María Zambrano.
María Zambrano.

El Adelantado de Segovia sacó a la luz en su edición del domingo una carta, hasta el momento inédita de María Zambrano, dirigida a Gonzalo Santonja con motivo de que la editorial Hispamerca se planteara editar por primera vez en nuestro país (1977) el libro Los intelectuales en el drama de España. En ella, la pensadora, que vivió tres lustros en Segovia, se muestra esperanzada de su retorno al país, haciendo, incluso, previsiones económicas. José Luis Mora inició el domingo una serie de dos artículos (el último se publica hoy lunes) en la que analiza la importancia que tuvo el intercambio epistolar para quienes sufrieron el exilio.

(Viene de la edición del domingo)

Sobre estos años que llegan al final de la década de los cuarenta, con un paréntesis en París y otro en Roma, escribe la profesora Iliaris Avilés: “María Zambrano: una filósofa en la `Red Benítez`”, en referencia a quien fuera rector de la universidad del país boricua. Periodo intenso, intelectual y humanamente, que se refleja en las cartas con Waldo Frank y con su propia madre y hermana que habían quedado en París. La carta firmada el 1º de enero de 1946 merece un lugar destacado por las confesiones que contiene, claves para entender la vida de nuestra filósofa en esos años. Otras muchas cartas de gran enjundia son comentadas por la profesora Avilés, así como el significado de Isla de Puerto Rico: nostalgia y esperanza de un mundo mejor (1940) que muestra el equilibrio intelectual que Zambrano hubo de hacer entre los grupos enfrentados en la propia isla, tanto los españoles de los bandos contendiente en la guerra civil como de los propios puertorriqueños, divididos entre defensores de la anexión y los que apostaban por la independencia. Además de los textos de la revista Orígenes dos textos merecen nuestra atención: la breve reflexión sobre la naturaleza y el sentido de la democracia, escrito en 1941 a cuatro manos con Muñoz Marín, entonces presidente del Senado y que fue recuperado por José Luis Abellán (María Zambrano. Una pensadora de nuestro tiempo, Barcelona, Anthropos, 2006). Recordemos tan solo el primer párrafo: “La Democracia es el régimen capaz de renovarse a sí mismo, de ser la continuación de sí mismo, es decir: de superar su propia crisis”. Podríamos decir que de obligada lectura en nuestro tiempo. Posterior, pero vinculado a esta época, es Persona y democracia (1957) y los artículos verdaderamente interesantes sobre educación que publicó en la revista del Instituto de Instrucción Pública de la isla ya en los sesenta. Su presencia, pues, en las islas por las que pasaron tantos exiliados durante esos años, fue verdaderamente intensa y de ello dan fe las cartas y escritos de este periodo que analiza la profesora Iliaris Avilés. De estos años (1944) son algunas cartas que se cruza con su tía Asunción, residente en Fuente el Olmo de Fuentidueña pero que había de desplazarse a Fuentepiñel: “Yo me ando 20 kilómetros por estos pueblos como nada” -le escribe quien era maestra en el pueblo segoviano- no sin recordarle que tenía oportunidad de “comer un pan muy rico y suficiente.” (25.2. 1944). Por su parte María Zambrano escribe al hispanista norteamericano Waldo Frank con quien había iniciado ya correspondencia en Morelia, esta que puede sonar sorprendente confesión que sirve para conocer el fondo bien español del alma de nuestra filósofa: “Esto me entusiasma (se refiere a la posibilidad de que su marido monte una pequeña editorial) y cuando llegue mi madre -la carta está fechada en La Habana- ella trabajará también, montará un taller de bordados populares castellanos, segovianos, que son más bonitos que los célebres de Lagartera y menos falsificados. Así además tendremos algo de España con nosotros, algo material… Y Ud. ya sabe lo que significa todo lo “material” en España. ¡Y cómo me gustará mandarle alguno para que lo mire y recuerde, viéndolo, nuestra España, aquel color de tierra y aquellas manos huesudas, resecas que tejen y giran la rueca todavía” (19.3.1940)!

