teatro juan bravo mclan
Ricardo Ruipérez y Carlos Tarque, durante el concierto que ofrecieron el viernes en el Teatro Juan Bravo. / E. A.

Han pasado más de 20 años desde que los últimos santos Juan y Pedro de los noventa trajeron a M-Clan a Segovia. Las generaciones ‘mediochenteras’ comenzaban a vivir las fiestas patronales como merecen ser disfrutadas; con aire adolescente, cierta inconsciencia y algo de futura nostalgia que ayer se encargaban de devolver a su estado natural y presente Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez. Entonces, mirar al Azoguejo era encontrarse con una multitud que subía y bajaba por cada resquicio de calle que quedaba, hasta bien entrado Padre Claret y hasta bien salida Vía Roma. M-Clan empezaba a llamar a la Tierra y cualquier tierra respondía con la fuerza de esa raíz que ha encontrado el lugar perfecto para crecer. La segoviana no iba a ser menos.

Por eso quienes estuvieron el viernes en el Teatro Juan Bravo se sentirán afortunados. Porque no hay duda de que Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez habrían vuelto a conseguir la misma audiencia de haberse colocado en un escenario junto al Acueducto. Pero la situación ahora es tan distinta a la de entonces, que imaginar miles de personas chocando hombros y cantando a voz en grito que hace tiempo Venus se apagó suena de lo más marciano. No ha cambiado tanto, sin embargo, la voz rasgada y potente de Tarque, que comenzaba un concierto para alrededor de centenar y medio de personas con un poco de filosofía barata y unos souvenirs, con los que le faltó poco más que mirar al público para tenerlo enchufado desde el principio. El Juan Bravo comenzaba con palmas y con los brazos en alto y en movimiento, mientras seguía el ritmo de la guitarra de Ruipérez, en una imagen que pareció tan fácil de conseguir que pocos entenderán la gesta.

Los temas iban sonando uno detrás de otro con pequeñas intervenciones previas de alguno de los dos músicos. A veces Carlos Tarque se sentaba al cajón y demostraba que a una buena canción le hace falta poco más que una guitarra y un mínimo acompañamiento y otras agarraba la pandereta y los espectadores comprendían la fuerza que puede llegar a transmitir un instrumento que siempre ha sido vendido a la humanidad como una especie de sucedáneo de la flauta en época navideña; un aparato para arrítmicos simpáticos vestidos de Papá Noel. A Tarque y Ruipérez, simpáticos también y en todo momento cómplices con el público a través de sus gestos, no les hizo falta el disfraz para regalar un ‘Roto por dentro’ que silenció la euforia del teatro y sonó desgarrador, gracias a esa fórmula tan aparentemente simple que tienen los músicos de modular la intensidad de un rasgueo, y poco tiempo después convirtieron el miedo en otro presente, dedicado a quienes están siendo claridad en esta oscuridad y siguen salvándonos de volver a los infiernos. Y todo, pese a irresponsabilidades tan nuestras como la de bajarnos la mascarilla en un concierto, por ejemplo.

‘Perdido en la ciudad’, dedicada a los Santana, quienes les trajeron por primera vez a Segovia algo antes de aquellas fiestas de guardar y recordar, iluminó de forma constante y rítmica el patio de butacas para mostrar a Tarque y Ruipérez que su llamada a la tierra segoviana no fue en balde hace dos décadas y que, mientras sigan ardiendo las calles, mientras haya calles sin luz, mientras ‘Carolina’ y ‘Maggie’ sigan cumpliendo años, mientras ‘Para no ver el final’ suene tan contundente en la voz de Carlos Tarque y le aleje tanto de ese momento, en nuestra provincia siempre habrá quien les pida, con uno y dos bises, que se queden a dormir y quienes celebren haber asistido a un concierto tan desenchufado y tan salvaje a la vez.