0093 Paseo de Gracia
Paseo de Gracia

LA ARQUITECTURA

Como yo he sido invitado a hablar un poco en calidad de ogro, seguiré haciendo una crítica a mi manera de las cosas de Cataluña, y sobre todo de Barcelona.
Esta ciudad está orgullosa de sus artes suntuarias y se considera bien ornamentada. Yo os diré que la arquitectura barcelonesa me parece aparatosa y petulante. Yo creo que la arquitectura es un arte puramente social, un arte en el cual no influyen de buena manera ni los caprichos de los arquitectos, ni el afán de deslumbrar de los burgueses.
Entre nosotros, los arquitectos, con un sentido que me parece bárbaro, quieren ser individualistas; así cada cual se va por los cerros de Ubeda; así hay casa en Barcelona que parece una caverna, otras que tienen el aire de un animal vivo, de un cangrejo pues­ to de pie o de una montaña de caracoles.
Yo no quisiera vivir en una de esas casas que tienen las puertas parabólicas y los balcones torcidos y las ventanas irregulares; me parecería que me había vuelto loco o que me encontraba preso de los ensueños de una digestión difícil.
Decía el poeta José Carner, cuando yo abominaba de estas puertas parabólicas, que mi enemiga contra ellas era de salvaje. Yo creo que no, que es de civilizado. Esa forma de puertas repugna al sentimiento del equilibrio y de armonía que llevamos dentro.
No soy partidario de lo que se considera aquí como arquitectura artística; primero, porque no representa nuestra época; después, porque estas casas no son absolutamente higiénicas.
El adorno, tal como lo entienden estos arquitectos, es absurdo. Hace muchos años, el adorno era una espiritualidad; hoy, no; hoy un adorno inútil es un depósito de polvo; por lo tanto, de microbios. El arte antiguo y la ciencia moderna no están por ahora en ar­monía.
Un lienzo de pared grande con unas ventanas pequeñas, y ornamentadas como las de los edificios del Renacimiento, produce seguramente una impresión de grandeza y de majestad; pero no de higiene; hoy una ventana pequeña indica falta de aire, elemento indispensable para la vida, y falta de luz, que es el agente más purificador de todos. Yo no creo que la arquitectura deba ser la ciencia moder­na, fundida, mal o bien, con el arte antiguo; creo que la arquitectura debe ser la ciencia moderna, que, busca la armonía en sí misma y que puede llegar a crear un arte nuevo.
Aun desde el punto de vista puramente artístico, vuestros edificios modernos no tienen carácter. Comparad la Sagrada Familia con la Catedral, y esa apreciable familia os parecerá completamente grotesca; compa­rad cualquiera de los palacios nuevos con la Audiencia o con la torre que hay en esa plaza que creo que se llama de Santa Ana, tan sencilla, tan esbelta, tan armónica.
Y lo mismo digo de vuestras calles ; son calles nuevas, hermosas, pero que no tienen eso que los artistas llaman carácter. Esos paseos suntuosos de Barcelona, esas grandes avenidas, lo mismo podrían ser de Génova, de Montevideo o de Manchester; lo único que les da nacionalidad es el cielo.
En cambio, comparadlas con las Ramblas. Estas, no; estas tienen carácter y bien definido; tienen tipos, tienen una personalidad imborrable e inconfundible; son animadas, bulliciosas, alegres, mediterráneas. Son de Barcelona; no pueden ser de otro pueblo.

LA INDUSTRIA

Respecto a la industria catalana, tampoco me parece todo lo seria que debía ser. Y citaré un caso, no sacado de libros, sino un caso mío.
Hace unos dos años, un editor de Barcelona me pidió una novela corta y me dijo que se la enviara rápidamente. Era verano, y yo ‘le contesté que no la podía entregar has­ ta el invierno. El editor me preguntó: “¿ En qué mes?” “En febrero.” Y, efectivamente, en febrero pasé por aquí y le entregué el manuscrito. El editor me dijo: “Tiene usted palabra de banquero.” “No -le repliqué yo-; sino que sencillamente sé lo que puedo y lo que no puedo hacer.”
El editor me pagó inmediatamente. Me dijo que me mandaría las pruebas en seguida y no me las envió hasta un año después, cosa que no tiene nada de particular; pero lo absurdo, lo verdaderamente absurdo es que me mandaran las pruebas, las corrigiera yo, y que el libro se vaya a publicar sin hacer caso de la mayoría de las correcciones seña­ ladas por mí.
Yo no creo que mi libro tenga importancia; no, es una novelucha como otra cual­quiera; pero pienso que si los editores no tienen amor a esos vehículos de cultura que se llaman libros, ¿quién lo va a tener?
Los editores están aquí perdiendo un negocio que podrían hacer grande exportando libros a América, y lo están perdiendo por sordidez, por afán de lucro. Hay editor que no tiene inconveniente en convertir un libro, que en el original es de tres tomos, en un tomito pequeño, cortando lo que le pare­ce, sin ningún respeto a la producción literaria.
Así se da el caso de que París, Nueva York y Leipzig exporten a la América lati­na una cantidad extraordinaria de millones de libros en español, y, en cambio, nosotros nos vamos dejando arrebatar la industria que podría darnos, además de dinero, una gran importancia en América.
El capital en Cataluña, como el capital en toda España, no cumple la misión que debiera cumplir en una sociedad que está entregada a él; el capital no sirve mas que para hacer rodar lujosos automóviles y para lucir alhajas y vestidos.

