Murieron con las botas puestas.
Murieron con las botas puestas.

Mi madre aparece de repente y mira el libro que ando hojeando, el “Diccionario informal de películas” de Manolo Marinero. Si voy algo perdido consulto a Marinero porque no sé de nadie que sepa más de . El tipo vió todo, leyó todo, escribió poemas, cuentos, novela, críticas, diccionarios de cine, filmó, actuó… Es un enigma como pudo hacerlo todo. Está claro que padecía de insomnio.

Mi madre observa como leo, ríe y me dice: “Eso es lo que te interesa a ti, hijo… … ¡a escribir!”.

Mi madre es genial. Le hago caso y cierro los ojos y saco de la caja el microscopio nostalgia para observarme a mí mismo. ¡Vamos, eres capaz de volver a escribir! -me digo. Deseo reencontrarme con un recuerdo: iba vagando por la calle, pienso que leyendo algún libro, distraído, ausente. Creo recordar que leía “La hipótesis del cine” del estudioso Alain Bergala, un buen libro que llevaba tiempo persiguiendo y había aparecido por fin.

Un tropiezo y caí como un fardo en el pavimento. Mi torpeza, ensimismado. En el suelo de la calle me di cuenta rápidamente que mis gafas estaban rotas por el puente, sin posible arreglo. ¿Qué mal paso había dado? Miré el suelo, a ver si había algún adoquín en mal estado, o algún plástico o fruta, pero no encontré nada. Un resbalón y caemos al agujero. Un joven estudiante cargado de carpetas y libros se acercó veloz para ayudarme y preguntarme si me había hecho daño. Afortunadamente, además de las gafas rotas sólo tenía algunos rasguños en las manos y las rodillas. Lo que sí tenía era mucho desconcierto. Le dí las gracias y me levanté. Pronto me dí cuenta de que sin gafas iba perdido, cegato.

Así que aligeré el paso camino de casa para recoger unas gafas viejas de menor graduación y así salvar la situación. La óptica caía por calles por las que raramente voy. Quiso el azar que tuve que cambiar mi camino y en estas peripecias me encontré con Luis Ortiz, antiguo compañero de bachillerato.

Luis es más alto que yo y tenía un aspecto formidable, sanote. Parecíamos padre e hijo, salvo por el hecho de que yo era un tipo gordo y pequeñote que poco tenía que ver con su fortaleza. Luis, al que posiblemente no había visto desde nuestro tiempo en la misma clase de bachiller, había estudiado Derecho y posteriormente ganado una oposición. También había escrito alguna novela, aunque eso lo averigüé más tarde.

Él había sido delegado de clase cuando éramos unos chavales entusiastas por la vida y creo que todos los compañeros le admirábamos. Hablaba de tú a tú con los profesores a pesar de su juventud; era serio, buen estudiante, buen deportista y se veía que era una flecha que va directa al blanco. Yo creo que él no sólo era estudiante, sino que de alguna manera era también un maestro. Los compañeros sólo teníamos que fijarnos en él y copiar.

Yo no copié nada. Fui un tipo perdido desde el principio, sin rumbo ni entendimiento de la situación, de la vida. Tenía mi pajarería en la cabeza, otro soñador más, sin tener los pies en el suelo. Pero al instante, al vernos, se despertó ese afecto entre compañeros.

Hace tiempo de aquel encuentro y luego he visto a Ortiz puntualmente porque él vive en otra ciudad y sólo vuelve a casa de sus padres de visita. No sé mucho de su vida, realmente, y cuando tomamos café siempre estamos hablando de cine y de algún libro. Él tampoco sabe mucho de mi vida, de mi taller naufragio. No sé por qué no hablamos de otras cosas, o de la familia. Hará año y pico que no le veo.

El día de las gafas rotas, el día en que nos encontramos, apenas nos detuvimos en la calle unos pocos minutos, aunque él parecía no tener prisa. Quedamos en vernos un par de días después y tomar café. Pero antes de despedirnos, me hizo una pregunta que me sorprendió. Me preguntó cuál era mi película favorita.

El mundo sigue.
El mundo sigue.

No supe que contestarle y se fue sonriente…

-¡Hablamos, hombre!

