José María Marco
José María Marco

—José María es Vd. profesor, escritor, ensayista, biógrafo, columnista, promotor cultural y divulgador. Su obra abarca la historia, la literatura, y el análisis político, con biografías tan relevantes como la de Lope de Vega, Azaña o Giner de los Ríos. ¿Cuál fue el mito de Azaña?

—Me temo que no está caducado todavía. Consiste en afirmar que Azaña fue un gran liberal que quería la democracia para su país. Pero Azaña lo que quería era instaurar una República en la que sólo tuvieran cabida los republicanos. De izquierdas, se entiende: los otros, los Lerroux o los Alcalá-Zamora, no eran bastante republicanos para él. El mito Azaña se confunde con el de la Segunda República, que ha servido de mito fundador de la Monarquía parlamentaria. Ni más ni menos. Por eso hay tanta resistencia a aceptar la verdad. Así es el relato histórico de la izquierda: cae una pieza y se viene abajo todo.

—¿Ha visto Vd. siempre a Azaña bajo el prisma de su libro más reciente o estuvo subyugado por el mito?

—El mito se me derrumbó muy a principios de los 90. Hasta entonces estaba fascinado por él y me temo que contribuí a crearlo y difundirlo, porque Azaña es un mito reciente, de los 80 del siglo pasado. Antes no estaba bien visto por su crítica durísima del bando republicano en guerra y sus famosas Memorias, que son un retrato despiadado de la República y los republicanos. El último libro que le dediqué, Azaña. El mito sin máscaras (Encuentro) fue una revisión después de más de veinte años. Y salió un personaje mucho más interesante, más complicado y atormentado que ese monigote de cera que pintan sus fans.

—¿Fue mejor político o literato?

—Como político, fue un desastre. Su único legado positivo es haber asegurado que el patrimonio de la Corona no fuese desmantelado por la República, su propio régimen. Hoy es lo que llamamos el Patrimonio Nacional. Bueno, también nos legó el Estado de las Autonomías, aunque eso no le corresponde a él. Más bien a quienes se empeñaron en repetir un fracaso, como había sido la autonomía de Cataluña en la República. Como literato… lo mejor de Azaña es su prosa, densa, conceptual, muy española, y unas Memorias venenosas, como corresponde a unas memorias, de lo mejor de la literatura autobiográfica de todo el mundo.

—Ha escrito sobre Giner de los Ríos ¿Cuál fue la huella en España del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza?

—Mucho mayor de lo que nunca habría soñado Sanz del Río, el introductor del krausismo en nuestro país. A finales del siglo XIX, Giner creó en la Institución Libre de Enseñanza un instrumento para educar a las élites españolas. Les inculcó una cierta ética de trabajo y una cierta pulcritud estética. Claro que convirtió estas virtudes en un signo de distinción frente a una sociedad que despreciaban. En realidad, creó una secta. La Institución Libre de Enseñanza fue un reducto que nunca aceptó la Monarquía constitucional de su tiempo ni su política liberal de reconciliación nacional. Las élites que educó fueron formadas contra esta política, y en reivindicación soterrada del Sexenio revolucionario, cuando los krausistas fracasaron en su intento de implantar una España nueva. Volvieron a ensayar su radicalismo en la Segunda República y luego han sido extraordinariamente influyentes en el régimen de 1978.

—Ha escrito también sobre Lope de Vega “El verdadero amante”, ¿qué visión de Lope hay en su libro?

—De Lope me gusta y me interesa todo. En El verdadero amante traté de comprender de qué habla Lope cuando habla de amor y cómo el amor es la inspiración de su obra, en cuanto a los temas pero también en cuanto a la forma. Es un paseo por el conjunto de su obra literaria. La Dorotea es, en este sentido, una obra cumbre. Y Lope, con Ovidio y algún otro, de los primeros poetas del amor de toda la literatura.

 

¿Qué obras suyas le parece que revelan mejor lo que Lope podía pensar de España?

—En Lope de Vega vive España entera: su sensibilidad, su forma de pensar, sus tipos, su literatura, claro está. Revela una España popular y aristocrática, sin miedo, prendada del gusto por la aventura, que se reconoció entera en su obra. El caballero de Olmedo, El comendador de Ocaña, La Gatomaquia, las Rimas sacras… son obras intrínsecamente ligadas a la expresión de lo español, inconcebibles fuera de nuestro país.

—Entre el XVII de Lope y el XIX y XX de Giner y de Azaña ¿Se pierde el pensamiento propio español? ¿Por qué?

—Bueno, lo español adopta otras formas y alumbra actitudes distintas. En tiempos de Giner y de Azaña los españoles crearon grandes obras de todas clases, en particular en literatura. Lo que se había perdido por el camino es la ambición por influir y ser grandes en el mundo. Eso ya no lo recuperamos nunca después de la crisis de la que Giner y Azaña fueron protagonistas. La literatura se convierte entonces en un ejercicio de introspectiva española. Ocurre en muchos otros países, pero aquí se combina con una voluntad de desprestigiar lo propio que desde entonces nos persigue. En tiempos de Lope eso no existía, o era marginal.

