Muralla desde La Ronda de Don Juan
Muralla desde La Ronda de Don Juan

Hace poco me encontré con un colega, prestigioso Catedrático de Geografía e Historia de Enseñanza Secundaria, ya jubilado, que me comentó “no ha pasado un año sin que llevara a mis alumnos de tercero de la ESO a Segovia, para hacer el recorrido aquel, propuesto en las Jornadas de Ciencias Sociales sobre utilización didáctica del entorno, organizadas allí, en 1986, por la entonces Subdirección General de Perfeccionamiento del Profesorado del Ministerio de Educación y Ciencia, ¿recuerdas qué tiempos?”. Se refería a una etapa, breve pero intensa, (a duras penas llega hasta 1988), que se distingue por la ilusión y un grado de compromiso entre el profesorado (y no sólo), como no se ha vuelto a ver desde entonces en nuestro país, para hacer frente a la reforma de las enseñanzas medias, sentida como proyecto colectivo encaminado a promover fines, entonces irrenunciables, de equidad y disminución de las desigualdades a través de una enseñanza básica y obligatoria hasta los 16 años acorde con el derecho a la Educación establecido en el artículo 27 de nuestra reciente Constitución. Con propuestas como esta, se quería prestar ayudas al profesorado en su esfuerzo y empeño por superar los graves problemas del sistema educativo, recogidos en la documentación oficial de entonces: elevado fracaso escolar, elección prematura del destino académico y profesional, injusta depreciación de la FP, Bachillerato excesivamente teórico, enseñanza meramente receptiva, programas recargados, escasez de tiempo para el ocio y la creatividad que, a día de hoy, la renuncia a los fines antes irrenunciables ha convertido a estos, para escándalo de pocos, en el eje central de los más aclamados programas “de excelencia” inventados, que de ella no tienen más que el nombre. Una involución en toda regla.

Dentro de este marco de exigencias la propuesta mencionada, dividida en tres partes: las Canongías y la Iglesia Nueva; de San Martín a San Millán, y los arrabales de San Lorenzo y de san Marcos, defendía el desarrollo de la didáctica en el entorno bajo ciertos requisitos mínimos, que Segovia cubre con creces, a saber: la importancia testimonial de los restos materiales ( portadas, construcciones, trazado urbano…) para promover el interés por el pasado y estimular la imaginación y la curiosidad propia de la adolescencia; debía además, sin falta, capacitar para alcanzar niveles superiores de abstracción, generalizando los conocimientos a realidades más amplias y huyendo de localismos; por supuesto importaba y mucho, el cultivo de la sensibilidad artística y estética que prepara para disfrutar del ocio, valorar y defender nuestro excepcional patrimonio paisajístico ( natural e histórico- artístico); y hacía especial hincapié en la oportunidad que puede representar una propuesta de este tipo, para acercar a los jóvenes a un modo de razonamiento, inspirado en la investigación histórica y de la Geografía, que permita encontrar respuestas a preguntas y conjeturas bien formuladas mediante la observación directa, la empatía ( la necesidad de ponerse en el lugar del otro), y el tratamiento adecuado de fuentes de información variadas ( materiales, escritas y orales), en el convencimiento de que aprender a razonar con fundamento, es un requisito para el desarrollo el sentido crítico y la seguridad en uno mismo, tan necesarios para el equilibrio personal como imprescindibles para que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos, participar en la democracia con criterio y afianzarla. Entre los contenidos seleccionados, se encontraban destrezas para realizar un trabajo cooperativo y valores como la tolerancia y el respeto, tan necesarios para integrarse en el mundo laboral y poder convivir en una sociedad democrática que ya era multicultural. Su tratamiento surtía efectos y era observable ( unas veces más que otras, hay que reconocerlo) no sólo en la forma civilizada y entretenida de actuar y moverse los alumnos en pequeños grupos por el centro histórico, también en la particular y más intima de sentirse cada uno consigo mismo y con el conjunto de la clase, que se manifestaba, por ejemplo cuando a un estudiante de origen marroquí se le iluminaba la cara de orgullo y alegría, al descubrir junto con sus compañeros, muchos de ellos de origen inmigrante como él, que Segovia sin el trabajo de los modestos albañiles mudéjares no sería la misma; o con ocasión de un intercambio escolar, en el gesto de alivio ( y casi agradecimiento), de dos calladas hermanas italianas, judías practicantes, al concluir con sus compañeros españoles, como fruto de la observación atenta, que la mayor parte de las viviendas de la Judería Nueva eran sencillas, carecían de lujosas portadas de piedra, excepto dos, por lo que se podía inferir que en ellas vivió, un grupo social formado, en su gran mayoría, por gente trabajadora de los diferentes oficios que distinguían y animaban el tejido urbano, y no precisamente por ricos banqueros prestamistas o poderosos comerciantes como se suele resaltar. En fin la cercanía de los judíos a los canónigos, su ubicación dentro del territorio concedido al obispo por el Concejo en 1122 o incluso antes, se impone como prueba de la coexistencia e incluso si se me permite, convivencia de etnias y culturas durante largos periodos de la Edad Media, y ayuda a valorar los efectos positivos de esta circunstancia en el desarrollo económico y cultural (de antes y de ahora).

