Trozos de revistas olvidadas, pasajes de libros que pasaron sin pena ni gloria por los estantes de las librerías, hilos, botones, ceras… Todo ello desparramado por las mesas de una de las aulas de la Biblioteca Pública de Segovia. A su alrededor, vecinos de la zona, jóvenes y mayores, juegan con los restos de esa cultura escrita y fotografiada. Arrancan páginas, las doblan, rebuscan en las publicaciones, desgajan fotos y, al final, lo fusionan todo para componer sus propias obras.

En el taller improvisado que Amalfy Fuenmayor, organizadora de ‘Descatalogados’ ha comandado estos dos días en el edificio, no hay lugar para el desánimo. Los alumnos muestran un entusiasmo contagioso y comparten tanto ideas como vivencias, animados por Fuenmayor, que ayuda a que esa materia prima se plasme en las piezas.

En el momento en el que uno accede a la habitación, le entran ganas de remangarse y hundir las manos en ese montón de ‘carroña’ narrativa y visual. Tal vez el término pueda sonar mal, pero, como es sabido, los ecosistemas no prosperan si alguien no procesa la materia muerta, si alguien no se encarga de darle una nueva vida.

En el aula, los participantes revitalizan los retazos de las publicaciones olvidadas, reciclando sus líneas e imágenes y dándoles un nuevo uso como verdaderas obras de arte. Lo más importante para que este ejercicio de creatividad llegue a buen puerto es dejar volar la imaginación. Como argumenta la misma Fuenmayor “solo hay que entrenarla para que salga”.

Una pequeña muestra

Antes de comenzar con el taller, la artista, natural de Venezuela, enseñó una pequeña muestra de toda su obra. La exposición, radicada también en la Biblioteca, se compone, esencialmente, del mismo tipo de obras que los asistentes al taller tratarían de producir más tarde. Fuenmayor les mostró algunas de las más relevantes, explicando a cada paso los motivos y características de cada pieza y respondiendo amablemente a todas las preguntas del grupo.

Obviando que las piezas de la artista demostraban una gran experiencia y maestría a la hora de manipular la materia prima, las piezas servían también para demostrar a los asistentes que la reinterpretación de los libros y su empleo constituya una técnica artística por derecho propio. Y que, más tarde, ellos mismo podrían adoptar el protagonismo y tratar de aplicar el procedimiento.

Una de las paradas de la pequeña visita guiada fue un escaparate donde Fuenmayor exponía algunos libros manipulados enteramente. La artista explicó que, cuando se haya en busca de nuevos volúmenes para manipular, muchos son los elementos que le llevan a recoger un libro u otro. Por ejemplo, uno de sus trabajos más recientes, una obra compuesta sobre un antiguo tomo, nació de una fijación por el título de la historia: ‘Los diablos’. A partir de ella, construye una relación entre este sencillo sintagma, una máscara diabólica que adquirió durante su estancia en Japón y unos procesadores arrancados del interior de un dispositivo electrónico.

Precisamente la fusión de elementos analógicos y digitales constituye otra de las características más relevantes de la artista, que se afana en bucear en las entrañas tanto de libros o revistas como de ordenadores o teléfonos para pescar elementos útiles para su obra. En particular, le interesa especialmente desenterrar los órganos de unas herramientas, las electrónicas, que muchas veces son más controladoras que controladas.

No es esa la única expresión de protesta de la obra de Fuenmayor. El hecho de restituir el valor de objetos olvidados y tachados de inservibles va en consonancia con su denuncia del trato que reciben las mujeres latinoamericanas una vez alcanzan los cuarenta años. Como los libros, “somos descatalogadas” cuenta la artista.