Portada del Palacio.
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El prestigio que, por lo general, la opinión histórica ha atribuido a la monarquía de Felipe II suele estar relacionado con la imagen de eficacia ofrecida por su administración. Su fundamento residía en su capital humano, formado por los letrados, que supieron trasladar las enseñanzas adquiridas en las aulas universitarias al ejercicio judicial y administrativo, habilidad cotidiana y personal bajo la que latía la construcción de la propia monarquía y que dio lugar a una auténtica Edad de Oro de los letrados. Su punto culminante llegó de la mano del personaje que hoy nos ocupa, Diego de Espinosa, quien alcanzó la cumbre política y administrativa representada por los cargos y dignidades que disfrutó: presidente del Consejo Real (1565-1572), Inquisidor General (1566-1572), y Cardenal, sucesivamente, de San Bartolomé in Insula y San Esteban in Monte Celio, en 1568.

Primeros jalones: Salamanca, Sigüenza, Sevilla y Navarra

Nacido de un matrimonio hidalgo en 1512 en Martín Muñoz de las Posadas, iniciada ya la década de 1540 comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Salamanca mientras intentaba ingresar en el Colegio Mayor de San Bartolomé, aunque finalmente fue admitido en el de Cuenca. Culminados sus estudios en 1547 se puso al servicio de Hernando Niño, obispo de Sigüenza, quien le nombró provisor de su diócesis por mediación de Francisco de Montalvo, pariente de Espinosa nacido asimismo en Martín Muñoz, que pertenecía al Consejo Real (cfr. ‘El licenciado Francisco de Montalvo en la Corte del Emperador’, colaboración anterior en El Adelantado). La temprana muerte de su protector le obligó a retornar a su lugar de origen, que sólo abandonó en 1553 llamado por el Doctor Hernán Pérez de la Fuente para ocupar plaza de oidor en la audiencia de Sevilla, que había sometido a reforma.

Su permanencia en la ciudad hispalense fue decisiva para su futuro, dado que en ella entabló las relaciones que a la postre tuvieron mayor repercusión en la evolución administrativa de la Monarquía. Cultivó la amistad de personajes caracterizados por su intransigencia religiosa como el Licenciado Vázquez de Alderete y sus servidores Juan de Ovando y el joven Mateo Vázquez –quien terminaría siendo su secretario-, o Gaspar Cervantes de Gaete, provisor del arzobispado.

En 1556 pasó a regente del Consejo de Navarra, cargo en el que empezó a colaborar en la implantación de la ortodoxia religiosa e ideológica de la Monarquía, vigilando el cumplimiento de la prohibición a sus naturales de estudiar fuera de sus reinos, y entabló nuevas amistades que posteriormente abastecerían su clientela. Trató especialmente al oidor Miguel Ruiz de Otalora, sobrino del consejero de Castilla y camarista Lope de Otalora, hasta el punto de que debió a este su promoción al Consejo de Indias en 1569. Pero el contacto más relevante que Espinosa tendió entonces fue con la Compañía de Jesús, cuyo general Francisco de Borja lo recomendó vivamente a Felipe II para valerse de él en altos cometidos: “El licenciado Espinosa regente de Navarra, es limpio, fue colegial de Cuenca en Salamanca, y provisor del patriarca, y después juez de grados en Sevilla, y ahora es regente de Navarra, persona de muchas letras, virtud y prudencia”.

La construcción del confesionalismo desde el Consejo Real y la Suprema

La intervención del general de la Compañía tuvo resultado, pues el 1 de mayo de 1562 era nombrado para el Consejo Real. En este organismo, su eficacia en el despacho judicial y la asistencia prestada al presidente Rodríguez de Figueroa en la recepción jurídica de los cánones del Concilio de Trento, contribuyeron a su ascenso a la presidencia del Consejo cuando se decidió usar estos cánones como instrumentos de articulación de la Monarquía. De este modo, la reforma católica se convertía en instrumento para fortalecer simultáneamente el poder temporal, tendencia que se fundamentó, como veremos en una próxima contribución, en la actuación del obispo de Segovia Diego de Covarrubias en las sesiones conciliares.

Tras añadir en 1564 a su plaza en el Consejo Real la de consejero de la Suprema, su promoción en agosto de 1565 a la presidencia del Consejo Real (que según algunos autores se produjo por influencia de Juan Rodríguez de Figueroa en su lecho de muerte) causó notable desconcierto y sorpresa, y aún hoy existe desacuerdo entre los historiadores sobre las circunstancias que la impulsaron. La aclaración de este punto quizá se pueda deducir del mucho agrado con el que la Compañía de Jesús acogió su nombramiento, según testimonió carta del P. Luis de Santander a Francisco de Borja.

En cualquier caso, en opinión de Martínez Millán, el motivo profundo de su ascenso, coronado con su nombramiento como Inquisidor General en 1566, fue la determinación mostrada por el rey en vertebrar la administración y la sociedad de sus reinos a través de la reforma católica acordada en Trento. Espinosa plasmó esta subordinación de la religión al interés político en una práctica confesionalizadora, común por lo demás al conjunto de los poderes temporales de entonces, al margen de su credo. Consistió en la reforma de las Órdenes Religiosas, la ejecución de los cánones conciliares y la definición de una ortodoxia religiosa y una disciplina social vigiladas por la Suprema, el Consejo Real y distintas Juntas particulares. Como se aprecia, los caracteres de dogmatismo e intolerancia que la opinión general atribuye al reinado de Felipe II, no sin proyectar categorías actuales hacia el pasado, pero abonados por las prácticas públicas de la época (disciplinamiento social, autos de fe, censura de publicaciones) arraigaban en tal contexto político.

