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Juan Carlos es un cuentista. Su vocación por escribir relatos -¿por qué ese miedo en España a la palabra cuento para definir un género literario?: debe de ser por su polisemia- le ha llevado a incluir 153 piezas en un solo libro; piezas que se leen de un tirón y de un suspiro, y que una vez iniciadas rara vez dejan al lector en la estacada.

Me he preguntado antes por el miedo a calificar un relato como cuento. El diccionario de la Real Academia Española da hasta ocho significados a la palabra. La quinta le hace mucho daño: embuste, engaño. Pero es la que a mí me vale para presentar este libro de Juan Carlos Monroy. ‘La palabra sexo en el título vende más’. Pronto desvela el autor sus cartas. El libro –las 153 piezas breves- habla de sexo; y de amor; y de relaciones personales; y de aventuras que se desarrollan en el estrecho margen del encuentro entre dos seres distintos y a veces diversos, que es la más extraordinaria aventura que hombres y mujeres pueden experimentar desde que Adán se atragantó con un trozo de manzana, y utilizo en la descripción la iconografía que plasman las expresivas pinturas románicas de Maderuelo.

Hay de todo eso en el libro, pero también mucho más. Por eso he reivindicado la quinta acepción de la RAE. Porque Monroy, que conoce la comunicación y la creatividad, y se nota, pone en los ojos del lector un señuelo, pero una vez leídos buena parte de estos cuentos –me deben de quedar unos veinte o treinta: algunos los he releído más de una vez, no se crean- tengo la impresión de que de lo que trata el libro es de perfilar con sugerente exquisitez la personalidad del ser que entra en contacto con otro ser, y de -con sutileza, sin pedantería, dejando entrever cosas más que pontificando- puntear con la literatura la complejidad de las relaciones humanas, tanto cuando hay sentimiento como cuando es pura emoción la que fluye; o sea, cuando hay amor o solo sexo; o sea, cuando se genera una borrachera de oxitocina antes de que el simple cariño o el desamor lo empozoñe todo.

De manera especial admiro su facilidad en retratar el alma de la mujer –lean ‘Odio los lunes’: es fantástico-; tan bien la dibuja que salen ellas mejor paradas que los hombres. “Eso me pasa por ser mujeriego”, dice uno de sus personajes, “Mejor lo escribo bien: mujer y ego. Una combinación imposible, como el gin-tonic y los chupitos de ron”. Clava la metáfora el tío en lo que se refiere a los hombres.

Es este un libro que se puede leer a cachos. En unos minutos escasos se ventila cada pieza. Su estilo cambia. Unas veces es puramente narrativo, y otras –’Match point’- es simplemente una conversación; pero en todos hay traca final; sin moralejas ni moralinas, dejando después un regusto amargo, o una sonrisa, o una reflexión. Un buen libro, en fin, de un buen escritor. Que, además –y se me olvidaba- es segoviano.