Es de esos oficios que se transmiten de padres a hijos. Él tenía al mentor en casa. Se crió en un pequeño pueblo. No había demasiadas formas de entretenerse. De ahí que pasara buena parte de su infancia en el taller familiar de alfarería. Al principio, era un juego. En aquel momento, se utilizaban tornos de pedal y pértiga flexible. Estos se accionaban con el pie en vez de con las manos. Su hermano manejaba el volante para que girara. Juan Carlos Martín se colocaba en la parte de arriba. Luego se turnaban. Fue así como empezó a tratar y a mover el barro. Tenía apenas 15 años cuando hizo de esto su profesión. Es la octava generación de Fresno de Cantespino que modela vasijas y recipientes. Y hace tiempo que ostenta el título de ser el único alfarero que queda en la provincia.

El segoviano aprendió la técnica sobre el terreno: viendo y practicando. Recuerda con detalle qué fue lo primero que hizo: tapaderas de pucheros y cazuelas de sopa. “Normalmente, se empieza haciendo eso”, cuenta. Así logró hacerse con el control del torno. Tuvo que emplear “muchas horas” y practicar mucho para ganar destreza. Después dio el salto. Y se introdujo “de lleno” en este mundo.

A sus 58 años, ha pasado casi toda su vida en el oficio: lleva más de cuatro décadas perfeccionando piezas tradicionales de barro extraído en la zona de Fresno. La aparición de la alfarería en el municipio se sitúa en 1752. Pero Martín es pesimista. Cree que esta profesión desaparecerá de Segovia. Y no solo de la provincia. “En diez años, quizá se podrán contar con los dedos de una mano los centros de alfarería tradicional que quedarán en España”, lamenta. Él no tiene hijos. No confía en que alguien vaya a coger su relevo. Es consciente de que “engancharse a un oficio es muy difícil”. Los talleres y cursos que se imparten no le parecen suficientes para atraer nuevos profesionales al sector.

“De lo que se come realmente es de las cazuelas, pucheros… que se venden a los restaurantes”, explica. Aunque también vende piezas decorativas a particulares. Pero este tipo de productos ya no tienen la misma clientela que antes. “Hace 25 o 30 años, tenían mucha más salida”, relata. El número de tiendas era mayor. Y las ferias de cerámica y artesanía suponían un gran atractivo. No obstante, opina que, tras la pandemia, el sector está resurgiendo.

“Puf…”, contesta cuando le preguntan cuál es la clave para ser un buen alfarero. Al principio duda. Pero conoce de primera mano la respuesta. “Practicar y echar muchas horas”, declara. Este es el camino que se ha de seguir para alcanzar el objetivo último: dominar el oficio. Sin olvidar la importancia de investigar nuevas técnicas. La cerámica es un campo “muy amplio”. Tiene diversas aristas. Es por ello por lo que nunca ha dejado de innovar. “Lo que menos me apetecía era llenar el almacén de cazuelas”, afirma. En el confinamiento, se dedicó a hacer “trabajos más creativos”: apostó por una técnica que mezcla barros de colores.

Martín sabe de sobra cómo manejar el barro. Sus piezas van firmadas. Por eso su nombre viaja desde hace más de cuatro décadas por España. Y por el mundo. Durante el año, sobre todo en verano, recorre las ferias de cerámica y artesanía del país: en estos meses ha pasado por La Coruña, Barcelona, Almería o Granada. “Hay gente que me ha comprado en el taller y se ha llevado los productos a Estados Unidos, Inglaterra o Francia”, garantiza. Esto significa que, gracias a su labor, hay barro segoviano por todo el mundo.