La profunda implicación del Consejo Real en esta política y la consolidación de Espinosa como gran patrón cortesano indujeron una tendencia de afirmación jurisdiccional del organismo. La eficacia del Consejo en el despacho en tiempo de Espinosa fue en adelante referencia. Pero al mismo tiempo se dio una gran independencia en el trámite de los asuntos en perjuicio del propio rey, práctica que entraba en abierta contradicción con uno de los fundamentos doctrinales de la propia Monarquía, la consideración de la persona real y su Consejo como una unidad, derivada de su presencia en el ámbito palaciego restringido. Tales circunstancias terminaron sumándose a los resultados de la rígida imposición de la política confesionalizadora por parte del Cardenal -fundamentalmente la sublevación de las Alpujarras y la tensión con la Sede Apostólica- y al disgusto nobiliario con el dominio letrado para contribuir a la caída en desgracia de Espinosa, que no llegó a culminar en un alejamiento de la Corte solo por su fallecimiento el 5 septiembre de 1572.

Las instrucciones entregadas por Felipe II a su sucesor Diego de Covarrubias para orientar su actuación en el cargo denunciaron los aspectos desatendidos en el Consejo durante la presidencia de Espinosa, al encarecer la atención a las atribuciones gubernativas, la limitación de la arbitrariedad en la provisión de plazas judiciales y el despacho según el estilo, es decir, la práctica legal. De hecho, el rey había iniciado este documento afirmando: “… yo entendí, acertaua en encomendar muchas cosas al cardenal Espinosa de las que tocauan a este oficio; la experiencia ha mostrado no convenir, ni me parece que se puede llevar adelante,…”. Razones que mostraban el recelo de Felipe II ante la extendida fama de Espinosa como dominador de su voluntad, tras siete años de monopolio en la dirección de la Monarquía. Una prueba en este sentido se apreció en “Los versos que hizo el sor. Diego Gracián a los Retratos de Príncipes que tenía en su obrador Alonso Sánchez, pinctor de Su Mat. en latín y romance”, contenidos en un manuscrito de la Biblioteca Nacional. Los dedicados al cardenal Espinosa comenzaban como era usual en este tipo de escritos alabando su figura, y continuaban: “Y la misma voluntad del Rey cuelga de la vuestra…”. Mientras el prior de El Escorial se refería a él a los pocos días de su muerte como “casi monarcha del mundo”. La rectificación del proceso confesionalizador correspondería a otro importante letrado vinculado con Segovia, Diego de Covarrubias.

Alabanza de aldea

De haberse consumado, el retiro de Espinosa hubiera sido en el imponente Palacio que erigió en su Martín Muñoz natal, cuya construcción se solapó casi milimétricamente con el periodo de su presidencia, y en el que estuvieron implicados arquitectos y tracistas de la talla de Gaspar de Vega o Francisco de Salamanca. De este hecho se deriva un evidente aire de familia con las construcciones impulsadas entonces por Felipe II (Valsaín, El Escorial), del que, además, cabe sacar conclusiones de mayor calado. Me refiero a la fundamentación de la monarquía patrimonial moderna, en España como en otros reinos europeos, en una red de apoyo mutuo de orden familiar, que entrelazaba los diferentes estratos sociales. La unidad de reproducción doméstica no era exclusiva de la persona real, sino que se extendía por los diferentes grupos sociales y se convertía en auténtica unidad general de reproducción social. De manera que los miembros de la administración real disponían de sus propios núcleos de promoción oeconómica (oeconomía era la ciencia del gobierno de la casa) representados por una Casa física con su familia, servicio y clientela, de mayor entidad y valor arquitectónico y artístico a mejor posición en aquella. Tal fue el caso del gran patrón cortesano Diego de Espinosa, cuyo dominio en la Corte tuvo traducción constructiva en el Palacio de Martín Muñoz de las Posadas. Las posibilidades materiales que tal encumbramiento le ofrecía se apreciaron, también, en la imponente capilla funeraria que mandó erigir en la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de la villa, con estatua orante de su persona de mano de Pompeo Leoni, ante un gran libro que cabe imaginar fuesen las Sagradas Escrituras. Toda una condensación artística de una vida consagrada a la política de confesionalización.

Solo cabe desear desde estas páginas que este tesoro cultural sea también, hoy en día, polo de promoción socio-económica, fundada en la restauración y recuperación del Palacio, y en la labor de Ayuntamiento, Diputación y Asociación local de Amigos del Patrimonio. Débora Serrano García sitúa metodológicamente la Tesis Doctoral que dedica al templo de la Asunción en una concepción amplia, omnicomprensiva y multidisciplinar de Patrimonio Histórico y Arquitectónico, que articula campos de conocimiento hasta hoy dispersos e inconexos. Esta convergencia origina un modo de conocimiento integrado y flexible, útil para aproximarse al pasado, pero también para la futura gestión monumental. De ese extenso campo forma parte el conocimiento de la trayectoria del responsable de tan valioso conjunto edificatorio, al que nos hemos acercado, puesto que fue su fundamento material.

(El autor agradece al voluntariado de la Fundación Siglo y al personal del Ayuntamiento de Martín Muñoz de las Posadas las facilidades ofrecidas para visitar la Iglesia de la Asunción y el Palacio Espinosa, respectivamante).


Ignacio Ezquerra Revilla: investigador (IULCE-UAM/CEDIS-UNL).