“Mucho me ha enseñado Roma. Cartas desde el exilio italiano”, titula su artículo Elena Trapanese cuyo epígrafe inicial es “cartearse, ese verbo tan necesario” y bien que lo hizo como muestra el dossier. Realmente fue esta estancia de unos trece o catorce años, divididos en tres periodos, el más largo, 1953-1964, verdaderamente importante con una veintena de corresponsales de verdadero peso intelectual. Recordemos solo a Alfonso Reyes, Octavio Paz, Ferrater Mora, José Bergamín, Rosa Chacel, Ramón Gaya, Enrique de Rivas, Luis Cernuda, Américo Castro, Emilio Prados… La red de corresponsales se ensancha y enriquece y no menos las reflexiones que las cartas contienen: España viene a ocupar un lugar central, obsesivo como tema pero siempre desde la reflexión y desde la “verdad” pues hasta el sueño ha de ser verdadero. Ahí apareció Segovia, tras la correspondencia con Mariano Grau, que le debió enviar fotografías actualizadas de la ciudad, como ya anticipábamos, y estuvo Mariano Quintanilla quien le ponía al día de publicaciones y aconteceres y pronto comenzó la prolongada correspondencia con Pablo de Andrés Cobos, la más intensa de las mantenidas con quienes había conocido en Segovia. Un epistolario imprescindible en el diálogo bifronte de quienes enjuiciaban a personas y aconteceres desde dentro y desde fuera (Madrid, Universidad Autónoma, 2011). Era la España interior con la que comenzaba un fructífero diálogo en el recuerdo de los años pasados en la ciudad del acueducto y se acentuaba la relación otros exiliados y con intelectuales que había ido conociendo desde su salida de España. Pero, además, estaba el reencuentro con personas que ya viajaban desde España. Sería el Marqués de Lozoya quien le diría que el busto de su padre que tallara Barral se hallaba en la Diputación segoviana. Se trata de un periodo muy creativo con libros fundamentales cuya génesis conocemos a través de las cartas que estudia Elena Trapanese y de múltiples relaciones cuya intensidad es estudiada con minuciosidad: problemas fundamentales acerca del cristianismo y el paganismo, la historia, las ruinas, acercamiento a escritores como Dante, Giordano Bruno… Y fue el periodo de los puentes entre exiliados y quienes habían quedado en España pues Roma se convirtió en lugar de encuentros, muchos e intensos.

El periodo de La Pièce que se prolonga hasta su estancia los últimos años en España es estudiado en dos artículos: “Logos, Espíritu y perla: la colaboración de María Zambrano y Agustín Andreu” que firma Denise DuPont y que analiza con detenimiento la correspondencia (setenta y ocho cartas) que María Zambrano dirigió al entonces joven teólogo en Roma, Agustín Andreu (ya que el propio Andreu ha renunciado a publicar sus propias cartas) de manera muy técnica en torno a los problemas teológicos cuyas reflexiones se cruzaban la filósofa y el joven seminarista; y del que es autor Alfonso Berrocal, “Hace falta alma para soportar este cielo: María Zambrano en La Pièce”. Desde esa frontera francosuiza hecha de aislamiento que obligaba a la vida interior, Zambrano vive la enfermedad de su hermana y su fallecimiento en 1972. Este último artículo muestra el tránsito desde la ciudad fronteriza a Ginebra y el regreso a España en 1984. A lo largo de este tiempo, en ese lugar marginal, la recuperación de viejos interlocutores se hace muy necesaria. Particularmente interesantes son las relaciones con el clérigo catalán Alfons Roig, con el escritor Camilo José Cela y con el pintor Juan Soriano, mas los veteranos Lezama Lima, Reyna Rivas, Rafael Martínez Nadal, y con quienes había dejado en Roma como Elena Croce y las relaciones personales de quienes la visitaban: José Ángel Valente, José Miguel Ullán…

Las deficientes condiciones materiales vienen a ocupar un primer plano, la lucha administrativa en España de Pablo de Andrés por conseguir una pensión de orfandad a nombre de Araceli, que una vez conseguida resultó corta pues la hermana falleció en 1972. Y la lenta presencia de artículos y obras de María Zambrano en España: revista Ínsula, La España de Galdós (Taurus, 1960), “Un lugar de la palabra: Segovia” en Papeles de Son Armadans (mayo, 1964), España. Sueño y verdad (Barcelona, Edhasa, 1965), Obras reunidas (Madrid, Aguilar,1971)…, por citar las primeras (ya en otro lugar me he ocupado de la recepción de la obra de María Zambrano, Mora, 2005 y 2010)…

Mas este periodo es especialmente significativo en las cartas porque el final del franquismo aproximaba de nuevo a los exiliados, al tiempo que se mostraba la realidad interna en los años del desarrollismo, no precisamente fáciles ni por el silencio de varias décadas ni por la nueva sensibilidad de las jóvenes generaciones. Por ello, los interlocutores que quedaban de los años anteriores al exilio y todo este bagaje epistolar fueron fundamentales en lograr la reconstrucción hasta donde se ha logrado. Con esta reflexión termina su artículo Alfonso Berrocal: “Zambrano tuvo plena conciencia de esa enorme brecha abierta entre las generaciones españolas a partir de la guerra y el exilio se extiende en todas direcciones”.

