Ruinas de la Iglesia de la Virgen de Agejas (Cabañas de Polendos, Segovia).
VÍCTOR SANZ GÓMEZ / SEGOVIA

El 12 de marzo me encaminé al Palacio Provincial tras concluir mi jornada laboral. Las noticias que llegaban en esas horas todavía dejaban espacio para la esperanza de una presentación como había sido norma en el Salón de Plenos de la institución que nos representa a todos los segovianos.

Pero, como alma que se lleva el diablo (ese que está en la Calle de San Agustín), mi esperanza quedó reducida a polvo. La pandemia ya era un hecho y todo acto social quedaba anulado. Mi gozo en un pozo, así me quedé; hasta que el lunes 17 de agosto se presentó el libro ‘Campanas en la Comarca del Río Pirón-Turégano’, fruto de la beca de Investigación del Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana.

El guión de ese día agostizo era el que era, y la situación convidaba a la prudencia y a extremar las precauciones. En el Salón del Trono nos presentamos mi hermana (qué menos que te acompañe la familia, aunque reducida a su mínima expresión), el personal de Diputación –ujier y Gabinete de Prensa –, la historiadora Mercedes Sanz, la antropóloga Pilar Panero, el tutor de la Beca José Luis Alonso Ponga, el diputado de Cultura José María Bravo y un servidor.

La verdad es que uno, cuando presenta un libro, espera otra cosa: el salón con público, la familia al completo, turno de debate y luego el momento de los parabienes o alguna que otra crítica. Ante aquella escena que mi cabeza vislumbraba entre esas arañas de vidrio y la sobriedad del estrado, se me pasó por la cabeza una situación que se vivió en algún pueblo. Ahora, la comparto con ustedes.

Lo último que desaparece en un despoblado es el edificio religioso. Nada más tienen que darse una vuelta por la provincia. Ruinas antiquísimas en despoblados como la Iglesia de la Virgen de Agejas (Cabañas de Polendos), la Ermita de San Medel (Bernuy de Porreros), la iglesia de Pociagüillo (Lovingos-Cuéllar) o el templo parroquial del sumergido Linares del Arroyo (Maderuelo) siguen en pie. La calidad y la técnica constructiva parece hacerlas irreductibles al paso del tiempo. Y con ellas, se mantienen sus campanarios o espadañas. Pero si se fijan más aún, todas poseen un denominador común: no tienen campana.

Unas veces por traslado a otras parroquias, otras por venta o por reaprovechamiento de materiales, las campanas son uno de los últimos símbolos concejiles en desaparecer. Y digo bien, concejiles. Porque más allá de la separación Iglesia-Estado, del campanario de la iglesia se sirvieron Concejos y Parroquias en un doble uso civil y religioso: desde finales del siglo XIX abundan las inscripciones epigráficas en las que se da cuenta que la campana fue encargada por el sacerdote y el alcalde; pero, bien es cierto, que ese rastreo se puede realizar a través de los Libros de Fábrica retrotrayéndonos a siglos atrás. Su sonido, como se comentó ya el día de la presentación, construye y moldea ese paisaje sonoro que, tras los siglos, se conformó y se mantuvo vigente, normalmente, hasta los años 60 del siglo XX.

Siempre se preocuparon las gentes de los pueblos de tener buenos instrumentos en sus iglesias o relojes, buscando un buen sonido y también potencia para alcanzar, en la mayoría de lo posible, a todo el término municipal al que estaba atenido el sonido de susodicha campana. De hecho, fíjense: cuando las campanas se fundían en los pueblos, los vecinos echaban incluso monedas, metales nobles… en los hornos de fundición, ya no solo como ofrenda, sino también para buscar esa calidad ansiada. Tarea interesante desde el área de la Arqueología sería comenzar un proceso de investigación y excavación en las cercanías de los campanarios en los que se den las condiciones para encontrar aquellos magníficos hornos que crearon, junto con las manos expertas de aquellos técnicos, tales instrumentos. Resulta atractivo conocer qué pudo ocurrir en las cercanías de algunas torres de nuestras iglesias. Por ejemplo, la información que obra en el Archivo de la Parroquia de San Miguel de Turégano sobre la gran campana que corona la espadaña dieciochesca de la iglesia encastillada deja entrever que el ejemplar pudo fundirse en el pueblo debido a que se paga al jornalero que acarrea los útiles y el coste de materiales necesarios para la fundición, tales como cáñamo, cera o sebo.

Quien sigue mis artículos o mis intervenciones en medios de comunicación conoce que siempre hago hincapié en un hecho: hay que cambiar la dinámica actual si queremos que los pueblos sigan con vida. El éxodo rural inducido en los años 60 del siglo XX sigue activo. Para muestra, un dato. Si seguimos las directrices establecidas por la Geodemografía o Geografía Humana y el promedio de las fórmulas indicadas por la Unión Europea para zonas con escasa población (8 o 12’5 habitantes por km2, en base a distintos parámetros), 146 municipios de la provincia de Segovia pueden ser considerados a día de hoy desierto demográfico; es decir, tienen menos de 10 habitantes por kilómetro cuadrado. O traducido en extensión, el 59,21% de la geografía provincial –más de la mitad– está en riesgo claro de despoblación. La solución a esta crisis territorial, verdadero problema de Estado, compete al conjunto de la sociedad: a todas las Administraciones, a las instituciones, a la sociedad en su conjunto (habitantes del medio rural, eventuales…), a los agentes sociales… Mantener el medio rural vivo es una necesidad estratégica por ser los pueblos los que poseen los recursos ecosistémicos y porque es necesario custodiar y cuidar el territorio, preservar el patrimonio cultural, natural, artístico, histórico…

Lejos queda el tiempo en el que un altísimo número de encargos para fundir campanas en esta España interior vaciada (llena de oportunidades y de talento, por otra parte) fomentase el asentamiento de maestros de la Trasmiera Cántabra como así hizo Benito Pellón Gargollo en Santa María de Riaza a finales del siglo XIX. Pero sí es posible conseguir las condiciones para que, al hilo de este artículo, no desciendan más campanas de lo alto de las torres porque ya no haya quien las escuche y que para, que cada vez que se quiebre un ejemplar por el uso, las comunidades sociales rurales encarguen la refundición de los bronces o la compra de un instrumento nuevo. Si conseguimos esto, será un buen síntoma.