Carta inédita de María Zambrano dirigida a Gonzalo Santonja.
Carta inédita de María Zambrano dirigida a Gonzalo Santonja.

El Adelantado de Segovia saca a la luz en su edición de hoy una carta, hasta el momento inédita de María Zambrano, dirigida a Gonzalo Santonja con motivo de que la editorial Hispamerca se planteara editar por primera vez en nuestro país (1977) el libro Los intelectuales en el drama de España. En ella, la pensadora, que vivió tres lustros en Segovia, se muestra esperanzada de su retorno al país, haciendo, incluso, previsiones económicas. José Luis Mora inicia una serie de dos artículos (el próximo se publicará mañana lunes) en la que analiza la importancia que tuvo el intercambio epistolar para quienes sufrieron el exilio.

… por Morelia en México, La Habana en Cuba y Río Piedras en Puerto Rico, por Roma, por la Pièce y regreso a Madrid. Toda una vida de ciudad en ciudad y, sin embargo, en cierta medida no abandonó nunca por completo aquella por la que correteaba de niña en La calle de la Muerte y de la Vida donde sus padres vinieron a vivir en 1910 o por la que subía y bajaba las escaleras de Grabador Espinosa, la casa más noble en la que habitaron por algunos años siendo ella estudiante universitaria como alumna libre de la Universidad de Madrid.

Dejaron físicamente Segovia a comienzos del curso de 1926. La ciudad se volvió entonces “ausente”, mas no del todo. Su artículo, en la revista manantial, dejó un poso permanente que fructificó cíclicamente en cada estancia nueva como una repetición de lo vivido al lado del Acueducto y del Alcázar, monumentos a los que Pérez Galdós había atribuido, respectivamente, la “perdurable robustez, la voluntad humana y las grandezas de la Ciencia y el Arte así como la expresión severa y hermosísima de las dulces creencias”. Bien es verdad que el autor canario, de visita por la ciudad, se acordó también de Santa Bárbara “en cuyo poder formidable fiamos todos para el exterminio del fanatismo y el triunfo de la civilización”. La santa no llegó a tiempo de ejercer ese poder formidable y bien caro lo pagó María Zambrano y tantos otros con ella. Mas perduraron el acueducto y la catedral para asegurar el regreso.

Ese regreso fue simbólico, pero no menos real que su estancia anterior de dieciséis años entre correteos infantiles, subidas reposadas de las escaleras en la calle Grabador Espinosa y escuchar a los amigos de su padre, algunos de los cuales la acompañaron epistolarmente en esa búsqueda de recuperación o de construcción de la presencia permanente que el exiliado necesita para seguir viviendo. Como se sabe, fue propuesta como académica de mérito en agosto de 1984 a solicitud de Jesús G. de la Torre y Luis Martínez Drake en sustitución de otro grande: Agapito Marazuela. Se aprobó en octubre de 1984 y según firmaba D. Hilario fue por unanimidad con apoyo, además, de Mariano Grau, Luis Felipe de Peñalosa y Francisco de Paula. Angélica Tanarro publicaba el 7 de febrero de 1991 en El Adelantado que el título no fue entregado oficialmente. Los desencuentros no tienen por qué durar para siempre ni siquiera en la eternidad. Por eso la Junta de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce aprobó en la sesión de abril de2010 hacer entrega, a título póstumo, al representante de la Fundación María Zambrano de aquel nombramiento temprano y valiente. Y así se hizo completando un ciclo cuya duración produce vértigo pero que ha sido casi invisible. Solo las cartas cruzadas durante años, cargados de días y de instantes infinitos, salvó una presencia que hoy nos resulta imprescindible. Muchas de estas cartas se cruzaron desde Segovia: hacia mitad de los cuarenta con su tía Asunción que vivía en Fuente el Olmo de Fuentidueña, luego con Mariano Quintanilla en los cincuenta, con Pablo de Andrés Cobos durante más de dieciséis años desde finales de esa década y iniciados los setenta con Enriqueta Castellanos, maestra que fue de La Granja y esposa del propio Pablo de Andrés. Mantuvo relación epistolar con Mariano Grau quien le enviaba fotografías para refrescar su memoria sobre Segovia. Aún tuvo tiempo de dictar a Jesús González de la Torre el 30 de mayo de 1985 una carta que conserva manuscrita quien fuera amigo de nuestra filósofa. Enferma de cataratas, se apoyó en su amigo para dirigirse al director de la Academia de Historia y Arte de San Quirce, en respuesta al nombramiento como académica de mérito. En ella decía textualmente: “Para mí es un honor que acepto conmovida ya que en Segovia he pasado los años decisivos de mi vida. Que recuerdo calle a calle, casa a casa…” y respondía afirmativamente a la invitación de asistir a la entrega del nombramiento rogando se pospusiera para el mes de septiembre “por no estar bien de salud”. Ya hemos señalado que su “regreso” se pospuso al tiempo de la eternidad -cuando María Zambrano había fallecido- recordado en el centenario de la llegada de la familia Zambrano a Segovia (1910-2010).