—¿Qué hitos históricos destaca en su libro una Historia patriótica de España? Aunque serán numerosos, escoja dos o tres.

—Historia patriótica de España es un libro destinado a que el lector entienda por qué está bien que quiera y respete su país. Más que de grandes hitos, intenta proporcionar un marco conceptual que ayuda a entender la historia de España. Es como una gran construcción en la que cada uno puede ir situándose a sí mismo y situando sus preferencias, que confluyen todas en el amor a España. No hay ninguna época que no sea fascinante, y en cuanto pienso en una, se me ocurre otra. Cómo hablar de la Ilustración española y no hablar del romanticismo, o del arte mudéjar y no pensar en la aportación de España al catolicismo, o de las ciudades castellanas sin imaginar la América española, y de esta sin hablar de la expansión marítima de nuestro país… La historia de España es deslumbrante, por su dimensión, y al mismo tiempo comprensible, como si los españoles, más o menos conscientemente, hubieran realizado un proyecto que sabían que le era propio.

—¿Por qué los partidos tradicionales de izquierdas tienen una visión negativa del patriotismo?

—Porque desconfían de la idea de nación española y la temen como si fuera su enemigo. Desconfiaron desde el principio, y se empeñaron -y lo consiguieron- acabar con la nación liberal y constitucional. Y han seguido desconfiando luego, cuando después de 1978 tuvieron la oportunidad de reconstruirla. La desaprovecharon y ahora están en trance de convertirse en los protagonistas del final de estos casi cincuenta años de democracia. Lo que resulta asombroso es la alegría con la que han asumido la responsabilidad de este desmantelamiento. Parece que están culminando su vocación. El patriotismo tenía que haber sido el principal obstáculo a este proyecto.

—España está siendo sometida desde, al menos 2004, a un proceso centrífugo que la presenta como “opresora de naciones” ¿Qué opina de ello?

—Me parece que el proceso, por así llamarlo, es más antiguo, pero en cualquier caso es como usted lo denomina. Desde 1978, los españoles se han empeñado en construir una democracia sin nación. El resultado es que el estamos viendo. No tenemos nación, hemos convertido el país en un conjunto de naciones sin Estado y, como era de esperar, nos estamos quedando sin democracia.

—¿Ayudan la Unión Europea y el sistema de autonomías a la cohesión de España?

—Cancelada y borrada la idea de nación, la democracia española no ha tenido otra dimensión colectiva que no sea la de la Unión Europea y la España de las autonomías. De haberse cuidado la nación, estas dos últimas habrían tenido una realidad distinta. La UE, que ha sido muy beneficiosa, no tenía por qué haber sido tan ridículamente idealizada, como si solo ahora fuéramos europeos y la Unión fuera el único remedio a nuestros problemas. En cuanto a la España de las Autonomías, habría resultado menos dañina y probablemente no habría debilitado el Estado como lo ha hecho. Hoy en día el Estado es tan débil que ya no puede defenderse de los separatismos nacionalistas.

—Es activo en política ¿Cuáles cree que son las reformas más urgentes que necesita España?

—Me comprometí en política durante un tiempo breve, hace algunos años. Sigo pensando que los ciudadanos, si quieren serlo, deben tener una presencia en el debate y la vida pública. No se es ciudadano por defecto como parece que se piensa en nuestro país. Sobre todo cuando hemos llegado a un punto en el que ya no sirven las ideas y los conceptos que hemos manejado hasta ahora. Hemos entrado en una nueva etapa en la historia de nuestro país. Y va a hacer falta un compromiso renovado, más activo y menos confiado en las elites políticas y culturales de lo que lo fueron los españoles después de la dictadura.

—¿Cómo perciben sus alumnos el momento actual de España? ¿Es verdad que la derecha es el nuevo punk?

—Lo del punk no lo sé, la verdad. Bien es cierto que la gente en la derecha no se siente cómoda con una realidad que no le gusta, lo que les lleva a hacerse preguntas sobre la realidad y el papel que tiene que jugar. En cuanto a los jóvenes, los veo profundamente preocupados. Las generaciones previas, las de la democracia, debíamos haberles legado un gran país y les dejamos un solar medio devastado, bloqueado en lo económico y en desguace en la cuestión nacional. Reciben un inmenso fracaso, un fracaso histórico, que habrán de asumir y que tendrán que enderezar. Y eso en un mundo que está viviendo cambios muy profundos. Saben que les espera un futuro difícil. Y las generaciones anteriores les han fallado.

—¿Qué corrientes intelectuales actuales o en embrión le parecen esperanzadoras para el futuro de España?

—Por lo menos ahora hay una percepción de la gravedad del problema. Hace algunos años no era así.

—¿Qué mensaje daría a un próximo estudiante de literatura?

—Que lea, como una obsesión, a los clásicos de su país y que intente comprenderlos en profundidad y aprender del idioma que hablan. Que no deje de tomarse en serio la literatura, como hace siempre la gente joven. Y que abomine de la buena conciencia, esa buena conciencia con la que la buena literatura anda siempre a la gresca. Supongo que esto último es válido para cualquier estudiante.