El día que nos citamos para el café parloteé mucho y sorprendentemente él estaba la mayor parte del tiempo escuchándome en silencio. Le hablé de mis derivas, de mis libritos de música pop rock y del libro de Adolfo Aristarain, al que yo había dedicado años. Compartíamos el gusto por “Un lugar en el mundo”, la película que ví con veinte años y que me demostró que era posible hacer cine sin grandes presupuestos, entre compañeros, en cooperativa. Otro modo de ver el cine. Me dijo que compraría el libro de Aristarain y le hablé tambien de Manolo Marinero, esa figura fantasma que parecía saberlo todo de cine y tras la que yo me hallaba obsesionado. Cuanto más le investigaba, más parecía encontrarme en una aventura.

Ahora me viene a la cabeza la pregunta de Luis: ¿Cuál es tu película favorita?

De niño recuerdo cada película como mi película favorita. En una sobremesa era “Murieron con las botas puestas”, con aquel final inolvidable. Errol Flynn era cine. También favorita era “Un día en las carreras”. ¡Cómo me gustaban los Marx! Ahora hace años que no veo una película suya.

Con los ojos bien abiertos eran películas favoritas “La patrulla perdida” o “Huracán sobre la isla” o “Fort Apache”, todas de John Ford. Creo que ese nombre, John Ford, fue una promesa de una película, era ver “La diligencia”, “Centauros del desierto” o “El sargento negro” o “Misión de audaces” y ver el “director JOHN FORD”. En su nombre había una promesa. Para mí su nombre iba siempre con mayúsculas. Yo quería más del tal John Ford.

El ejercito de las sombras.
El ejercito de las sombras.

Son huellas que van siendo borradas por el tiempo, pero que todavía puedo escribir aquí y rescatarlas del oscuro absoluto. Inventar esto. La escritura sigue ahí, poderosa, como nos dice Juan Marsé: “Lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más probabilidades de pervivencia frente al olvido”.

Me gusta eso: pervivencia frente al olvido. Mi película favorita son todos los Tarzán de Johnny Weissmuller. Así las sentía. Por supuesto no las he vuelto a ver. Por ahí andarán.

Esto de la escritura es también buscar un verso, un diálogo, una actriz o un actor… Todo se esfuma. Humo. El empeño es que no sea así. Así que en mi rincón, en mi biblioteca, establezco una pequeña conexión con amigos, un saludo en medio de la rutina, siguiendo el mandamiento de Kavafis: “Sombra y noche es el silencio,/ día de luz la palabra”.

Por la calle hay música de acordeón, vaga, dulce, sentimental. Y me llegan las contestaciones de amigos. Gregorio no sabe decirme una favorita. Yo tampoco sé decirla, Gregorio.

Maribel escoge “La noche del cazador”. Y Carlos Gracia me dice que su película favorita fue, es y será “Historias de Filadelfia”. Huésped permanente.

Rubén me habla de “¡Jo, que noche!” de Scorsese y Pepe Cantos de “La cosa”, pero me da más titulos. Eso me interesa, aquellos otros que no saben decidir, como Vivas Plá, que escoge el extraño trío “La guerra de las galaxias” – “Cantando bajo la lluvia” y “Con faldas y a lo loco”. Jiménez, proyeccionista, es Jiménez Fundamental: “2001”, el gran misterio de Kubrick y Arthur C. Clarke. Esa película es el interrogante, el más allá. Oscar Cubel, otro proyeccionista: “El nombre de la rosa”, otro gran misterio pero en una abadía. Sean Connery y Christian Slater, formidables. Elena elige “Titanic” pero se muerde la lengua porque tiene igual de cerca “Memorias de África”, película que he aprendido a valorar gracias a ella: Sydney Pollack, John Barry, Robert Redford, Meryl Streep. Y Alex, gran acomodador del gran cine, escoge “Invictus”. Es absolutamente comprensible estar unido a aquellos jugadores de rugby. Emocionante.

Fort Apache.
Fort Apache.

Y mientras ellos me contestan, me veo en la obligación de contestar de nuevo a Luis.

Lo siento Luis. En 1984 tenía doce años y mis películas favoritas eran “Superman” y después “El imperio contraataca” en el cine matinal de colegio religioso. “Karate Kid” y luego posiblemente “Blade runner”. O antes, no lo sé. Vaya avalancha. En 1989 yo tenía diecisiete años y mi favorita era “El club de los poetas muertos”. Esta es de las de “lo sigue siendo”. Y favorita “Los sueños” de Akira Kurosawa. ¡Aquellos colores!

