Del expirado comercio tradicional

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El hecho de participar en la selección de las fotografías y objetos que han formado parte de varias de las exposiciones que se programan en el Museo Rodera-Robles, además de refrescarme la memoria de lo que sucedía en mi entorno vital de la niñez y la juventud, me ha llevado, como a cuantos las visitaron, a darme cuenta de cómo se han producido a una velocidad vertiginosa cambios en los modos sociales que habían llegado a nosotros a través de los siglos. Es cierto que en todos los aspectos de la vida cotidiana, pero una de las actividades que ha quedado convenientemente documentada en imágenes es la actividad comercial.

No quiero que se entiendan estas reflexiones como nostalgia de un pasado que bien pasado está. Sólo es la constatación de un hecho: la globalización se impuso también en la manera de vender y de comprar. Se pasó del comercio tradicional, casi siempre regido por una familia que lo atendía directamente, a veces con la ayuda algunos empleados, a un sistema más impersonal en el que nunca jamás el comprador verá la cara del propietario del negocio.

Mis recuerdos más lejanos se corresponden a la etapa final de lo que podríamos considerar el comercio tradicional que había venido practicándose “desde siempre” en Segovia. Las tiendas, pequeñas por lo regular, estaban instaladas a la medida de dos necesidades: la del tendero y la del comprador, procurando del ejercicio de compraventa algo muy sencillo para ambas partes. El diseño de la decoración solía estar basado en la colocación de los propios productos que, en ocasiones ofrecían interesantes obras de lo que podía considerarse arte casual. Recuerdo el escaparate de ajos y jarras de barro de la frutería de Restituto “Tuto” de Andrés en la calle de San Francisco, o las estanterías de las pañerías de Calderón, de Ridruejo o de Redondo, llenas de piezas de tela de distintos colores, estampados y tejidos que formaban una propuesta artística sin intención.

Pero más allá de la apariencia de los espacios comerciales, lo que se ha transformado de un modo drástico ha sido la manera de entenderse entre el cliente y el comerciante. Parece que hubieran pasado muchos años desde que en los ultramarinos (palabra prácticamente en desuso) o carnicerías se pedían cantidades como “cuarto y mitad” o incluso, dada la habitual penuria económica asociada a esos momentos, “mitad de cuarto”. Atendiendo a la petición, el tendero se afanaba en pesar el producto sobre un plato que colgaba de una balanza y que marcaba el resultado mediante una aguja, no con una línea de números luminosos. Era una precisión relativa pero aceptada tácitamente por el comprador, aunque se escuchaban a veces frases como “oye, que no llega la aguja a su sitio”, o por el contrario, el tendero proclamaba su generosidad: “no te quejes que va bien corrido de peso…”. Comentario singular requiere el despacho del bacalao, cuyo corte se ejecutaba mediante unas guillotinas manuales que permitían obtener las porciones del pescado seco, de un modo limpio y rápido.

¿Y las ferreterías? Eran -ahora también- el paraíso de los objetos asombrosos. Esos que existen ocultos en nuestras vidas pero que nunca has tenido en cuenta hasta que te hacen falta. Descubres entonces que existen pasadores, arandelas, varillas roscadas… y clavos, muchos clavos de tamaños diferentes con o sin cabeza, dispuestos en latas metálicas y que eran vendidos al peso en unas balanzas de platillos dorados. Entonces, si sólo necesitabas un tornillo y una tuerca, el ferretero te lo vendía. No hacía falta que te llevaras obligatoriamente una cajita con quince tornillos y otra con veinte tuercas…, en “Alcón”, “Los Leones”, “Arana” o “La Hispano” te facilitaban lo preciso.

Otro ritual inolvidable era la compra de un corte de tela. El dependiente iba sacando sobre un largo mostrador de madera, las piezas que podían acomodarse al interés del cliente (clienta, por lo general), y desenvolviendo sobre el mostrador una generosa muestra de los tejidos, explicaba calidades, precios y, llegado el caso hasta planteaba sobre el hombro de la clienta o el suyo propio, el efecto que conseguiría una prenda elaborada con aquel material. Terminada la exposición, con unos golpes de antebrazo y la maestría de su oficio, replegaba en un santiamén las telas para devolver las piezas a la estantería.

Y, aunque esta es una somera crónica de cómo era el comercio tradicional a través de los diferentes productos, finalizo con otro de los artículos de uso más frecuente: el vino. Recuerdo la existencia -había más- de algunos almacenes: en la calle de San Francisco, Cuerdo y Prisco; en la zona de la Plaza Mayor: De la Orden, en Infanta Isabel o la bodeguilla de la Plaza de la Rubia. A estos establecimientos asistían los clientes con una pequeña garrafa que devolvía el bodeguero llena de vino que, con frecuencia, tenía en el almacén conservado en un odre de pellejo que aportaba a la bebida un característico sabor derivado de la pez con que se impermeabilizaba la piel que lo contenía.

Capítulo aparte merecen los nombres de los establecimientos, tan distantes y distintos de los que ostentan numerosos comercios de hoy. Por lo general era una costumbre antigua que llevaran el nombre o el apellido del propietario, que se iba convirtiendo, tras su fallecimiento, en “Viuda de…”, “Hijos de…” Herederos de…”. El creciente comercio, basado en la rentabilidad, la imagen y la rapidez, nada tiene que ver con aquella atención tan personal que ofrecía el comercio tradicional y que, como todo en la vida, tenía la cercanía del vendedor como factor positivo, pero esta misma cercanía podría llegar a ser atosigante en ocasiones.