Fernando García de Cortázar. / EL ADELANTADO
Fernando García de Cortázar. / EL ADELANTADO

Hace unos años, Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942) escribió un libro atractivísimo: ‘Historia de España desde el arte’, Premio Nacional de Historia. Ahora vuelve a las librerías con otra obra que no se queda atrás: ‘Paisajes de la historia de España’ (editorial Espasa). La obra se lee en un pispás, pero cumple bien con la máxima “deleitar aprovechando”, frase muy apropiada que se le atribuye a Tirso de Molina.

Se equivocará quien leyendo los epígrafes crea que el autor se limita a la descripción de lugares emblemáticos de la geografía española. El paisaje es una excusa para adentrarse en personajes y acontecimientos que han protagonizado la historia, nuestra historia. El paisaje conserva las huellas del pasado, que son las que lo conforman. Como esos enormes capiteles facetados segovianos que nos exteriorizan la historia de un linaje, y este el resultado de unos hechos que se resumen en unos trazos cincelados en la piedra; hechos que le dan sentido, esencia, porque resumen vida acontecida.

No existe paisaje que no sea emocional. Cuando el autor habla de Málaga, se introduce en la figura de Torrijos, y a través del personaje perfila la fotografía del liberalismo iniciático que pudo ser y al final no fue. Cuando habla de Sijena –qué expolio el de los catalanes al conjunto de pintura mural gótica más importante de España- narra la historia de Pedro II el Católico, pero también de un hecho que a punto estuvo de cambiar las fronteras hispanas y europeas después de que la unión de Castilla, León y Aragón no fuera posible por el fracaso de los esponsales entre Urraca I y Alfonso I. Así, hasta terminar con el Valle de los Caídos y Ermua, dos exponentes del fanatismo más cerril e irracional.

García de Cortázar hace fácil lo complicado, y a ello le ayuda una prosa suelta, fluida, que no cae en el dato inútil ni en la cita que no añade. El historiador –catedrático de Historia en la Universidad de Deusto– no apabulla con erudición porque no lo necesita: es un erudito contrastado. Prefiere transmitir conocimiento y sentimiento. Mira, ve y no narra lo que ve, sino lo que somos.