Una muestra indispensable. Acto de presentación de la Exposición Comuneros: 500 años. / AGP

Es buena la idea que ha desarrollado el comisariado de la Exposición que sobre los ‘Comuneros: 500 años’ se inauguró al final de la semana pasada en la sede de las Cortes de Castilla y León. Principia esta con unos rollos verticales que recogen en su superficie preceptos de La Ley Perpetua de Ávila. La lex perpetua fue redactada por la Junta de Procuradores de las Comunidades castellanas reunida en Ávila en el verano de 1520. No fue una sesión ordinaria de Cortes. No se reunieron los procuradores, como era habitual hasta entonces, por convocatoria del rey. Se reconocieron a ellos mismos como representantes extraordinarios en un momento extraordinario. Concibieron todo un programa de organización institucional que poco parangón poseía hasta la fecha. En la Carta Magna (1215), los nobles ingleses sacaron privilegios a Juan I Sin Tierra, aprovechando la debilidad de la Corona debida a sus muchas cuitas internas. La lex perpetua expresa algo más. La lex perpetua pretende algo más. Desarrolla los elementos propios de una constitución política castellana formalizada en un texto aprobado por los representantes de las principales ciudades de Castilla. Limita el poder del monarca y plantea un pacto entre el pueblo y el titular del reino controlado por la participación política del estamento ciudadano. Se promulgó en Tordesillas en 1520.

El documento está encuadernado con otras obras y por la tipografía se deduce impreso en Salamanca por Lorenzo Liondedei

Además de este antecedente que aparece nada más se cruza la puerta de la entrada, en el interior del recinto se recoge el documento original en el que se plasma el texto del proyecto de constitución castellana antes comentado. El documento está encuadernado con otras obras y por la tipografía se deduce impreso en Salamanca por Lorenzo Liondedei. Quizá, por su importancia, también debería haber ocupado un lugar destacado en el discurso expositivo, puesto que sin él no se entiende el alcance que tuvo la Guerra de las Comunidades.

La revolución comunera tiene un componente innegable de intereses particulares, incluyendo los de sus protagonistas principales, aquellos que figuran como héroes tras ser decapitados en Villalar. Incluyendo, digo, a Juan Bravo, que había sido excluido fechas antes de los retribuidos por las arcas reales. Pero el contenido de la lex perpetua separa el movimiento de una simple algarada, dándole una indudable trascendencia política.

Por un poco entendible y particular gusto por conmemorar derrotas, la celebración de la rebelión de las Comunidades coincide con el día en que las tropas imperiales vencieron a los comuneros en la batalla de Villalar, 23 de abril de 1521. Un día después, 24 de abril, se dictó la sentencia de muerte contra Padilla, Bravo y Maldonado por el delito de traición. El documento también está presente en la exposición. Sin embargo, la resistencia duró unos meses más, hasta la capitulación de Toledo el 3 de febrero de 1522.

En la ciudad de Segovia, a los pocos días, se ejecuta al procurador en aquellas Cortes Rodrigo de Tordesillas

En Toledo había comenzado la rebelión. En Toledo y en Segovia, ciudades comuneras como lo fueron Tordesillas —residencia de la reina Juana, la legítima titular de la Corona—, Medina del Campo y Salamanca, en donde se justificó teóricamente. Entonces las fechas se remontan al 20 de mayo de 1520, día de la partida de Carlos I desde el puerto de La Coruña para ser coronado emperador del Sacro Imperio Germánico, que tendría lugar cinco meses después en Aquisgrán. A La Coruña había ido Carlos, que se había autoproclamado Rey de Castilla y Aragón en Bruselas, tras la muerte de Fernando, ignorando las tradiciones de Castilla. Solo pretendía dinero para pagar los fastos de su coronación imperial. En la ciudad de Segovia, a los pocos días, se ejecuta al procurador en aquellas Cortes Rodrigo de Tordesillas. Es el acto fundacional de la Guerra de las Comunidades de Castilla; hasta entonces no se había registrado ningún hecho de estas características en ciudad alguna. Por desgracia, esta circunstancia no es habitualmente reconocida como tal.

En la exposición sí aparece, a modo de homenaje sustitutivo, las contraventanas de la Calle de la Muerte y de la Vida, unos bajorrelieves del siglo XVI que evidencian lo caldeados que estaban los ánimos entre la población. Esta conducía a Diego de Riofrío hacia la horca de la iglesia del Santo Cristo del Mercado de Ganados para ajusticiarlo por su apoyo realista. Se salvó de milagro. Están depositadas de normal en el Museo de Segovia.

Tampoco se recoge, y ellos es más entendible, los precedentes que se concitaron en Segovia para comprender en su pleno sentido la rebelión de la ciudad. Desde 1480 había sido cercenado su territorio para favorecer los intereses del matrimonio Cabrera-Bobadilla, a quien se entregaron los Sexmos de Casarrubios y Valdemoro, otorgándosele con posterioridad el Condado de Chinchón. El segoviano era entonces fiel a la tradición que residenciaba en la Ciudad y en su Comunidad tanto la propiedad de la tierra como su gestión. Una Comunidad entendida institucional y políticamente como aquella que ejerce la administración del territorio y el gobierno de los ciudadanos con la aprobación de la mayoría del común. Es comprensible que a las pasadas protestas contra la decisión de Isabel y Fernando se uniera ahora el recelo y la animadversión hacia un rey extranjero, que había sido proclamado como tal en un verdadero golpe de Estado, fuera de las Cortes; sin jurar los fueros y considerando a Castilla como una simple parte de un imperio superior.

