Fachada del municipio de Sangarcía.
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Como es bien sabido, la arquitectura popular no solo refleja el estatus y dedicación económica de sus propietarios, sino que es un signo parlante de los gustos estéticos del momento en el que se levanta y es sitio, casi siempre en lugar destacado y visible, donde se refleja una devoción, las creencias o los miedos de los moradores de la casa. Es además el soporte de un extenso universo de signos, emblemas, letreros o decoraciones que dan lugar a un complejo lenguaje encuadrado dentro de lo que Armando Petrucci ha dado en llamar escrituras expuestas, denominación que recoge e interpreta todas aquellas epigrafías de carácter eminentemente popular que se despliegan ante los ojos del espectador y que emiten en cada época una serie de mensajes bien conocidos no solo por el emisor sino también por el receptor. Las paredes se convierten así en ámbitos de comunicación con el transeúnte, en los que se individualizan algunas partes en los que plasmar creencias, pertenencias o gustos estéticos. En especial en algunos puntos de la fachada, habitualmente puertas y vanos aunque también chimeneas, aleros y hastiales, donde el símbolo o el letrero es más visible -aunque no siempre- y cala de manera más intensa el mensaje.

Puertas y ventanas son, con todo, los lugares donde mayor acumulación de símbolos acumula la arquitectura

Puertas y ventanas son, con todo, los lugares donde mayor acumulación de símbolos acumula la arquitectura. Son espacios críticos, límites entre lo exterior y lo interior, ámbitos en los que la creencia popular sitúa la entrada del mal, en sus más variadas manifestaciones. Es el territorio que hay que proteger, que hay que conculcar a través de un símbolo, por medio de una frase devota, como si de guardianes del umbral se tratasen, en acertada expresión de Joseph Campbell, donde además se documentan una serie de prácticas rituales que, en numerosas ocasiones, han dejado una huella bien perceptible sobre estas aberturas de la casa. Son muy numerosos los ejemplos con que contamos en nuestra comunidad sobre este tipo de epigrafías, cuya distribución dibuja un desigual mapa que viene determinado, principalmente, por la idoneidad del soporte para grabar cruces y letreros devotos o dibujar otros tipos de espantabrujas o espantademonios, si bien son en ciertas comarcas donde la presencia de todo este universo de emblemas y diseños de carácter devocional se encuentra más presente; las comarcas de la Sierra de Francia o El Abadengo, en la provincia de Salamanca, la arquitectura serrana abulense o las construcciones del norte de las provincias de Burgos y Palencia, por citar tan solo algunos pocos enclaves de la comunidad de Castilla y León, donde la iconografía devota se encuentra más generalizada e hiper-caracteriza las construcciones populares y, a veces cultas, de estos territorios. Si bien la variedad de tipos es amplísima, la cruz se erige en el símbolo protector e identificador más generalizado el cual significa, en virtud de su localización y cronología, cosas diferentes si bien esas funciones conculcadoras no las pierde a lo largo de los siglos.

Aunque la provincia de Segovia ofrece, por su parte, interesantes ejemplos de estas epigrafías ‘a lo divino’ en muchas de sus comarcas de la misma, cabe destacar las que se despliegan por las casas de los carreteros de las localidades de Sangarcía o Etreros, por la personalidad de las manifestaciones devotas que puertas y ventanas despliegan a los ojos del espectador. Estas dos poblaciones se encuentran íntimamente unidas al trasiego de mercancías de la mano de una dilatada saga de arrieros que trasladaban los más variados géneros de mercaderías a lo largo de toda la Meseta hacia la capital del reino durante la Edad Moderna. Fruto de esta actividad económica, la arriería generó un flujo comercial que permitió a los arrieros y trajineros erigirse en una emergente fuerza económica local de los que la literatura ha dado buena cuenta según podemos leer en los artículos costumbristas de Gil y Carrasco o José María de Pereda. La casa de los arrieros de Sangarcía o Etreros, como las de los arrieros maragatos, es fiel reflejo de este poderío económico; la estimación de la casa propia, como apuntaba Maravall, despliega toda su esencia en un tipo de construcción en la que el empleo de ciertos materiales –la sillería en puertas y ventanas y ciertas técnicas decorativas, como la del esgrafiado, magníficamente estudiada por Rafael Ruiz Alonso, que recubre los humildes materiales con que están levantadas, da lugar a un soporte enormemente apropiado para desplegar todo un rosario de ornatos, letreros y símbolos religiosos cuya lectura permite desvelar algunos aspectos interesantes de la religiosidad local de la Castilla de los siglos XVIII y XIX. Cruces con silueta de Calvario, algunas acompañadas con representaciones del ramo de azucenas, soles y lunas y hexapétalas y complejos letreros del tipo sisteviator, vienen a desplegarse por los dinteles de puertas y ventanas así como en las partes altas de los lienzos de las fachadas, como una pública manifestación del fervor inmaculista propio de estos momentos, cuya difusión popular fue realizada por el trinitario vallisoletano fray Simón de Rojas, personaje que realizó una ingente labor de promoción del culto mariano a través de la devoción, a gran escala, del Ave María. Letreros del tipo ‘Avemaría Purissima’ o ‘Avemaría Purissima, sin pecado concebida’, son muy comunes en los dinteles de algunas de las casas arrieras de Sangarcía y Etreros, reproduciendo un modelo iconográfico que encontramos en estampas, cédulas o aleluyas. Resulta interesante reproducir un texto que menciona Javier Portús que recoge las honras fúnebres de Simón de Rojas en el que se describe como se hizo una gran impresión de Ave Marías que “(…) amanecieron puestas en las puertas de todas las iglesias, y casas principales, esquinas, y partes públicas de toda ella (…). Como precioso tesoro a porfía las quitaban de las puertas, y habiéndolas dado primer lugar en sus almas, les ponían en el mejor de sus aposentos”.

Si desde la Baja Edad Media la presencia de la cruz en puertas y ventana era un verdadero talismán contra la acción del Demonio, a lo largo de las edades Moderna y Contemporánea el elemento se multiplica

En ciertos casos, estos letreros inmaculistas no solo manifestaban la ‘moda’ devocional de finales del siglo XVIII y principios de la centuria siguiente, sino que mostraban un poder conculcador del mal que queda fuera de toda duda si atendemos a la presencia de dinteles en los que se puede leer inscripciones del tipo: “Ave María Purísima nadie pase de este humbral, sin que diga fervoroso Dios es todo poderoso” o “Avemaría Purísima, de aqueste umbral nadie pasa sin antes decir con fe (los que) habiten esta casa, Jesús, María y José”. Inscripciones que son, por sí mismas, detentes contra el mal y que definen unos espacios de tránsito como ámbitos críticos que es preciso proteger a toda costa. Si desde la Baja Edad Media la presencia de la cruz en puertas y ventana era un verdadero talismán contra la acción del Demonio, a lo largo de las edades Moderna y Contemporánea el elemento se multiplica con la colocación de este tipo de inscripciones y elementos vegetales que, andando el tiempo, se verán sustituidas por las conocidas placas con la representación del Sagrado Corazón de Jesús o de María, efectivos detentes que no son más que la materialización de las devociones del momento y un revival de una práctica protectora de orígenes medievales.


(*) Antropólogo. Universidade de Trás-os-Montes e Alto Douro (UTAD). Centro de Estudos Trasdisciplinares para o Desenvolvimento (CETRAD).