Procedente de Baeza, Antonio Machado es nombrado catedrático de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Segovia (hoy, Instituto de Enseñanza Secundaria ‘Mariano Quintanilla’), situado en la plaza de Díaz Sanz. Viaja a Segovia el 26 de noviembre de 1919 y toma posesión de su cargo pocos días después, el 1 de diciembre del mismo año.
Los periódicos locales, El Adelantado de Segovia, conservador, y la Tierra de Segovia, liberal, dan la bienvenida al profesor, que es ya un insigne escritor y poeta. En el primero de ellos, aparece publicado un poema de Machado, unos días más tarde. Y, en el segundo, se inserta un artículo en el que José Tudela, archivero en Segovia de la delegación de Hacienda y amigo del poeta en sus tiempos sorianos, presenta al escritor, del que se publican algunos poemas, entre ellos los bien conocidos de ‘Retrato’ y ‘A un olmo seco’.

Para conseguir un alojamiento adecuado a sus posibilidades, escribe una carta al citado José Tudela, fechada el 28 de noviembre de 1919, en la que le indica: “Como V. conoce tantos rincones de Segovia le ruego, y perdone esta molestia, que vea si es posible algún pupilaje relativamente económico —aunque sea en la Posada del Toro— para mi vuelta a ésa, que será el lunes. Una pensión de 5 pesetas con habitación independiente, aunque modesta, resolvería mi problema por de pronto”.

Tal pensión “modesta”, en la que Machado residirá durante todos sus años segovianos, estará regentada por Luisa Torrego, y situada en el número 11 (hoy número 5) de la calle de los Desamparados, en pleno centro histórico de la ciudad, muy cerca de la plaza de San Esteban, y no muy alejada de la catedral, de la plaza mayor y del alcázar; pensión hoy convertida en Casa-Museo Antonio Machado.
La habitación del poeta es fría y está al final de un largo pasillo. Es fama que, en invierno, de tan helada que estaba, Machado había de abrir el balcón para recibir calor de fuera. Sobre esto le dice a Guiomar lo siguiente:

“Comienzo la carta que echaré, ¡ay! en Segovia el domingo. Porque mis vacaciones se acaban sin remedio. Volveré a mi rincón de los “Desamparados”. Y ahora seguramente el Eresma no suena, pues, según me dicen, se ha helado el pobrecillo. Pero en la noche vendrá mi diosa —¿se acordará?— a ver a su poeta. Procuraré que la habitación no esté demasiado fría; aunque mi diosa es tan buena y tiene tanto calor en el alma que no le asusta el frío, ni el viento cuando va a acompañar a su poeta”.

Entre los compañeros de pensión del poeta, encontramos a Francisco Romero, profesor en la Normal y cofundador de la Universidad Popular Segoviana; a Luis Romero, topógrafo y aficionado a tocar la guitarra; o a González Bueno, que —según un posterior relato de la patrona— dejaría a Machado el impermeable en los días de lluvia.
Los huéspedes residentes en ella se llamaban a sí mismos los “desamparados” y llevaban una cierta vida de relación y camaradería, sobre todo en los momentos de la comida y de la cena. Testimonio de ello es un poema que escribió Machado para despedir, en 1927, a uno de ellos, Eduardo González de Andrés, titulado “Canción de despedida”, y en el que aparece el ya citado Luis Romero, otro “desamparado”, tocando la guitarra.
Mariano Grau, buen amigo de Machado en su etapa segoviana, así como su acompañante en no pocos de sus paseos, evoca de este modo el cuarto o habitación que en la pensión tenía el poeta:

Evoco su figura en aquella franciscana habitación, que los libros, periódicos y papeles cubrían casi por entero; libros en las sillas, en la mesa, en el suelo, en la cómoda, en los rincones, hasta en la misma cama. Libros cuyas hojas, en su mayor parte, habían sido separadas con los dedos y ostentaban las barbas de la impaciencia, en flecos desiguales; libros también que el poeta no pensaba abrir nunca, llegados desde todos los lugares de España, con dedicatorias más o menos calurosas y altisonantes.