Hay escombros, como siempre, los de mis viejos cines. Unas líneas más, unas líneas más aquí para el “día de luz, la palabra”. Levanto otro cine, reúno arcilla, ladrillos para preparar la fachada.

Estoy en el Cine del Clavo Ardiendo. Y en él son muy importantes las películas favoritas, las mías, y las de otros, para recordarlas, para tenerlas en cuenta, para levantar esa fachada o fijar las butacas, o desplegar las pantallas, como aquella que Gregorio me enseñó, la de un cine segoviano con una única butaca, quizá llena de polvo. Si por la noche me asalta el insomnio, o el desánimo profundo, si a la mañana estoy aplastado, pensaré en este Cine del Clavo, buscaré palabras, una palabra, para seguir escribiendo, para dar la vuelta a ese desánimo y creer que todavía puedo ser una mejor versión de mí mismo.

El Cine Clavo de una butaca es más de dos butacas, curiosidad por nuevos cines y nostalgia de los viejos. Incluye una pequeña biblioteca, siempre con los libros de Manolo Marinero cerca. Es el mascarón de proa. Y hay pequeñas interrupciones en las proyecciones y hay medicación y manta. Hay almendras, dulces, carajillos.

Divago y me voy de antiguas películas a otras recientes. Intento apuntarlas a lápiz para luego recordarlas. Algunas en minúscula, otras en mayúscula, otras encuadradas.

En mayúsculas, subrayadas, “La vieja música”, “Plácido” y “El mundo sigue”. Además de subrayada, encuadrada está “Los santos inocentes”, mi favorita, nuestra mejor película y sigo pensando de las mejores de la historia del cine que conozco.

En esto del cine soy polígamo. Encuadrado Jean Pierre Melville y “El ejército de las sombras”. Una película deslumbrante. La descubrí gracias a Carlos Gracia. Gracias de nuevo.

Plácido.
Plácido.

Hay más escombro por aquí junto al Cine del Clavo Ardiendo. Pico y pala. Hay mucha arcilla necesaria para mi cine covacha. Mi película favorita es “Las tortugas también vuelan”. La ví con una compañera del cine y ella abandonó la proyección a los veinte minutos. Yo quería saber más de aquel cineasta, Bahman Ghobadi. Su película “Media luna” también fue mi favorita. Y mi película favorita es “La mujer del chatarrero” de Tanovic, para saber lo que es realmente la Europa escombro.

Bajo corriendo las escaleras del cine que comunican la cabina de proyección con la primera planta en la que están las salas. Quiero ver muchas veces la introducción de “Lugares comunes” y “Roma”. Vuelve Adolfo Aristarain al rescate de mis películas favoritas.

Kubrick es emoción en la vibrante “Espartaco”. Hay cena con mi gran tío Baldomero, el de los gin tonics y el seat 1500, pero estoy deseando que termine porque sé que puedo todavía ver la parte final de la película. Mi favorita. Y muchos años después elijo “Eyes wide shut” como mi película favorita.

Luis insiste: ¿¿Pero cuál es tu película favorita?? Mi película favorita es “Kes”, de Ken Loach. Trata de un niño que entrena a un pequeño halcón.

Mi película favorita es “Antes de amanecer” de Linklater, “Los olvidados” de Buñuel y “Rojo” de Kieslowski, “Master and Commander” de Weir, “Flamenco Flamenco” y “Taxi” de Saura. “El pianista” de Polanski y “Horas de luz” de Matji y “La mirada de Ulises” de Angelopoulos. No diré cual creo que es la mejor. ¡Qué sabré yo!

En fin, Luis, que tras este folletín por fin te digo que mi película favorita es “Retrato de una dama”, la aventura de Isabel Archer por conseguir su independencia. Escojo esta antes de hacer un abracadabra al sinsentido, lector… porque no terminaría nunca… “Breve encuentro” o “Rocky”. “Casablanca” o “Mi encuentro con Marylou”. “El fantasma y la señora Muir” o “El hombre tranquilo”. “En el nombre del padre” o la “Anna Karenina” de Vivien Leigh.

Me despido con Kavafis, con “La ciudad”: “Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire/ oscuras ruinas de mi vida veo aquí,/ donde tantos años pasé y destruí y perdí.”.