Así mismo, en la propuesta, como era habitual entonces, se daban dos circunstancias significativas: la colaboración de investigadores, profesores de reconocido prestigio e instituciones diversas con docentes encargados del diseño de la propuesta, así como la repercusión directa de la misma en el alumnado a través del trabajo posterior de los profesores que participaban en las jornadas, para adaptar esta a su realidad y elaborar sus propias propuestas. En cuanto a la colaboración, el Historiador Antonio Ruiz Hernando además de mostrar la ciudad, aportó fuentes primarias pertinentes recogidas en su tesis doctoral sobre Segovia y su evolución histórica; el geógrafo y profesor Nicolás Ortega Cantero desarrolló una excursión en el entorno segoviano, y el propio Director del Archivo Estatal, Eduardo Gómez Llera, que se prestó encantado a traducir el testamento de Antonio de Arreo, un rico mercader de lanas. Un documento divertido y muy útil para comprender el desarrollo del comercio y de la banca durante la Baja Edad Media y recrear la mentalidad del personaje y de su tiempo; A su vez, de gran interés fue la información proporcionada por la Delegación de Cultura, la propia oficina de planificación del Ayuntamiento y una amplia bibliografía con los estudiosos más relevantes del tema, que en su conjunto mostró a los asistentes un camino posible para llevar a cabo en su zona la concreción y desarrollo de un currículo cercano y más atractivo para los alumnos, con el apoyo de los Centros de Profesores que, por cierto, con ese fin y no otros se crearon. Pero es que además entre los asistentes los había comprometidos desde hacía tres años, en el desarrollo de proyectos experimentales en sus centros respectivos, previa aprobación del Claustro; se trata de docentes abiertos a todo tipo de iniciativas que hicieran posible el cambio educativo impulsado desde la Dirección General de Enseñanzas Medias, que implicaba a muchos Centros, y que contaba con un seguimiento y evaluación cuidadosos y positivos. Y llegados a este punto yo me pregunto: ¿y es que no estábamos entonces ante proyectos de excelencia, como ahora se dice hasta la saciedad?.

El proceso se truncó de la noche a la mañana. Sin más. Han pasado desde entonces más de 30 años, y no se ha conseguido siquiera un acuerdo de mínimos entre partidos que se dicen democráticos, sobre lo que deba ser o no, la educación de los jóvenes impartida en centros sostenidos con fondos públicos, creándose un clima de malestar e incertidumbre aprovechado por disidencias varias para elevar el tono de protesta; y en las Comunidades Autónomas, que con frecuencia han hecho de su capa un sayo con las leyes orgánicas de Educación–sobre todo con lo que no les gusta de ellas- y con las competencias educativas que nunca debieron tener. Al reclamado derecho a la educación lo han convertido ahora en un himno a la libertad. Lejos de avanzar en equidad vemos cómo se ha ensanchado más y más la segregación de alumnos y también de profesores en la educación obligatoria, y cómo se ha convertido la excelencia, sin ningún respeto por el conocimiento, en “todo en inglés”, muchos contenidos, “cuantos más mejor”, etc., sin priorizar o distinguir entre ellos aquellos que son más necesarios y útiles para el alumnado español en cada una de las etapas. Hemos llegado a un punto tal de despropósito que la sorpresa ahora, la representan iniciativas particulares, como la lanzada hace unos días por un grupo de profesores universitarios de Historia pidiendo firmas en apoyo de la impartición, en los cursos terminales de cuarto de ESO y segundo de Bachillerato, de un currículo centrado en el siglo XX de España y de Europa, estableciendo las conexiones oportunas, petición que no tendría cabida en nuestros países vecinos, porque todos llevan haciéndolo hace décadas conscientes de su importancia para consolidar la democracia por razones obvias. Lo nuestro es un perfecto anacronismo histórico que desgraciadamente se alimenta, ¿Será porque España es diferente?