Una tenada en Moral de Hornuez. Fernando Vela.
Una tenada en Moral de Hornuez. Fernando Vela.

A finales del año 2018, en la decimotercera reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que se celebró en PortLouis, la capital de la República de Mauricio, se aprobó la inscripción de los ‘conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca’ en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), el registro que recoge las expresiones que mejor ilustran la diversidad del llamado Patrimonio Cultural Inmaterial, aquellas que contribuyen a construir una mayor conciencia social de su importancia como legado compartido de toda la Humanidad.

La propuesta de inclusión había sido presentada por ocho estados miembros de la UNESCO (la Confederación Helvética, Croacia, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Eslovenia y España) y recogía distintos aspectos relativos a los valores de esta técnica de construcción ancestral, cuyo empleo se remonta a la Prehistoria, que permite levantar muros de piedra ‘a hueso’, sin mortero ni argamasa, salvo tierra seca en algún caso. Se destacaba en la candidatura la propia dimensión tecnológica de esta forma de construir, resaltando que la selección y colocación del material resulta crucial para garantizar la estabilidad de las estructuras edificadas, pero se señalaba, además, su importancia determinante en la propia configuración y explotación de los territorios en los que se utiliza y su relación con las formas de vida que los caracterizan.

Y es que las construcciones de ‘piedra seca’ (dry stone en inglés; pierre sèche en francés; pietra a secco en italiano) han contribuido a dar formaa algunos de nuestros paisajes rurales de mayor belleza, empleándose desde tiempo inmemorial para prevenir deslizamientos de tierra y avalanchas, y también para combatir la erosión y la desertificación, favoreciendo la retención del agua y la conservación de la biodiversidad, facilitando así el desarrollo de la agricultura y de la ganadería. Quizá por ello resulta tan frecuente encontrar construcciones de ‘piedra seca’ en multitud de paisajes agrícolas y pastoriles de muchas partes del mundo: muros de terrazas y bancales, casetas, bombos, eras de trilla, cercados, lindes, mojones, refugios de pastor, corrales, rediles, apriscos, parideras, tenadas y chozos, por citar sólo algunos de los términos que empleamos en español para identificar los tipos arquitectónicos más importantes.

El ‘arte de la construcción de la piedra seca’: un valioso patrimonio que debe conocerse y conservarse

Una buena parte de los oficios tradicionales que se desarrollaban en el mundo rural estaban estrechamente relacionados con las actividades agrícolas, ganaderas y silvo-pastoriles. Estos oficios ‘de la tradición’ nos muestran las posibilidades de uso de todos los recursos que podía ofrecer el propio medio natural así como de los conocimientos que hacían posible ese aprovechamiento. Estos oficios formaban parte de las costumbres heredadas de las propias comunidades rurales y vertebraban la vida cotidiana en todas sus facetas. Los conocimientos relativos a la arquitectura y la construcción popular constituyen, en este sentido, un campo de estudio especialmente relevante de la disciplina etnográfica.

Los conocimientos relacionados con las técnicas del ‘arte de la piedra seca’ se han transmitido de generación en generación mediante una aplicación práctica ajustada a las condiciones particulares de cada lugar. En el complejo universo de la arquitectura tradicional, estas construcciones, como las propias manifestaciones culturales inmateriales que les dan soporte, nos ofrecen un marco de estudio óptimo para entender las formas y métodos de la cultura popular en sus relaciones con la Naturaleza, mostrándonos siempre una buena adaptación al medio natural y una constante preocupación por el mantenimiento del ecosistema.

Por otra parte, el estudio de los aspectos propiamente tecnológicos a través del análisis de testimonios representativos en el campo de la arquitectura tradicional y el patrimonio construido resulta fundamental a la hora de afrontar tanto los trabajos de levantamiento y documentación como los de intervención para la conservación y restauración de los ejemplares inventariados y catalogados. Por eso, la preservación misma de las prácticas y conocimientos de las técnicas tradicionales y la formación de especialistas en el empleo de éstas debería de ser considerado un objetivo verdaderamente prioritario.

El estudio del ‘arte de la construcción de la piedra seca’, como cualquier otra técnica de edificación, requiere del análisis general de su dimensión tecnológica: las materias primas empleadas, los materiales de construcción, las técnicas y las herramientas, los desafíos de la puesta en obra. Levantar un muro de piedra sin mortero requiere una gran destreza y un buen conocimiento técnico del oficio. La obtención de la materia prima se realiza muchas veces despedregando el mismo terreno que se va a explotar.

Las herramientas necesarias para la puesta en práctica de esta técnica ancestral son muy sencillas, empleándose el pico y el azadón en las labores de obtención del material, el cesto para las de acopio y transporte, y la maza, el cincel y la piqueta en las de puesta en obra. También hay que señalar el interés que puede tener el estudio de la terminología y el léxico empleado para la descripción tanto de las herramientas, útiles y técnicas de la construcción, como de los propios elementos edificados.

La construcción de ‘piedra seca’ en el ámbito castellano y leonés y su presencia en la provincia de Segovia

Presente en la práctica totalidad de la Península Ibérica, el ‘arte de la construcción de la piedra seca’ se encuentra bien representado en la arquitectura tradicional de Castilla y León, un territorio en el que abunda el empleo de estas técnicas aunque se reserva, sobre todo, a las llamadas «edificaciones auxiliares» de carácter agrícola y ganadero.

