Estado actual de lo que se conserva de la capilla del colegio Divina Pastora.
Estado actual de lo que se conserva de la capilla del colegio Divina Pastora.

El colegio de Niñas Huérfanas Divina Pastora es uno de esos lugares en Cuéllar que, aunque hayan pasado ya muchas generaciones que no lo pisaron por su desaparición, está en el imaginario de los vecinos. Recuerda una de sus alumnas cuellaranas, Almudena Tejero, que el colegio lo fundó Francisco Ovejero en 1757. Donó el inmueble para hacer un colegio de Niñas Huérfanas de la Divina Pastora, como se llamaba entonces, ubicado en la calle Colegio, que le dio nombre por el propio centro, muy cerca de la Plaza Mayor. Hoy en día lo sustituye un controvertido bloque de pisos que ha tenido que reformar el Ayuntamiento para poder sacar a la venta tras casi veinte años, así como una sala cultural que para muchos satisface poco las necesidades de espacio de la villa. Recientemente también alberga un apartado de Oficinas Municipales.

El colegio fue gestionado inicialmente por religiosas Franciscanas, para pasar después a serlo por religiosas de la Divina Pastora. Fue internado para niñas huérfanas durante muchos años. “Una amiga mía llegó al colegio adoptada por una familia de Cuéllar, Merce Linares, y conoció a sor Rosa, sor Magdalena, y muchas más religiosas; desde entonces conservan amistad y lo recogido en la campaña de alimentos de Navidad se manda a Benin, donde se encuentra sor Rosa”. Esto es solo una señal de todo lo que significó este colegio para la vecindad de Cuéllar. Cuenta Almudena que entró en tercero y salió a los 16 años; lo habitual era abandonar el colegio a los 14 años. El centro pasó de ser un internado a un colegio abierto a todos, pero privado: se pagaba una cuota mensual. “En casa era un enorme sacrificio, me lo decían”, explica Almudena respecto al acceso a ese colegio. Muchos niños de la época acudían al comedor, que para las familias más necesitadas y numerosas era gratis. También acogían alumnos becados.

Edificio acristalado que alberga la capilla actualmente.
Edificio acristalado que alberga la capilla actualmente.

Recuerda Almudena el colegio dividido en tres partes: “era un colegio muy grande, de pasillos anchos, puertas antiguas, gordas, que pesaban mucho”. Contaba con una parte donde vivían las monjas, separada. “Los pasillos eran muy espaciosos y terminaban a un lado del patio, el de nuestro recreo; por otro lado se bajaban dos tramos de escaleras y se llegaba al patio de entrada y a la capilla, con cuatro columnas y lleno de plantas, precioso”, explica. La capilla es uno de esos lugares emblemáticos, lo único que se conserva hoy tras una cristalera, como se observa en las fotografías. “La recuerdo con la madera brillante, oliendo siempre a limpio y decorada con flores; a la derecha estaba la sacristía. En la capilla hacíamos las celebraciones religiosas, de vez en cuando misa, y los ejercicios espirituales”, recuerda Almudena. Otra parte del colegio iba desde el patio del recreo a las clases: “subíamos cuatro o cinco escaleras y allí estaba la madre Begoña, con los niños de 4 y 5 años, que a esa edad sí que se admitían”.

Placa conmemorativa resultado de la recogida de firmas.
Placa conmemorativa resultado de la recogida de firmas.

De todos los recuerdos que quedan de este colegio en la memoria de alumnas como Almudena, los más valiosos son los de sus profesoras, las monjas. “Me acuerdo de la madre Manuela: era alta y muy exigente, y tocaba el piano de maravilla; parece que estoy viendo sus dedos larguísimos”. La recuerda en la famosa “sala”, que daba a la calle Colegio y era donde se ubicaba el piano; “siempre se oía a lo lejos”. La “sala” también era el lugar de reunión para las religiosas y para los castigados; “allí estaba la madre Manuela, que era muy recta”. Almudena recuerda también a la madre Albina, que era profesora de los niños un poco más mayores. “Al final del pasillo y bajando una escalera estaba nuestra clase, la de mayores, con la madre Teresa; ¡cómo la queríamos! Menuda lloradera me cogí cuando se fue”, indica Tejero con una sonrisa.

Eran muchas las materias que se impartían en el colegio Divina Pastora. Dos días a la semana, Almudena y sus compañeras recibían clases de labor: “bordábamos mantelerías y a la vez decíamos piropos a la Virgen”, comenta. Se acuerda de cómo confeccionaban jerséis o polainas para “muñecos de arcilla negritos que nos mandaban para poner en la tómbola para el Domund; también íbamos dejando sobres pequeños naranjas con la palabra Domund para que depositaran dinero y luego íbamos a recogerlo”. Recuerda las famosas historias de las huchas para el Domund, para recaudar dinero y mandarlo a las misiones. Además de labor se les impartían clases de buenos modales y de urbanidad. Y por supuesto, no faltaban las “comedias”, esos teatrillos que se han quedado en la memoria de tantos alumnos. Se hacían en el edificio de “Acción Católica”, así se llamaba. “Ahí ensáyabamos las comedias muy frecuentemente, aunque se utilizaba también para otras actividades. Otras veces hacíamos teatro en el cine. En una ocasión yo era la protagonista, dueña de un hotel, y tenía una criada muy de pueblo: hablaba por teléfono hablándole al propio teléfono sin coger al auricular: gustó mucho y la repetimos”, relata. Entre las imágenes de la memoria, está el patio; no era muy grande ,con un solo árbol que daba sombra y dos canastas que les servían para jugar al baloncesto. “Jugábamos también a la gallinita ciega: las monjas se ponían un pañuelo en los ojos y corrían detrás de nosotros”, relata.

