El imprescindible Rodao

Libros. La otra crónica del 120

Aparece José Rodao escondido en el Paseo de Isabel II en forma de estatua. Aparece escondido él, que fue la salsa de todos los guisos en la Segovia de entre siglos. Su estatua resultó viajera en los estrechos márgenes de la ciudad. Primero estuvo en la Plaza de los Huertos, y después recaló en esta que lleva oficialmente el nombre de una reina pero que el pueblo llama El Salón. El bronce es de Aniceto Marinas y fue fundido por Mir y Ferrero en Madrid, y la piedra, o parte de ella, es de Toribio García, un gran escultor cuya mejor obra está también casi escondida en la ciudad, y se llama ‘El favorito’.

A Rodao le hizo un bronce Marinas como Zuloaga, Ignacio, le hiciera un retrato. Por amistad. Por cariño. Por esa deuda perpetua con quien te saca las castañas del fuego cuando vienen mal dadas. De Ignacio Zuloaga fue su cronista oficial y de algún entuerto le salvó en las páginas de El Adelantado. A Marinas le hizo el favor de silenciar las acerbas y feroces críticas cuando la primera piedra de la estatua a Juan Bravo en la plazuela de San Martín, en 1921. Silenció hasta a su yerno, Ignacio Carral, que se desquitó yéndose con la música a Madrid y escribiendo un hilarante librito sobre la cuestión de la estatua al comunero. A otros, como a la maestrica Luisa Calle la apadrinó en la Página Literaria del decano. En eso no hacía distingos.

Rodao se apuntaba a un roto y a un descosido. Igual ejercía en la Económica que formaba parte de la Comisión de Monumentos o comandaba la benéfica fundación ‘El niño descalzo’. No dejaba pasar un homenaje como no se perdía un sarao. Siempre con sus ripios a punto. A veces, hasta ganaba la Flor Natural de unos Juegos Florales, como los de Cádiz. Ese viaje lo hizo con Miguel Zárraga, que lo cuenta en el periódico de ambos. Vate, filántropo, imprescindible, y padre de una chiquillada. Su libro más significativo fue precisamente Mis chiquillos y yo, que publicó en Segovia, año 1914, Antonio San Martín, impresor y librero. En él habla de sus zagales y escribe del retrato que le hizo Ignacio Zuloaga. Como si gozara de una bola mágica adivina que terminará este último en un museo “cuando baje a la tumba mi cuerpo chiquitín”. Así pasó.

Mil veces antes el Rodao periodista que el autor de ripios con moraleja, recurrentes y facilones, festivos e ingeniosos. No se puede entender la Segovia del primer tercio del siglo XX sin José Rodao. En lo bueno y en lo menos bueno; con sus virtudes y con sus carencias.

Ficha técnica

Mis chiquillos y yo.
Antonio San Martín.
Segovia, 1914