Las zonas de montaña de las provincias de León (La Cabrera, Los Ancares) y de Zamora (Sanabria), buena parte de la montaña palentina (Brañosera), grandes áreas de la provincia de Burgos (Las Merindades, Sierra de la Demanda, Sierra de Covarrubias) y Soria (Picos de Urbión, comarca de Pinares) así como de las comarcas de la vertiente septentrional de la Cordillera Central en Segovia (Sierra de Ayllón, Somosierra y Sierra de Guadarrama), Ávila (Sierra de Gredos) y Salamanca (Sierra de Béjar, Peña de Francia) son algunas de las áreas donde nos vamos a encontrar una mayor densidad de este tipo de edificaciones. Pero lo cierto es que hay muestras de esta clase de arquitectura repartidas por la práctica totalidad de nuestras provincias, con ejemplos extraordinarios en comarcas como las de Sayago o Aliste (Zamora), en localidades de la Tierra de Campos, en el Campo de Peñafiel y en los Montes Torozos (Valladolid) y también en la comarca del Cerrato (Palencia), por citar algunas de entre las más conocidas.

En la provincia de Segovia, un espacio marcado históricamente por la actividad ganadera y la trashumancia, tenemos ejemplos notables de esta clase de construcciones en muchas de nuestras localidades serranas.

El nordeste de la provincia conserva testimonios modestos pero muy representativos de esta antigua tradición. Los encontraremos en muchos lugares del histórico ochavo de Las Pedrizas, en el imponente macizo calcáreo de Sepúlveda, en el cual se ha desarrollado de forma ininterrumpida desde la Edad Media el pastoreo de ovejas. Lugares como Aldehuelas de Sepúlveda, Castrillo de Sepúlveda, Castroserracín, los Navares o Urueñas, entre otros, nos ofrecen buenos ejemplos de estas construcciones de «piedra seca».

La Sierra de Ayllón conserva igualmente testimonios de gran interés, como sucede por ejemplo en Grado del Pico, donde se podemos encontrarnos refugios pastoriles levantados con esta técnica en lugares de gran altitud.

También abundan en los terrenos calizos y ásperos de la Sierra de Pradales y de la Serrezuela, como en la zona de páramo del norte de los términos de Valdevacas y de Villaverde de Montejo, en los que podemos ver buenos ejemplos de construcción con mampostería de piedra sin argamasa. Los parajes de esta parte de la provincia nos muestran a la perfección la dureza de las condiciones de vida de estos pueblos de larga tradición ganadera y nos ofrecen elementos muy bien conservados en sitios como ‘El Lomo’ o la ‘Pedriza Alta’, donde encontramos pequeñas construcciones de planta circular con estructura de cubierta de falsa bóveda que sirven de abrigo a los pastores en estos inhóspitos lugares.

Es muy frecuente el empleo de esta técnica para la construcción de las tenadas, las tradicionales edificaciones para abrigo y protección del ganado lanar. Se trata de amplias edificaciones de planta rectangular, con gran desarrollo de los faldones de cubierta, levantadas con muros de mampostería de piedra, muy bien enripiada y colocada ‘a hueso‘, que se sitúan en parajes alejados de los núcleos de población.

Toda la comarca nordeste ha conservado magníficos ejemplares de esta clase de edificaciones, muy representativos tanto desde el punto de vista de la tipología arquitectónica a la que pertenecen como de su localización en el territorio y de su contribución a la caracterización de estos paisajes ganaderos de la tradición.

En este caso es inevitable referirse a los que se han conservado en el área en la cual se encuentra enclavado el santuario de Nuestra Señora del Milagro de Hornuez, un enebral de más de 900 hectáreas de extensión que constituye uno de los conjuntos del patrimonio cultural y natural más importantes de nuestra provincia, un paraje de alto interés ecológico e histórico singularizado por el excepcional templo barroco clasicista concluido por el arquitecto Manuel Díaz de Gamones hacia 1757, levantado sobre el lugar en el que se produjo, ante unos pastores, la aparición milagrosa de la Santísima Virgen.

De esta condición pastoril del entorno nos han dejado testimonio fiel estas construcciones populares de tipología ganadera (tenadas, apriscos y rediles) que se han conservado en lugares muy atractivos, como el de ‘Los Corrales’ (Moral de Hornuez), en los que podemos encontrar algunas construcciones de esta tipología formando agrupaciones de gran belleza e interés.

La inscripción de los ‘conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca’ en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO ha significado una nueva oportunidad para avanzar en la investigación, la catalogación y la protección de la arquitectura tradicional, una empresa a la que afortunadamente se van sumando cada día más instituciones, medios de comunicación, asociaciones, fundaciones y otros agentes de la sociedad civil, en un compromiso que resulta tan urgente como necesario. En el caso de España, la propuesta resultó avalada por las nueve comunidades autónomas que contaban entonces con un inventario de esta clase de construcciones, siendo un requisito la participación de las ‘comunidades portadoras’ en los propios procesos de protección y catálogo. Ese era el caso de Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Cataluña, Extremadura, Galicia y Valencia. Esperemos que, en breve plazo, puedan también sumarse a la declaración las grandes comunidades del interior del país, pues atesoran por igual testimonios valiosísimos de esta forma ancestral de construir que tanto ha caracterizado algunos de nuestros grandes paisajes culturales.


(*) Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid y Director del CIAT. Miembro correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce de Segovia.