Pues si “el viento del olvido que, cuando sopla, mata”, como escribió Luis Cernuda y nos recuerda Gonzalo Santonja, solo cabe conjurarlo con el recuerdo. Santonja, muchos años director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, es el autor del “Testimonio” que cierra este dossier de la revista Devenires, bajo el título “Breve e irreparable (María Zambrano, Los intelectuales en el drama de España y algunas notas sobre la editorial Hispamerca o riesgo y ventura durante la transición)”. Es continuación del anticipo sobre la más que interesante “intrahistoria” de la publicación en Hispamerca (1977) de Los intelectuales en el drama de España, presentada en el Congreso ‘Pensamiento y palabra’ (Segovia, mayo, 2004; Valladolid, Junta de Castilla y León, 2005) con el título ‘Sin volver atrás de nada’ parafraseando el verso de Bergamín “Volver no es volver atrás”.

Se trata de una aportación que ofrece claves imprescindibles para comprender empresas culturales como Hispamerca en esos años que el mismo autor califica como “años difíciles, años de incertidumbre, años de amenazas y zozobras, encarados con la sensación de que la situación podía torcerse en cualquier momento y con la certeza de que superarla, haciendo irreversibles el proceso hacia la democracia, exigía continuos pasos hacia adelante…”.

Gonzalo Santonja, con estilo personal, escribe desde dentro de la historia misma que cuenta sin dejar de mostrar todos los sentimientos encontrados que confluían en aquel proceso pero dando cuenta fiel de cómo se desarrolló el mismo. Justifica la elección de este texto editado por Zambrano en 1937 en Chile junto con otros que publicó durante los años de la guerra civil. Era la primera vez que se editaban en España textos políticos de la autora, concretamente este que es un alegato contundente contra el fascismo. No era fácil aun en aquellos años, como reconocía al escribir este artículo el propio Gonzalo Santonja. Hablamos de un testimonio auténtico. Se ofrecen las cartas que Zambrano iba enviando, cruzadas con las peticiones que le hacía el propio Gonzalo, conteniendo sugerencias, matices, dudas, detalles de edición, etc. En la carta que le envía el 30 de mayo de 1977 le adjunta una introducción que fue ampliando hasta el mes de agosto, titulada ‘La experiencia de la historia (Después de entonces)’ cuyo paréntesis recuerda el título de la novela que habría escrito recordando en 1933 su casa de Grabador Espinosa como le había contado a Quintanilla en una de las cartas que ya hemos mencionado. Ahí estaba la clave, la continuidad entre el “entonces” y el “después” pero ese “después” pertenecía ya a un tiempo diferente como vino a mostrar el desencuentro que estuvo a punto de consumarse. No era fácil publicar íntegros aquellos textos en esos años por parte de quien había salido en condiciones extremas y posiblemente estaba a punto de regresar. Finalmente, el texto se publicó íntegro con la segunda parte: ‘El intelectual en la guerra española. Octubre 1934-julio 1936’ y la ‘Carta al doctor Marañón’. “Tiene usted permiso para publicar íntegramente el librito ya mencionado, Los intelectuales en el drama de España” escribió Zambrano a Gonzalo Santonja el 16 de septiembre de 1977 desde La Pièce. Es un testimonio de gran valor que se publica por vez primera en este suplemento de El Adelantado por voluntad expresa de su receptor.

Con seguridad, acontecimientos culturales como la edición de estos y otros textos están en la base del progreso de la España democrática y muestran el camino por andar, como diríamos recordando a Machado: “Mucho, y a mi entender para bien, han cambiado las cosas en nuestro país, pero eso no impide que a veces, leyendo por ejemplo a Unamuno o a Bergamín o, por supuesto, a María Zambrano, se me imponga la intuición de que en eso, en el empeño de construir un país liberal y tolerante, estamos todavía”. Con estas palabras cerraba Santonja su intervención en 2004. Podemos valorar si seguimos en el camino cuando se completa esta reflexión sobre los epistolarios que la revista mexicana Devenires ofrece en el año en que se cumplen tres décadas del fallecimiento de nuestra autora cuya placa luce en la calle Grabador Espinosa, descubierta el 23 de diciembre de 2004, por el entonces alcalde Pedro Arahuetes y la concejala Clara Luquero, hoy alcaldesa: No cae la luz en Segovia. La ciudad toda se alza hasta ella. La ciudad de Segovia a María Zambrano en el centenario de su nacimiento. Basta mirar la ciudad desde la torre de la catedral para comprobar que Zambrano llevaba razón. Los epistolarios estudiados en este dossier muestran también que fue esa luz la que, frente al riesgo del fracaso, alimentó su esperanza y la nuestra.


(*) Universidad Autónoma de Madrid. Académico correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce.