEREA LLORENTE

La amenaza del clima

El grupo reivindica que el cambio climático requiere de un dispositivo más extenso y que la labor de prevención no solo evita el fuego, sino que contiene su extensión. “Con el cambio climático la época estival es más larga. Ha habido incendios en marzo y el operativo está desactivado. No hay personal dentro de los montes para poder atacar un incendio de ciertas dimensiones”. La evolución del clima ha cambiado la naturaleza de algunos fuegos que ahora los expertos llaman de sexta generación: baja la humedad relativa, suben las temperaturas y el matorral descuidado o restos de poda prenden más fácilmente.

Creen que las hectáreas quemadas en Navalacruz (más de 23.000) invitan a profundizar en la prevención. “Todos los incendios que ha habido en el Mediterráneo van a tocar aquí. El de Navalacruz no se ha llevado un pueblo por delante de milagro”. Hablan de la apertura de caminos, mantenimiento de cortafuegos o de pozas de agua para que los equipos de extinción puedan tener suministro de forma ágil. Se trata de eliminar la “continuidad vertical” para evitar un fuego integral que suba desde la superficie hasta la copa de los árboles. En esa labor de entrarían los trabajos herbícolas, que benefician a la vegetación y reducen riegos. “Cuando tiras un pino, te llevas la leña y los restos se trituran o se queman. Con lo cual, no queda nada de combustible”. Por eso les preocupa el estado descuidado de muchos pinares de la provincia, en los que el suelo es “un polvorín”. Esa es la diferencia entre un incendio fácil de apagar y otro de grandes dimensiones.

Después del fuego

El grupo entiende que la prevención favorece el ahorro al evitar el enorme gasto que supone extinguir un gran fuego. Reconocen el mérito de la Unidad Militar de Emergencia, pero señalan que detrás de ese equipo de élite hay mucho trabajo. “La gente que realmente está apagando los incendios está en un sitio en el que las cámaras son inaccesibles”. En la misma línea, señalan que el consumo de información es muy breve. “Hay un incendio hoy y mañana se ha olvidado. En Navalacruz están trabajando todavía”. El más grave en tiempos recientes llegó en La Granja en agosto de 2019: el fuego se inició un 4 de agosto y los retenes estuvieron hasta el 30 de septiembre; los trabajos para prevenir la pérdida de suelo siguieron hasta año y medio después. La ceniza de un gran incendio da problemas durante mucho tiempo: contamina acuíferos o pozas y diezma la fauna.

Varios retenes segovianos participaron en la extinción del incendio de Navalacruz y asistieron con sus compañeros abulenses a las manifestaciones posteriores, denunciando las carencias del dispositivo y pidiendo más medios. El colectivo está preparado a una manifestación el miércoles 22 frente a las Cortes de Castilla y León en pos de la profesionalización, la estabilidad laboral y contra la privatización del sector. El grupo segoviano que organiza las protestas calcula que acudirá medio centenar de bomberos forestales de la provincia. La movilización se está organizando a través de grupos provinciales de bomberos forestales, desde el contacto con sindicatos o medios de comunicación al desplazamiento. La fecha está dentro del periodo anti incendios de la Junta, pero el colectivo promete una movilización posterior que incluirá “con casi total seguridad” a todo el dispositivo.

El valor del monte es incalculable, desde el desarrollo económico a la belleza. El cambio climático no perdona y esos pueblos pequeños, con sus animales, negocios y habitantes, están en riesgo. Algunas mancomunidades de municipios pequeños han unido para contratar autobombas, un “parche” con el que cuentan Turégano, Sepúlveda, Aguilafuente o Marugán. “Sale el alguacil, sin formación alguna, con su casta invencible. Solucionan mucho, pero se juegan la vida. La gente no es consciente; te da un mareo y unas llamas pequeñas te arrasan”. El fuego no perdona.

El personal forestal descarga herramientas para uno de los trabajos
El personal forestal descarga herramientas para uno de los trabajos. / NEREA LLORENTE

Un euro por cada día de disponibilidad

El colectivo de bomberos forestales reivindica la precaria situación de algunos retenes de la provincia. Ponen el ejemplo de compañeros que se incorporar a la 1 de la tarde. Primero, la carga de equipaje. “Llevas una mochila en un remolque, donde van las motosierras. Cada persona lleva dos o tres mochilas y se meten cinco personas en cada coche”. Hablan del “tajo asignado”, como ir a una zona del monte a hacer unos trabajos, desde un clareo tirando pinos a labores de poda. “Lo que habría que hacer en otra época del año lo haces a 40 grados, con un traje de motosierra bien gordo”.

Partes de una cadena de montaje, a veces los trabajadores se incorporar en el punto de la tarea y no en la base del retén. Las empresas piden “una producción” al empleado un volumen determinado de hectáreas podadas, por ejemplo. Es habitual que en medio de ese trabajo diario surja un fuego y esa labor no reduce las exigencias. “Cuando vuelves tienes que hacer tus 20 hectáreas, no cuenta para nada que hayas estado tres días en un incendio. Te siguen apretando”. La rutina implica una hora de parada para comer y, si todo va normal, acabar de trabajar a las nueve de la noche. También denuncian problemas para cobrar las horas extra; bien porque se pagan tarde o por el cómputo del kilometraje.

El contrato de los bomberos forestales incluye una partida de un euro al día para estar disponible en caso de que haya un incendio. A cambio, la obligación de llegar en media hora al dispositivo. Creen que ese detalle es “significativo” de la precariedad laboral, aunque señalan que nunca ha habido castigos cuando alguien no ha acudido a la llamada. “Si estoy en casa con mi hijo de cuatro años, no puedo dejarle solo”.

El objetivo de un servicio de extinción de incendios es que su personal esté en las mejores condiciones físicas y mentales cuando suena la sirena. El problema del dispositivo forestal, señalan sus empleados, es que la labor de mantenimiento del monte dificulta sus intervenciones. ¿Puede un bombero estar preparado para atacar un fuego a las seis de la tarde si ha estado cortando pinos con la motosierra a las cuatro? “Tienes un subidón de adrenalina del que puedes tirar si el incendio es pequeñito, pero cuando se alarga, el cuerpo te dice basta”.

El riesgo siempre es colectivo. “Que le dé un bajón a un compañero es una putada para el operativo. Tienes que destinar a cuatro o cinco personas para que se ocupen de él y le saquen del monte”. Los golpes de calor y los sobreesfuerzos son bastante comunes, todo un riesgo cuando se maneja maquinaria pesada. “Tiran mucho del tema vocacional, que a nosotros nos gusta este trabajo. Todos los que estamos aquí iríamos gratis a apagar el fuego, pero queremos elegir si lo hacemos”.

La temporalidad tampoco ayuda. Tanto el reducido calendario como las condiciones laborales hacen que para muchos jóvenes sirva de punto de paso de cara a ganarse un sueldo en verano o para preparar unas oposiciones de bombero en otro lugar. “Por aquí ha pasado gente súper válida, que con siete meses de trabajo se quedaría. Al no haber continuidad, todos los años nos toca formar gente, hay una rotación increíble. Si hubiera continuidad, esto se profesionalizaría”.