Cristo del Caloco. / José Redondo Fotógrafos
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Nos cuenta una leyenda que San Eutropio se apareció a un pastorcillo que apacentaba sus ovejas cerca de una fuente en estos parajes, y le pidió que convenciese a sus vecinos para levantar un templo en su nombre, en el cual se glorificase a Nuestro Señor. De aquella leyenda que nos da cuenta Tomás Ibáñez de Ribera en su escrito “Historia y Linajes de El Espinar y las 1ª y 2ª Fundaciones del mismo”, de 1649, podemos quedarnos con la celebración de nuestro santo patrón como unas de las primeras fiestas que se celebrasen en El Espinar.

La documentación que nos ha llegado nos informa de otras devociones, que ya hacia 1103 habría en las otras aldeas situadas dentro del término municipal: Santa María de Caloco, Nuestra Señora de la Losa, Santa María de Prados y Santo Domingo, que tendrían sus celebraciones correspondientes.

Con el tiempo, en estos nueve siglos, las costumbres, los fervores, y con ellos las celebraciones se han ido incrementando y cambiando arreglo a cada momento y sus circunstancias. Han surgido unas y desaparecido otras. Bien de carácter religioso, o bien de carácter profano, nos han llegado noticias de algunas celebraciones que nos dan una idea de cómo eran.

En los estudios que realizaron Manuela Villalpando, María Dolores Díaz-Miguel y Luis Larios se dan referencias de cómo se desarrollaban estas fiestas. Así, en el siglo XVI para determinadas celebraciones se ponían tapices y reposteros en las paredes de la Colegiata de San Eutropio. En las celebraciones al santo patrón el 30 de abril sabemos que se solían hacer autos sacramentales y representaciones teatrales con entremeses. Datado tenemos que en 1593, uno de los primeros autos sacramentales, el de “San Martín” de Gil Vicente y otro Los Espejos Divinos, se representaban en sus fiestas. Este tipo de autos fueron bastante frecuentes y parece que también se realizaban para diversas fiestas, entre otras la fiesta del Corpus Cristi. En dichas celebraciones se contrataban organistas para acompañar con órganos móviles el recorrido de las procesiones.

En otros festejos más profanos, para que los jóvenes disfrutaran, se contrataban tamborileros y flautistas para que tocaran en la sala de baile todos los domingos y días festivos.

También eran importantes en los festejos los juegos y competiciones de carácter taurino. Domingo Rodríguez de Arce, en su libro “Historia de El Espinar” nos cuenta como durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna se celebraban competiciones, como carreras de cintas con caballos, juegos tradicionales de calva, corte de leña, etc. Ya en el siglo XIV había mucha afición y habilidad en los festejos de carácter taurino, como alancear y correr toros, pues según parece se quedaron vencedores en varias ocasiones en las competiciones de Valladolid.

En los festejos taurinos del 30 de julio de 1583, Juan Cogorro, vecino del pueblo, tuvo que ser atendido por un médico, de una cornada recibida por un toro en un encierro, “cuando le corría para el encierro de el ganado”. Como he comentado antes, hubo celebraciones que surgieron, y otras que con los años han ido desapareciendo. De esta forma, los antiguos encierros pasaron a la Historia dando paso a otros tipos de festejos.

Casi todas estas actividades se realizaban en la Plaza de la Corredera (de ahí su nombre). Espacio cerrado con un alto muro de piedra, que fue catalogado por Luis Pinto Maeso, en su libro “Plazas de Toros de España”, como la décimo primera plaza más antigua de España. Se construyó de fábrica en 1748, y fue el centro de todas estas actividades hasta 1897, año en que se derribaron dichos muros, “por lo peligroso de correr el ganado para encerrarlo en la Corredera, atravesando por el centro del pueblo”, dando paso a la primera plaza de toros del Cabezuelo, de carácter privado. Y de esta se pasó a la actual Plaza Municipal que fue inaugurada en 1949.

Al igual que surgieron y desaparecieron los tipos de festejos, también han ido surgiendo y desapareciendo festividades.

Muy importantes fueron los festejos taurinos para las fiestas de San Eutropio, Santiago, y el 30 de julio, pero con el tiempo, algunas fueron perdiendo fuerza a favor de las celebraciones para las fiestas de la Asunción y San Roque, a mediados de agosto, que llegaron a tener una gran importancia durante el pasado siglo.

Por otro lado, mientras existió la trashumancia y gran parte de la economía del pueblo estaba basada en la ganadería ovina, las fiestas del patrón cercanas a la época de esquileo tuvieron una gran fuerza. Pero cuando desapareció la Mesta, y el mundo de las ovejas entró en decadencia, las fiestas del Cristo del Caloco celebrando la exaltación de la Cruz el 14 de septiembre, fueron cogiendo cada vez más fuerza. Y lo mismo pasó con la celebración de la romería de la Virgen de la Losa, que se fue perdiendo hasta quedarse en las fiestas de agosto de la Virgen y San Roque.

Esta evolución de las celebraciones de unas y otras fiestas tiene un antecedente en las antiguas fiestas de las diferentes aldeas, que indudablemente cayeron en desuso al deshabitarse, y aunque algunas se transformaron en romerías, acabaron desapareciendo. Y por otro lado fueron surgiendo las fiestas de los nuevos barrios y núcleos, que como es natural van cogiendo cada vez más auge. Así las fiestas de San Rafael que se celebraban tristemente, primero el 24 de octubre, pasaron hace unas décadas al 29 de septiembre, y en la actualidad se ha conseguido que entre la Virgen del Carmen, las nuevas fiestas de julio, la Virgen de las Nieves, San Cayetano y la Feria de Artesanía, S. Rafael este de fiesta de mediados de julio a mediados de agosto. Quedando las celebraciones del 29 de septiembre muy reducidas al ámbito religioso. Otro tanto ha pasado con las Fiestas de San Antonio de la Estación, que acabaron cediendo el protagonismo en las Fiestas de la Virgen del Carmen.

Las celebraciones de las distintas cofradías basadas en los distintos oficios y gremios siguen teniendo su arraigo, aunque los nuevos tiempos y los imperativos laborales van poniendo modificaciones.

En El Espinar las fiestas patronales se han quedado en una semana cultural de poco peso, pero ha surgido la “Fiesta de los Gabarreros”, que intenta desestacionalizar del buen tiempo los festejos de este oficio, homenaje a todos los espinariegos que lo ejercieron a lo largo de los siglos.

Y aunque las fiestas de la Virgen y San Roque cada vez las vemos reducidas más y más, las fiestas del Santísimo Cristo del Caloco siguen gozando de buena salud. Son las fiestas grandes por excelencia, donde se junta lo religioso con lo profano, lo exagerado del pregón con los silencios del Portalón.

De los antiguos bailes alrededor de la luz del tronco ardiendo al son de dulzainas, hemos pasado a las verbenas de orquestas ensordecedoras con luces y focos deslumbrantes, y sobre todo, a lo que en los años 60 llamábamos “picú”, y que hoy está en boga, que es la música pinchada por un dj.

Así, los “Bailes del Teo”, en los Gabarreros y en el Cristo, cada uno con su peculiaridad, se han quedado como homenaje de aquellos bailes de antaño, que tanta vida dieron a nuestros antepasados.
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(*) Historiador.