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García de Pablos, junto al buggy en el que realizará el viaje hasta Vigo en tres días. / E.A.

“Que nunca dejen de disfrutar la vida”. Es este el mensaje que ha tratado de transmitir siempre al resto. Desde hace siete años, añade algo más: “Que lo hagan con precaución”. Lo dice por experiencia. En 2015, con 32 años, Rodrigo García de Pablos (Segovia, 1983), vecino de Valverde del Majano, tuvo un accidente de moto que lo dejó en silla de ruedas. Pero su capacidad de adaptación le ha permitido mantener intacta su pasión por el motor. “Seguiré todo el tiempo que pueda en este mundo”, advierte. De hecho, el 25 de mayo iniciará un nuevo reto: durante tres días, recorrerá en buggy, por caminos y en solitario, los 600 kilómetros que separan su pueblo de Vigo, donde se reunirá con su hermana y su sobrina. No es la primera vez que afronta un desafío; en 2018, ya compitió en el ‘Dakar español’, en la categoría de ‘Parabaja’.

“Hacer 100 kilómetros por caminos es como hacer 300 por carretera”, asegura García. No es la velocidad que alcanza su buggy lo que le preocupa –tiene 200 CV-, sino los impedimentos que puede encontrarse en el camino y que quizá le obliguen a modificar su trayecto. No obstante, extremará sus precauciones y llevará un geolocalizador.

Hace tan solo un año y medio que se hizo con el buggy. Durante su ingreso en el hospital, decidió comprarse un quad. Estuvo con él tres años, pero tuvo que hacer frente a un miedo que el accidente había instalado en su familia. “No te vayas muy lejos”, le repetían. Siempre iba solo y, además, no contaba con barras antivuelco. Con la intención de sentirse más seguro y que alguien le acompañara en sus rutas, hace algo más de un año se compró un buggy de dos plazas. Pero lo cierto es que sigue montando solo.

El día que cambió su vida

Era un 15 de junio de 2015, lo recuerda como si fuese ayer. No había nada fuera de lo habitual en lo que hizo aquel día. Antes de ir a trabajar, decidió coger la moto. A las 19:00 horas, dejó a su pareja en casa. No empezaba a trabajar en la fábrica de su pueblo hasta las 22:00 horas, por lo que aprovechó para coger la moto y “dar una vuelta” que se hizo “eterna”. No se puso el peto que cubre espalda y pecho y este fue el “error”.

No recuerda “nada” pero cree que, sobre las 20:00 horas, se salió del camino y cayó en un campo de cereal –perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos de nuevo, no sabía dónde estaba ni qué le había ocurrido, pero notaba que no podía moverse y que estaba solo: nadie podía verlo y estaba incomunicado –no tenía móvil. “Si me pasase estando consciente, me pondría nervioso, pero en ese momento estaba tranquilo”, afirma, al tiempo que recuerda los “fuertes dolores de espalda que tenía”.

Escuchó pasar un coche, lo que le hizo intuir que cerca había un camino. “No sabía por qué no me podía poner de pie, pero el instinto de superación me hizo arrastrarme y llegar al camino para que alguien me viera”, relata. Intentó, sin éxito, gritar, pero nadie lo escuchaba. Solo le quedaba una opción: “acurrucarse” y esperar a que la noche pasara.

Al no tener noticias de él –estuvo diez horas desaparecido-, algunos seres queridos empezaron a buscarlo, hasta que a las 6:00 horas lo encontró un amigo. Lo trasladaron al Hospital General de Segovia y le comunicaron que tenía la dorsal seis de la médula espinal fracturada. De ahí lo llevaron al Hospital Clínico de Valladolid, donde le operaron, y, más tarde, a Toledo. Pasó once meses ingresado en los que tuvo que afrontar una de las peores noticias que iba a escuchar jamás; “Lo más probable es que no vuelvas a andar”, le dijeron. Y así fue. Además, unas complicaciones le hicieron perder el riñón.

El humor como medicina

Su familia y sus amigos se convirtieron en su principal sostén. A ello se une un sentido del humor y una personalidad desenfadada que hicieron que su estancia en el hospital fuera “más amena”. Y es que, aunque en un primer momento “no era consciente de lo que iba a ocurrir en su vida”, una vez que le dieron el alta, se dio de bruces con la realidad. Entonces vio lo “duro” que era esa situación.

La recuperación fue difícil, pero le resultó aún más complicado la adaptación a su nueva vida: sus hábitos y aficiones tuvieron que cambiar. “Cuando me dieron el alta fue como cuando te roban en casa y te lo han revuelto todo”, declara.

García cambió de forma radical, pero cuando está sobre el buggy le parece que todo sigue igual. “Siento una libertad total porque para mí el campo es una forma de cargar pilas”, asevera el segoviano. El reto que llevará a cabo la próxima semana es una muestra más de su deseo de normalizar su situación y demostrar que la silla de ruedas no es una limitación, sino el motor que le ha impulsado a hacer cosas que antes ni siquiera se había planteado. Ya se propone su próximo desafío: recorrer España en buggy.