Ni siquiera lo sabe. Ha perdido la cuenta de las veces que se ha grabado un dibujo en su piel. Lo hace desde que tiene 15 años. A sus 42, no tiene en mente dejarlo. Cuando le preguntan, Juan López siempre da la misma respuesta: “Tengo un tatuaje muy grande que me cubre todo el cuerpo”. Se van enlazando unos con otros. Y se acaban convirtiendo en una sola pieza. Esto, en alguna que otra ocasión, le hace tener que afrontar los “juicios” de la gente. Pero considera que la mentalidad “está cambiando”. Y que cada vez se estigmatiza menos a quienes tienen plasmado en su cuerpo parte de su historia. O auténticas obras de arte. Para él, esto es una expresión artística. Es tatuador profesional desde hace más de dos décadas. “La personalidad va por encima de la apariencia”, reivindica. Acepta que, quienes no le conocen, le “prejuzguen” por su estética. Está convencido de que su manera de ser les hace cambiar pronto de opinión.

Lo heredó de su padre. El dibujo jugaba un papel clave en su vida desde que era un niño. Copiaba los trabajos de los artistas que le gustaban. Más tarde, ocurrió algo que no le pilló por sorpresa. Su pasión iba cada vez a más. Hasta que, en 1999, se topó con un mundo que le fascinaba. Los tatuajes se cruzaron en su vida de forma casual.

Cuando alcanzó la mayoría de edad (1997), tuvo que hacer la mili. Decidió unirse al Ejército. Durante nueve años, fue militar. En ese tiempo, hacía diseños a sus compañeros para que se los tatuaran. Le “impresionó” ver sus obras en la piel de los demás. Esto le animó a dar sus primeros pasos como tatuador.

En 1998, se hizo con su primera máquina. La compró de segunda mano. Empezó a practicar con sus amigos. Tatuaba en su casa. Fue así como cogió experiencia. En Segovia ya tenía una larga lista de clientes. Quería dar el siguiente paso: montar su propio negocio. Hacerlo no fue sencillo. Le costó tomar la decisión. “Me faltaba dinero, pero me sobraba pasión”, cuenta. De ahí que no se lo pensara. En 2003, abrió su estudio. Y, diez años después, montó otro en Madrid.

Al principio, era solo un hobby. No se planteaba que esto acabaría siendo su profesión. Y, ahora, su mayor “obsesión”. Su familia fue comprobando que se le daba “bastante bien”. Cada vez tenía más clientes. “Me tocó demostrarles que era un trabajo serio, y a día de hoy se lo toman como lo que es”, explica López.

Tiene claras cuáles son las claves para ser un buen tatuador: “Necesitas ser constante y esto solo lo tienes si estás obsesionado y amas lo que haces”, asegura. No le “mueve” el dinero. Es su pasión la que le impulsa. Y el haber sentido “frustración” en más de una ocasión por las piedras con las que se ha topado en su camino. Pero lo cierto es que ha tenido más éxitos que fracasos. De hecho, cree estar viviendo su “mejor momento profesional”.

Es un “enamorado” de esta ciudad. Uno de sus mayores “orgullos” es haber contribuido a convertir a Segovia en un referente para “muchas personas del mundo del tatuaje”. Hace tiempo que aquí viene gente de toda España en su búsqueda: quieren tener sus dibujos grabados en su piel. Sus tatuajes tienen una seña de identidad: su estilo es “peculiar”. Lo ha ido adquiriendo con el paso del tiempo. Utiliza determinados “recursos artísticos” que hace que sus piezas sean “únicas”. Le gustaría seguir inmerso en esta “nube”. Para no dejar de plasmar su arte en el cuerpo del resto.