En esta habitación, sentado frente a una mesa camilla pequeña, Machado trabajaba fumando incansable y cubriéndose con la ceniza de los cigarros, en tanto que un menguado braserillo se arrecía olvidado, bajo las faldas del mueble. Algún tiempo más tarde, el poeta adquirió una estufa de petróleo que, si bien no consiguió calentarle, le puso en cambio en riesgo de perecer asfixiado por el humo.

A veces, gran amor:
Guiomar

Esta es la mujer que va a llegar a Segovia en junio de 1928 y de la que se va a enamorar Antonio Machado, ya desde su primer encuentro con ella. Es una madre de familia, con tres hijos, de una burguesía acomodada y culta, así como relacionada con una cierta intelectualidad madrileña, y con dos libros de versos publicados: Las piedras de Horeb (1923) y Huerto cerrado (1928), el libro preferido de los suyos para la propia autora.
Cuando Pilar de Valderrama llega a Segovia “en busca de sosiego”, se aloja en el hotel Comercio de la ciudad. Lleva una tarjeta de presentación para Antonio Machado, que le ha dado María Calvo (hermana del actor Ricardo Calvo, que conocía al poeta). Y así describe la propia “Guiomar” su encuentro con el escritor andaluz:

Con el botones del hotel se la envié [la tarjeta] a la calle de los Desamparados, 11; ese mismo día, ya de noche, poco antes de bajar al comedor para la cena, me avisaron que estaba en la sala de recibo don Antonio Machado. No puedo expresar la emoción que tuve al encontrarme con él y estrechar su mano. Era el poeta tan admirado el que estaba ante mí; con su desaliño, sí, pero con un rostro bondadosísimo, una frente ancha y luminosa, una cabeza, en fin, admirable sobre un cuerpo alto, desgarbado y poco atractivo.
Al verme, no supe qué pasó por él, pero advertí que se quedó como embelesado, pues no cesaba de mirarme y apenas habló para decirme cuánto sentía estar tan ocupado con los exámenes, que no podía acompañarme ni atenderme como sería su deseo.

Éste es el relato, tan expresivo, por estar narrado por una de las partes, del primer encuentro entre Antonio Machado y la que, en adelante, será su amada y, en parte, su musa: Pilar de Valderrama, trasmutada en Guiomar por el poeta, nombre —como la Dulcinea quijotesca— alto, sonoro y significativo, que nos evoca la poesía cancioneril del siglo XV, pues –entre otros motivos por los que pudo haber elegido este término- así se llamaba la esposa de su poeta admirado Jorge Manrique. Este primer encuentro se produjo en el anochecer del 2 de junio de 1928.
Hemos de dejarnos guiar por el relato de Pilar de Valderrama, para conocer otro episodio, que se produjo poco después y que se recuerda periódicamente, en el epistolario de Machado a su “diosa”, cada vez que se cumple el aniversario de aquel primer encuentro; pues, como indica Ian Gibson, Machado nunca olvidará aquel paseo, ya que posiblemente lo sintió como uno de los momentos estelares de su vida. Así lo expresa Guiomar:

Yo le invité a cenar la noche siguiente y aceptó.
Y allí, en el comedor destartalado del hotel donde cenaban unos pocos huéspedes, estuve con Antonio Machado que apenas comió y que seguía mirándome mucho y comiendo poco.
Después de la cena, como hacía una magnífica noche de fines de junio estrellada y tibia, no recuerdo si él o yo, propusimos un paseo hasta el Alcázar.
Durante éste le confié que atravesaba en mi vida por momentos amargos, quedando impresionado y preocupado, aunque no le expliqué exactamente los motivos de encontrarme así.