CIENCIA Y FILOSOFÍA

Respecto a la ciencia y a la filosofía, ¿quién puede hablar en España? ¿Qué región, qué ciudad puede tener la petulancia de creer que colabora en el movimiento científico del mundo?
En España no tenemos más experimenta­dor científico que Ramón y Cajal, y éste, que no es mejor ni más grande que los extranjeros, como con una vanidad ridícula empezamos a decir en periódicos y revistas, tiene sobre los extranjeros el enorme mérito de haber trabajado sin ayuda de nadie y sin la protección del Gobierno.
Cataluña, por ejemplo, ha producido ilustres médicos ; pero los dos modernos más no­tables, Letamendi y don Pedro Mata, los dos eran oradores, eran escritores y escritores retóricos.
Letamendi, a quien he conocido, jugaba con las palabras; era, como Unamuno, un juglar de la frase, un hombre de genio verba­lista, como son los poetas meridionales.
Y, sin embargo, en Cataluña se dice, y yo lo he oído decir a un amigo mío radical el otro día, que la oratoria era aquí un producto de importación castellana.
Así se falsea la verdad, así se llega a decir que los catalanes, que son, naturalmente, ora­dores, como todos los mediterráneos, deben su facultad, que cuando se quiere se considera como un defecto, a la influencia cas­tellana.

LA FURIA CASTELLANA

Otra de las cosas que he solido leer en los periódicos catalanistas, que durante algún tiempo han tenido la especialidad de partir un pelo por la mitad, ha sido la afirmación de que el castellano, y al decir castellano quieren decir todo español que no sea catalán, es un violento, y el catalán, no.
Yo recuerdo que en un número de El Poble Catalá, refiriéndose a un hombre furioso que en Madrid había matado a una mujer y luego se había suicidado, decía que este tipo era como un símbolo de Madrid y de Castilla. ¡Qué error! ¡Qué falta de perspicacia más completa!
¡Los castellanos violentos! La gente de la tierra llana y pobre, que vive mal, que vive resignada, violenta. No. ¡Si resulta lo contrario! El castellano es casi el más apagado de España. Algunas provincias de Castilla la Vieja y de Vasconia son las que tienen menos criminalidad. Burgos, León y Ala­va son las provincias en donde hay menos analfabetos de toda la Península.
Si se dijera que los castellanos están en su mayor parte dormidos, ateridos por la mise­ria; que no tienen fuerza para levantarse, se diría la verdad. ¡Pero decir que son violen­tos! Es absurdo. Dentro de su pobreza se ve en los castellanos un deseo de levantarse, de civilizarse.
Soria, por ejemplo, que es una provincia mísera, ha llegado a organizar una Escuela de Comercio para los emigrantes.
A mí me ha sucedido en Soria, en un pueblo que se llama Vinuesa, haber estado en una posada horrible y haberla descrito burlonamente en un artículo de El Imparcial. Pues bien; cuatro o cinco personas de Vinuesa, mortificadas por mi artículo, se re­unieron e instalaron un hotel para forasteros.
No; ni individual ni colectivamente son los castellanos enemigos del forastero ni vio­ lentos. Su furia es a veces desesperación y hambre, pero en general tienden más a la resignación que a la pelea.
Mejor sería para ellos que tuvieran el instinto de lucha que tenéis vosotros, pero no lo tienen. Ese instinto guerrero es lo que os hace a vosotros fuertes y grandes. Tenéis la exaltación, llegáis a la violencia y eso es vuestra salvación.
No hay en España ciudad que pueda exaltarse como ésta, no hay región que pueda llegar a la furia como ésta; no hay, seguramente, en España pueblo como éste, que pueda echarse a la calle y hacer una hermosa barba­ridad, como lo ha hecho Barcelona en el mes de julio.
Yo me temo que estas divagaciones, las cuales no voy a tener tiempo de releer siquiera, os vayan sumiendo en un aburrimiento profundo.
Me es imposible darles una ordenación mejor, o peor; así que tienen que seguir el curso de mi pensamiento, oscilante y en zig­ zags.

Mañana capítulo 3:
LA CUESTIÓN DEL IDIOMA…