El cromosoma Y delató al autor del asesinato de la casera de León

Concepción Tuñón, Conchi, apareció asesinada en la tarde noche del 24 de marzo de 2020. Era época de pandemia, con el estado de alarma en plena vigencia que restringía el movimiento de todos los ciudadanos.

De 65 años de edad, Conchi estaba divorciada, tenía dos hijos varones, y mantenía relaciones estables con un hombre de 70 años con el que no convivía. Tenía la vida resuelta: era propietaria del bar Bamby, que ella misma regentaba, y era dueña de un edificio de viviendas en la calle Obispo Almarcha de León, todas ellas alquiladas en la fecha de su muerte.

Esa noche una vecina y empleada de Conchi se alarmó cuando no pudo contactar con ella y vio que la luz de su casa estaba encendida, así que alertó a su hijo mayor, José Manuel, para que acudiera y comprobara qué había pasado. Cuando el hombre abrió la puerta del domicilio de su madre quedó espantado con la escena que se encontró en el dormitorio, que relató así, con la emoción contenida, en el juicio que se está celebrando actualmente en la Audiencia Provincial de León:

“Solo se veían los pies. Me acerqué y la veo en un charco de sangre inmenso. Al ver a mi madre así no daba crédito. La tomé el pulso, la toqué el pecho y no se movía. Tenía los ojos abiertos. Estaba helada. Tenía un agujero en el pómulo y el cuello raro, pero no era capaz de saber lo que pasaba. Todo muy extraño. Como un perro la dejaron ahí”.

A Conchi le habían asestado 52 puñaladas, principalmente en la cara y en el cuello, 19 en vida y 33 cuando ya estaba muerta, según informe de la autopsia. La puerta de la casa no había sido forzada, de manera que Conchi, una mujer cautelosa, abrió la puerta a su asesino porque probablemente lo conocería. Sobre la cama se encontró un sobre que contenía 2.500 euros y en el suelo “olvidado” algún billete de cincuenta. Así pues no parecía tratarse de un robo, además de que el ensañamiento en el crimen revelaba que podría tratarse de algo personal.

LOS SOSPECHOSOS
La investigación sobre el autor de los hechos comenzó, como suele ser habitual, con el círculo más cercano de Conchi. Su pareja que, por lo visto, era bastante celoso y de vez en cuando la vigilaba cuando atendía a los clientes del bar, quedó descartado cuando se visionaron cámaras de seguridad, se cotejaron teléfonos móviles y se comprobaron coartadas. Los hijos, también investigados, quedaron asimismo descartados. El círculo se amplió a los inquilinos del edificio.

Conchi ocupaba ella sola la segunda planta del edificio, y el resto de las viviendas estaban todas alquiladas. Se trataba de rentas bajas y la casera era bastante magnánima con sus inquilinos, llegando incluso en ocasiones a socorrer con alimentos a alguno de ellos en momentos de apuro.

Las dos mujeres solas del 5º, que pagaban renta antigua, el dominicano y el matrimonio marroquí del 4º, la rumana que trabajaba de camarera en el bar de Conchi y el matrimonio español con dos hijos del 3º y, por último, la mujer con un hijo más la familia de gitanos rumanos del 1º, fueron investigados a conciencia. El hombre español del tercero se mostró especialmente colaborador con la policía e incluso le suministró algunas pistas de posibles sospechosos.

No parecía que nadie pudiera quejarse de aquella mujer, de vida plácida y ordenada, autosuficiente y apreciada por vecinos y clientes.

Detención del presunto culpable.
Detención del presunto culpable.

EL CSI ESPAÑOL EN ACCIÓN
Parte fundamental de una investigación por asesinato es la recogida de huellas, muestras y rastros en la escena del crimen. La policía científica se aplicó a fondo pero se encontró con un problema habitual cuando en el escenario del crimen hay un exceso de sangre de la víctima, que al derramarse y esparcirse encubre y “se come” el rastro de ADN ajeno que pudiera servir como prueba a los investigadores.

El interruptor de la luz de la habitación, alguna toalla y una huella en un grifo aportaron pequeños rastros genéticos que no se correspondían con la víctima y por tanto era importante analizar porque podrían pertenecer a su asesino.

Transcurrió cierto tiempo sin avances significativos con la técnica tradicional de búsqueda de un perfil genético cuando a un miembro del laboratorio del Instituto Nacional de Toxicología se le ocurrió aplicar al análisis de las muestras recogidas una técnica compleja que no suele ser la habitual y consiste en la búsqueda del cromosoma Y en células humanas. Como se sabe, el cromosoma Y sólo se halla en los varones y se transmite de padres a hijos, es decir, que las características de ese cromosoma lo comparten únicamente los varones de una misma familia. Bravo, al menos se averiguó que el asesino era un varón. Había que encontrar el núcleo familiar portador de ese cromosoma concreto.

Aquí la investigación se topó nuevamente con otro problema: la policía no puede obligar legalmente a la extracción de su ADN a un sospechoso, aunque el juez instructor, en ciertos casos, sí puede autorizar esa diligencia:

«Siempre que concurran acreditadas razones que lo justifiquen, el Juez de Instrucción podrá acordar, en resolución motivada, la obtención de muestras biológicas del sospechoso que resulten indispensables para la determinación de su perfil de ADN». (“Guía para el uso forense del ADN”, Ministerio de Justicia).

En este caso, los investigados eran muchos y ninguno de ellos tenía, hasta el momento, la calificación de “principal sospechoso”.