En la exposición aparece el pendón de la poderosa familia segoviana de los Arias Dávila, depositado en la Iglesia de San Martín

Pero no todos los segovianos apoyaron a la Comunidades. En la exposición aparece el pendón de la poderosa familia segoviana de los Arias Dávila, depositado en la Iglesia de San Martín. Es del siglo XV, por lo que probablemente perteneciera al obispo Arias Dávila. Según la tradición, el pendón fue enarbolado por los comuneros en las algaradas contra el rey que tuvieron lugar en la ciudad, e incluso se lo sitúa en la batalla de Villalar junto con las milicias segovianas que comandaba Juan Bravo.

El asunto no deja de tener su miga puesto que Juan Arias Dávila, el cuarto señor con este apellido, fue nombrado conde por su fidelidad a Carlos I y como agradecimiento a su participación en la Guerra de las Comunidades. Sería el conde de Puñoenrostro.

Es muy interesante la muestra que en la exposición se hace de documentos sobre la contienda. La colección diplomática por primera vez se expone junta. En escasos metros se enseña la sentencia y condena de Padilla, Bravo y Maldonado (24 de abril de 1521); el decreto de excomunión dictado por León X contra los rebeldes al rey; una interesantísima proclamación contra los comuneros, que describe una situación penosa de España, “una nación hasta ahora respetada y admirada en el mundo, y hoy despreciada a causa de personas revoltosas y malvadas”; la mencionada lex perpetua y el perdón general, hecho público en Valladolid en Día de Todos los Santos de 1522, y del que se excluye, con nombres y apellidos recogidos en una lista, a 293 comuneros, muchos de ellos segovianos. Los escudos de sus casas son todavía hoy testigos de la persistencia de la memoria vengativa del ya Emperador.

El pendón de los Arias Dávila

Diego Arias Dávila o Arias de Ávila fue contador de la Corte de Juan II. Judío converso, fundó una dinastía en la que figuraron un conquistador de América —Pedrarias Dávila— y un obispo, Juan Arias Dávila, que propició la primera edición conocida de la imprenta en España, en 1474, justo el mismo año en el que se proclamaría reina de Castilla Isabel de Trastámara en la iglesia de San Miguel de Segovia. Este pendón del siglo XV pertenece a la época en que la familia estaba en su pleno apogeo. La tradición dice que fue enarbolado por los comuneros en las algaradas iniciales de la revolución, a finales de mayo de 1520, después de las Cortes de La Coruña. Y que también se paseó en Villalar a manos de los segovianos que en esa tierra fueron comandados por Juan Bravo en la batalla que a la postre acabaría con su vida. Pedro Arias Dávila -1460-1531-, señor de Puñoenrostro, cuarta generación de los Arias Dávila, no se afilió al bando comunero, sino al realista. Carlos I elevó el Señorío a Condado.

De la muerte y de la vida

Durante varios siglos, estos relieves tallados en unas contraventanas permanecieron en una casa de la calle de la Muerte y de la Vida en el extrarradio de la ciudad de Segovia, cerca del convento de San Francisco. Refieren talla y calle a un hecho que da fe de la tensión que se vivía en esos momentos de rebelión comunera. Diego de Riofrío fue acusado de prestar ayuda a los realistas encerrados en El Alcázar. Una multitud llevaba al detenido camino de la ermita del Mercado de Ganado para ahorcarlo, siguiendo el ritual que se había practicado, en el mayo convulso de 1520, con el procurador Rodrigo de Tordesillas. El acusado proclamaba su inocencia. Ante las dudas, una anciana sacó por la ventana de su casa una soga para que se ejecutara allí mismo y sin dilación al sospechoso. Salvó la vida al final Diego de Riofrío, pero estuvo durante buen rato entre la muerte y la vida.

La piedad

Como ocurre con los relieves de las contraventanas de la Muerte y de la Vida, La Piedad está depositada en el Museo de Segovia, proveniente con toda probabilidad del monasterio de El Parral, de la capital, del que salió en una de las desamortizaciones del siglo XIX. Es una obra de altísima calidad, integrada en el estilo hispano-flamenco desarrollado en los talleres toledanos del siglo XV. Se discute sobre su autoría. El Marqués de Lozoya lo adscribe a la producción del escultor toledano Sebastián de Toledo o de Almonacid, activo en Segovia entre 1486 y 1494, trabajando en la catedral y en El Parral. Sin embargo, esta adjudicación no está unánimemente aceptada. Es magistral la labra de los ropajes, creando efectos de luces y sombras para acentuar la corporeidad de las figuras y sus rostros de dolor comedido. Es una joya en una ciudad con grandes representaciones de esta iconografía, y una de las piezas más exclusivas de la exposición.

Un acetre de Juan Bravo

Muestra la imagen a la que acompaña el texto un acetre con hisopo. Hecho en cobre, es del siglo XV y está depositado de normal en la Iglesia parroquial del Salvador de la capital segoviana. Su función era contener el agua bendita que se administraba luego en las ceremonias por el hisopo. En la parte superior se encuentra una cenefa de estilo mudéjar con una inscripción que atestigua la donación que el comunero Juan Bravo, su dueño, realizó en su día a la capilla de Santo Domingo que se encuentra en el convento de Santa Cruz la Real, sede de los dominicos y lugar del que salió, unos años antes, Fray Tomás de Torquemada, confesor personal de la reina Isabel y primer inquisidor general de Castilla en el siglo XV. Los motivos decorativos del acetre parecen estar relacionados con obras almorávides y nazaríes.