Biblioteca Merdeces Gomez Blesa Presentacion Libro KAM6360
Mercedes Gómez-Blesa posa ayer en la Casa de la Lectura. / KAMARERO

Mercedes Gómez-Blesa (Albacete, 1964) presentó ayer en la Casa de la Lectura su catarsis de la pandemia. ‘Estéticas de la ausencia’ es un ensayo dentro de ‘Palabras hilanderas’, una colección de Marifé Santiago, exconcejala de Cultura en Segovia. Algo más de cien páginas que nacen de su experiencia y abordan la vulnerabilidad: ausencia, soledad y muerte. Lo que al principio eran unas notas inconexas desembocaron en un ejercicio terapéutico que pone al descubierto las heridas de nuestro tiempo. La filósofa, experta en María Zambrano, habla de las cicatrices detrás de la ‘happycracia’ y defiende la sociedad de los cuidados mutuos, del nosotros, frente a la torre de cristal del individualismo.

— Habla de la primera vez de su vida en la que se ha enfrentado a una posible muerte ¿Cómo ha sido su experiencia?

— Yo pasé el confinamiento sola en casa, una experiencia que ha tenido mucha gente mayor que se ha sentido muy desprotegida. Esa sensación de aislamiento y miedo ha estado presente, hasta el punto de que muchos han desarrollado una especie de agorafobia a la hora de salir. O una cierta fobia social: miedo a estar en sitios con mucha gente. Pasé un primer momento de pánico a poder ir asumiendo poco a poco la situación. Nadie se esperaba una parálisis completa de la sociedad. Vi la vulnerabilidad.

— ¿En qué se tradujo su vulnerabilidad?

— En muchas cosas. Primero, mi vida corría riesgo por la falta de una asistencia sanitaria correcta. Yo pensaba: “Si yo caigo enferma de coronavirus, ¿quién me asiste?” Porque las amistades no podían entrar en contacto contigo. Tardaban un montón en cogerte el teléfono. No tengo ningún familiar cerca y tampoco se podría poner en contacto conmigo. Es el desamparo que hemos tenido las personas que vivimos solas.

— ¿Cómo alivió el desamparo?

— Mi alivio fue ponerme a escribir este ensayo. Ha sido mi terapia contra la soledad y la falta de una mano que estrechar. Gracias a la comunicación online pude ver a la familia, pero no es lo mismo que sentir el abrazo.

—¿Nos hace más fuertes descubrir nuestra vulnerabilidad?

— Ante la vulnerabilidad caben dos opciones: negarla o asumirla. Yo he descubierto que lo mejor es asumirla como una condición humana: todos somos vulnerables. Pero nuestra cultura ha incidido en ser fuertes, autárquicos. El neoliberalismo nos ha hecho creer que nos tenemos que bastar por nosotros mismos, que no tenemos que ser una carga para el Estado. Con la pandemia, hemos visto que no vale, que nos necesitamos los unos a los otros. Que si no llega a ser por los médicos, enfermeras o voluntarios que llevaban comida a la gente mayor, por los cuidados que nos hemos dado los unos a los otros, no hubiéramos salido de esta. El individualismo que nos quiere imponer el neoliberalismo es una falacia; la sociedad solo puede salir adelante si está basada en los cuidados mutuos. Nos necesitamos, no podemos vivir aislados.

“El neoliberalismo ha ido ocultando cada vez más el hecho natural de la muerte, como algo vergonzoso”

— Habla del miedo a la muerte. ¿Cómo se dialoga con ella?

— Uno de los capítulos del ensayo es la necropolítica, un término que acuñó Achille Mbembe, para hablar de las técnicas que tenía el colonialismo para someter a la población a los dictados de la metrópoli. La clave de esta pandemia es la gestión para decidir quién vive y quién no. Cómo se decide quién tiene un respirador y quién no. Qué se hace con los cuerpos. Cuándo se puede enterrar, cómo tienen que ser los sepelios. Imagina la cantidad de gente que se ha muerto despidiéndose de sus seres queridos a través de una pantalla. Y luego, el propio miedo a la muerte.

— ¿Cómo gestiona ese miedo?

— Uno de los problemas del neoliberalismo es que ha ido ocultando cada vez más el hecho natural de la muerte, como algo vergonzoso. La muerte va en contra de ese ser humano prepotente, parece algo deshonroso. Antes la muerte era una celebración social, sobre todo en los pueblos; ahora se hace lo más aséptica posible y se ha perdido ese carácter de ceremonia. He tenido la suerte de no haber perdido a ningún familiar, pero he tenido amigas que han perdido a sus padres y no han podido enterrarlos hasta un mes y medio después. No han podido gestionar su duelo, que requiere la presencia del difunto. Ese limbo ha sido muy doloroso.

— Dice que hemos quitado los apósitos a la ‘happycracia’. ¿Qué herida se ha encontrado?

— No podemos salir adelante sin la ayuda de otros. La dependencia no tiene por qué ser algo negativo; nos han vendido ser dependiente como un defecto y en cierta medida todos los somos. Cuando somos pequeños somos dependientes de nuestros padres; gracias a ellos salimos adelante. Parece que está mal visto, que la necesidad de que alguien te cuide es un demérito. Tenemos que cambiar como sociedad ese concepto. Y lo primero es cambiar la idea de que nos hacemos a nosotros mismos.

— ¿Cómo?

— A mí se me ha hecho creer a lo largo de toda la filosofía que soy un yo que me construyo, pero es falso. Lo primero que somos es un nosotros y de ahí sale la individualidad. Cuando nazco formo parte de un nosotros, mi familia; por mí misma en la selva me habría muerto. Y conforme crezco, voy modulando mi propia identidad. Tenemos que partir de la idea de que todos somos dependientes y que la nuestra tiene que ser una sociedad de los cuidados. Aceptar que todos, antes o después, los necesitaremos, sin que nos suponga vergüenza. La autosuficiencia, el éxito que no necesita de nadie, es absurda. La sociedad no puede ser una suma de individuos, sino que tiene que haber algo previo: el nosotros.

— ¿Qué aporta en ese debate?

— He reflexionado sobre qué intentos desde la filosofía ha habido para empezar a pensar en ese nosotros anterior al yo. He hablado de Heidegger o de Merleau-Ponty. Una serie de filósofos que se han planteado la sociedad a partir de la pertenencia de unos con otros.