Pero, atendiendo a las disposiciones legales, la guía citada prescribe: «La Policía Judicial puede recoger restos genéticos o muestras biológicas abandonadas por el sospechoso sin necesidad de autorización judicial». Lo que se llama “muestra atribuida”. A ello se dedicó con ahínco la policía judicial en los meses siguientes.

VASOS, COLILLAS, MASCARILLAS
Los investigadores fueron siguiendo pacientemente a todos y cada uno de los posibles autores y recogiendo minuciosamente de papeleras, basuras o de barras y suelos de bar todo tipo de objetos desechados susceptibles de contener ADN: latas de refrescos, colillas de cigarrillos, e incluso mascarillas de protección utilizadas por los sospechosos. Vecinos de la víctima, inquilinos, clientes habituales del bar de Conchi, todos varones, fueron objeto de la recogida de muestras para su envío al laboratorio, convenientemente etiquetadas.

De todos los vestigios estudiados, el laboratorio encontró por fin una coincidencia con las muestras halladas en la escena del crimen: el cromosoma Y pertenecía a la familia de Ángel, el vecino, casado, con dos hijos, que ocupaba el piso del tercero derecha del edificio de Obispo Almarcha. Todos los parientes varones de su familia vivían en Valencia y debido al confinamiento se demostró que ninguno se había desplazado a León en las fechas del crimen. Ángel se convertía pues en el sospechoso número uno.

Portal de la calle Obispo Almarcha de León.
Portal de la calle Obispo Almarcha de León.

LA DETENCIÓN
El 15 de febrero de 2022, casi dos años después del asesinato de Conchi, la policía detenía a Ángel, quien, después del crimen, había abandonado su antiguo piso y se había trasladado con su familia a una vivienda cercana.

Ante la contundencia de las pruebas, Ángel terminó confesando y narrando el desarrollo de los hechos.

Conchi le había anunciado previamente que iba a proceder a denunciarlo y a iniciar los trámites de desahucio por falta de pago del alquiler. La noche fatídica llamó a su puerta y discutió con ella. Cuando comprobó que la mujer estaba resuelta a echarlo, tuvo un ataque de furia y sacó del bolsillo una navaja y comenzó a acuchillarla sin descanso hasta que perdió la noción del tiempo. Antes de abandonar la vivienda sustrajo del bolso de Conchi un sobre con 3.000 euros, producto de la recaudación diaria del bar.

Ángel, desde su detención, ha permanecido recluido en el Centro Penitenciario de Villahierro, en Mansilla de las Mulas, León.

Además de él, la policía detuvo también a otra persona acusada de encubrimiento puesto que sabía quien era el responsable del asesinato cuando la policía le interrogó en las primeras fases de la investigación.

EL JUICIO

En estos días se está celebrando el juicio por el asesinato de Conchi en la Audiencia Provincial de León. En la primera sesión Ángel se negó a declarar y se remitió a lo recogido en la instrucción de la causa en que reconoció haber apuñalado a la víctima dos veces y haber perdido después la noción del tiempo.

El fiscal, en su exposición, remarcó que el acusado mató a Conchi “con una brutalidad exagerada e innecesaria” y añadió que cuando lo hizo “tenía todas sus facultades. Supo lo que hizo y quería hacerlo” y señaló que ve ensañamiento en unos hechos por los que solicita 22 años de cárcel por asesinato y 14 meses más por el hurto de 3.000 euros. Además, propone indemnizaciones de 35.000 euros para cada hijo y para la pareja y 3.000 más para los herederos.

Las acusaciones particulares, que representan a los dos hijos y a la pareja de la fallecida, elevan a 30 años la petición de cárcel, 25 por el asesinato, que consideran cometido con alevosía y ensañamiento “con una maldad y frialdad brutales” y para el que reclaman la aplicación de agravantes y cinco años más por el robo del dinero. En casa de la víctima apareció un sobre con más de 2.200 euros, hecho que se interpreta por los abogados como la intención de hacer ver que no se había cometido un robo o hurto.

“Es el ataque más brutal y salvaje que he visto en 35 años de profesión”, le dijo al jurado una de las letradas de la acusación y también incidió en la forma de actuar del acusado, dado que después de lo ocurrido y de haber sido interrogado varias veces por la Policía siguió viviendo ocho meses en el piso alquilado, justo encima del lugar de los hechos. Otra tildó los hechos de “crimen deleznable” del que nunca se habría arrepentido, dado que continuó su vida con normalidad y no se pronunció al respecto hasta que no tuvo conocimiento de las pruebas que apuntaban a su implicación. También recordaron que el agresor se situó a horcajadas sobre la victima durante la mortal agresión.

La abogada defensora del acusado, por su parte, argumentó que su representado “no es un genio criminal, una persona que viva de transgredir la ley. Se ha encontrado en una situación que le ha superado, en un momento dado ha perdido los nervios y ha ocurrido lo que ha ocurrido, pero niega su intención de matar y de robar a la víctima”. Y reiteró sus conclusiones provisionales, que plantean lo ocurrido como un homicidio que asocia a “un momento de enajenación mental” y propone una pena de diez años de prisión y que se aplique un atenuante de arrebato.

El veredicto está en manos del jurado popular que debe deliberar en los próximos días sobre la autoría y el grado de culpabilidad de Ángel en el asesinato u homicidio de Conchi, una mujer que no se merecía ese cruel final.

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