Las cartas fueron, pues, decisivas, entre aquella salida y esta llegada, ni más menos que para la vida misma, para el sostenimiento del ánimo como alimento permanente. Y para la reconstrucción de aquel tiempo por quienes somos sus lectores hoy. Fueron cientos, quizá más, pues el espíritu exige tanto como capacidad tiene de ofrecer. La publicación de esos epistolarios nos permite ver la capacidad que el alma tiene de abrirse y provocar borbotones, casi siempre contenidos de todo aquello que la vida es: duda y convicción, vértigo y sosiego, esperanza y temor, conocimiento y amor, tiempo y eternidad, intimidad y sociabilidad… todo lo que exige la convivencia humana pues que la vida no se vive sino en sociedad. Y así, aunque las cartas se escriben en la soledad, al otro lado está el receptor y están aquellos de quienes se escribe y… quienes, quizá lo presentían, pudieran leerlas. Nada, nadie en realidad, quiere quedar fuera de esa “república de las letras” que, como tejido apenas visible, construye, en torno a personas que gozan de ese vigor que pareciera reflejarse en la fuerza mostrada por atletas musculosos que lanzan a cientos de metros una bola de acero, un entramado vital en el que nos implicamos todos, puesto que nos es permitido un acceso pudoroso a esas intimidades de las que venimos a formar parte.

Pues a propósito de las cartas que María Zambrano fue escribiendo a lo largo de esas décadas en que padeció la invisibilidad del exiliado ha publicado Devenires. Revista de Filosofía y Filosofía de la Cultura (n. 44, julio-diciembre de 2021, accesible on-line) de la universidad mexicana de Morelia un excelente dossier bajo el título “Una vida compartida. Correspondencia de María Zambrano y sus destinatarios” que recomendamos a los lectores de El Adelantado de Segovia.

Lo componen cinco artículos que cubren cada una de las estancias en diversos lugares y el testimonio explícito de Gonzalo Santonja, interlocutor él mismo de María Zambrano en un interesante cruce de cartas cuando la editorial Hispamerca se planteó editar por vez primera en España (1977), en los albores del periodo democrático, Los intelectuales en el drama de España, publicado por vez primera en Chile cuarenta años antes, junto con otros textos que fue editando en diversas revistas durante la guerra civil, algunos de ellos muy importantes en la revista Hora de España.

De la estancia en México escribe Guadalupe Zavala: “Morelia, ciudad de la luz y del silencio”. Es un documentado artículo que nos ofrece las cartas que se cruzaron y que nos permiten conocer con detalle la fundación de La Casa de España; aquellas que facilitaron a María Zambrano bajar del barco en Veracruz en marzo de 1939 por quienes fueron su valedores con el protagonismo de Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes y otros apoyos como el de Maruja Mallo. Y cómo se concretó con autoridades académicas y políticas su contrato estable como profesora en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, sustituyendo a Aníbal Ponce, profesor argentino que había fallecido recientemente. Los meses que transcurrieron en la ciudad michoacana estuvieron polarizados por la “luz y el silencio”, “lugar hermoso, pero extraño” nos dice la autora del estudio, entre los recuerdos de la España recientemente dejada y la ciudad de México anhelada en esos momentos. Por su parte, Zambrano le escribía a Waldo Frank sobre Morelia: “ciudad preciosa, muy dorada y que recuerda levemente a Salamanca: las mismas piedras doradas, idéntica desolación espiritual, pero más pesada, más gravitante”. (6.7.1939). Lo más importante es que en esa ciudad María Zambrano maduró dos importantes libros en los pocos meses que dio clases en la universidad: Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía. Ambos debían haber germinado ya en España, pero se completaron en tierras aztecas y fueron publicados por La Casa de España que a tantos exiliados acogió. Otros proyectos se gestaron allí, principalmente las primeras notas de lo que hubiera sido una Breve historia de la mujer tras su ‘Eloísa o la existencia de la mujer’.

Cuando el año 1939 declinaba, recibió una invitación del poeta cubano José Lezama Lima a quien ya conocía, para impartir conferencias en la capital de la isla y allá se fue a finales de año. Dejó amigos y huella en México como muestran muchas publicaciones posteriores pero su vida tomó otros caminos entre las dos islas caribeñas pues junto a Cuba surgió el atractivo de Puerto Rico.


(*) Universidad Autónoma de Madrid. Académico correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce.

(Continúa en la edición de mañana)