Salida al paraje de El Henar, una de las muchas excursiones que hacían desde el colegio Divina Pastora. J. C. Llorente.
Salida al paraje de El Henar, una de las muchas excursiones que hacían desde el colegio Divina Pastora. J. C. Llorente.

Entre todas las asignaturas y lo que se impartía en las clases de Divina Pastora también había salidas y excursiones, y las alumnas se podían quedar en otros colegios de la misma orden. “Yo puedo decir que con 14 años vi el mar por primera vez en Gijón gracias a una excursión, y nos quedamos en un colegio de niñas de Divina Pastora de Llanes”, cuenta. “Tengo muy buenos recuerdos de las excursiones: las monjas eran muy divertidas, cantaban canciones todo el rato y jugaban mucho con nosotras”. Cuando Tejero dejó el colegio, a los 16 años, realizó un curso de taquigrafía. Se impartían en el Divina Pastora cursos tanto de taquigrafía como de mecanografía, y se examinaban en Madrid.

Divina Pastora era un colegio privado y las niñas llevaban uniforme: “un pichi gris marengo y camisa blanca, con chaqueta gris”, recuerda. A las procesiones del Corpus Cristi tenían que ir con el mencionado uniforme y portar unos estandartes del colegio. Eran banderas, había tres como la que se aprecia en una de las fotografías, y se sorteaba quién las llevaría. Además, los alumnos que habían sacado buenas notas o por buen comportamiento, llevaban unas bandas identificativas. Los niños se posicionaban detrás de todas las niñas que habían recibido su Primera Comunión ese año y, en fila, realizaban el largo recorrido de la procesión de esa época: calle Santa Marina, calle Segovia, volvían a la Plaza de Los Coches, Las Parras, Santa Cruz y hasta la Plaza Mayor”, cuenta Almudena, que destaca el calor propio de esas fechas en una procesión “ a la que acudía muchísima gente” y que amenizaba la música. En general, entre tantas imágenes, Almudena reconoce que tiene “muy buenos recuerdos del colegio y mucho agradecimiento a las monjas que con el tiempo, se marcharon de ahí”.

Clase de Almudena Tejero en el colegio. J. C. LL.
Clase de Almudena Tejero en el colegio. J. C. LL.

Pero como tantas cosas, el colegio cerró por problemas econólmicos -falta de financiación- y por falta de niños en el último tercio del siglo XX. Claro que una cosa es que permaneciera cerrado y otra los planes de futuro para con él. Antes de su deterioro, parte de sus instalaciones acogieron una guardería municipal. Poco a poco se fue deteriorando hasta caer en ruinas. Queda en la retina de los más jóvenes la capilla tapada con una lona, parte edificada en un espacio en el que poco iba quedando del colegio por no cuidarlo. “Cuando nos enteramos de que iban a hacer pisos, a las alumnas que pasamos por allí nos entristeció mucho”, explica Almudena. Habla con nostalgia cuando explica que el patio, con sus columnas, podía haberse conservado para algun fin, un edificio administrativo, por ejemplo. Pero hay un recuerdo especial para la capilla “con lo bonita que era… qué pena verlo casi todo perdido; es triste, y ojalá pudiera recuperarse completa, porque este colegio no tenía que haber desaparecido”. Para colmo, explica Almudena, se construyó la sala cultural en lo que fue el patio con las columnas; “y le pusieron el nombre de Alfonsa de la Torre, cosa que a muchas antiguas alumnas les sentó fatal. Llegaron a recoger firmas, entre ellas la mía, para que una placa mencionara a Francisco Ovejero, fundador del colegio”, comenta Tejero.

Actualmente, tras los bloques de viviendas de Niñas Huérfanas, cuyos pisos van teniendo inquilinos poco a poco, se encuentra la capilla con el altar mayor, en un edificio acristalado. Alrededor se dispone un patio ajardinado que ha sido escenario de algunos conciertos en los pasados veranos, pero es una parte muy pequeña de lo que el colegio significó para tantas niñas de Cuéllar. “Ojalá hubiera una capilla más grande, no tan poca cosa, con lo que fue el colegio”, reclama Almudena. Las decisiones políticas, administrativas e inmobiliarias de hace un par de décadas destruyeron muchos recuerdos, para dar paso a nuevos, pero con la controversia que ello ha generado. En cualquier caso, en la memoria de Almudena y otros tantos alumnos, el colegio Divina Pastora supuso un lugar en el que crecer y forjar los recuerdos de la infancia y la juventud, y esos son tan personales como indestructibles.