Tras el inicial conocimiento de ambos en Segovia, al que acabamos de hacer referencia, a través de la versión de Guiomar, los encuentros entre Antonio Machado y Pilar de Valderrama se van a producir en Madrid, prácticamente siempre.
Durante el verano de 1928, se van a ver secretamente en un lugar predilecto para Guiomar: los jardines de La Moncloa, tras el antiguo “Palacete”, ámbito no muy distante del hotel (chalet o casa) de Pilar en Rosales, tras el Parque del Oeste. Y, desde el otoño de ese mismo año, el lugar de los encuentros va a ser un café de Cuatro Caminos, el Franco-Español, al que Machado llamará en sus cartas a Pilar “nuestro rincón”, o también “nuestro rincón conventual”. Asimismo, tanto el lugar como el mundo de relación entre ambos y la atmósfera creada por ella, va a recibir entre los amantes la denominación de su “tercer mundo”, título, por cierto, de una obra teatral de Pilar de Valderrama: Un tercer mundo (1934).
No podemos ahora aquí pormenorizar ni detallar los episodios en torno a una relación amorosa de Antonio Machado con Pilar de Valderrama, que se conoce mal, de la que apenas se conocen detalles y en torno a la que predominan más las elucubraciones y suposiciones.
Solo diremos que tal relación fue vivida por Antonio Machado como un verdadero estado de amor, que generó en él no solo un vibrante epistolario a Pilar —o Guiomar— (que había de enviar a direcciones de amigas de ella), que, por desgracia, ha sido en parte destruido y también censurado y maltratado, sino unos poemas a Guiomar —que, aunque no muy numerosos, constituyen un verdadero cancionero—, con los que Antonio Machado vuelve a alcanzar los altos vuelos líricos de su mejor poesía. Aparte de una reseña —fechada el cinco de octubre del año que citaremos— que el poeta hizo a la tercera obra lírica, Esencias, que Valderrama publicara en 1930. Para que pueda captarse el tono de esta reseña, reproduciremos el cierre de la misma:
Dentro de una línea austera, de un perfil señorial, encierra Pilar Valderrama muchas de sus Esencias, más que visiones del intelecto, evidencias del corazón, esencias líricas y, por ello mismo, de un marcado acento temporal. Con voz propia, inconfundible, piedad y pasión, gracia y ternura, cantan en el libro de Pilar Valderrama. Después de Rosalía de Castro, la mujer había enmudecido en nuestra lírica. Cultivó otros géneros más objetivos. La autora de Las piedras de Horeb y Huerto cerrado nos da hoy, con su tercer libro, una colección de poemas plenamente logrados. Esperamos que no sean los últimos.

Pero, ¿cómo vivió Pilar de Valderrama tal relación? ¿En qué plano situó ella sus continuos encuentros —solo interrumpidos por sus ausencias vacacionales de la capital y, después, por la Guerra Civil—con Antonio Machado? Esto es lo que nos expresa Guiomar en sus memorias:

Como no podía continuar en una situación equívoca con él, le hablé claramente diciéndole que —dadas mis circunstancias— por fidelidad a mis creencias, a mis hijos y a mí misma, no podía ofrecerle más que una amistad sincera, un afecto limpio y espiritual, y que de no ser aceptado así por él, no nos volveríamos a ver. No puedo olvidar la rapidez, el ímpetu con que me contestó: “Con tal de verte, lo que sea”. Y así fue como nació y quedó pactada una amistad singular –me llevaba 17 años- en la que yo encontré la ilusión del enamorado, la comprensión del amigo, la elevación del poeta. Él, sin embargo, tuvo la tortura de la barrera que nos separaba materialmente; aunque, espiritualmente para ambos, ¡qué unión de sentimientos! ¡qué compenetración la de nuestras almas!

Y ésta es, a grandes rasgos y meramente esbozada, la llama amorosa (por seguir utilizando el lenguaje del código del amor cortés) que se encendió en el corazón de Antonio Machado y que animó la última etapa de su vida.

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(*) Texto seleccionado del volumen “Antonio Machado en Castilla y León” editado por la Junta de Castilla y León en 2007, de varios autores. El presente fragmento fue aportado por el escritor
José Luis Puerto.