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Julia Zamora atiende a una de las familias del programa de protección internacional. / L.J.G

Cruz Roja ha atendido en lo que va de año a 73 personas en el programa de ‘Acogida e Integración de solicitantes y beneficiarios de Protección Internacional’ y ha alojado a 295 personas por la crisis de Ucrania. Malí, Colombia y Honduras son los otros destinos con más refugiados.

El proceso de acogida de refugiados dura, salvo excepciones, 18 meses y se compone de dos fases. La primera es una acogida temporal –Cruz Roja tiene siete pisos en Segovia para alojar a un total de 40 solicitantes de asilo– a la que llegan una vez superada una suerte de fase 0 de la que en Segovia se encarga Accem. A partir de ese punto es el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones quien deriva cada caso a las organizaciones de asistencia. Cuando reciben cada caso, Cruz Roja se encarga de las primeras gestiones: empadronamiento, escolarización de los menores o tarjetas sanitarias.

Uno de los primeros puntos para la integración es el idioma. Hay clases de lunes a viernes, una forma de aprovechar los seis meses que deben esperar para recibir el permiso de trabajo. Otra es el programa de Empleo y Formación. Se trata de un trabajo transversal entre departamentos para agilizar el proceso. Desde asesoramiento para buscar empleos o crear un currículo a cómo ofertarse en Segovia. Los refugiados también trabajan con abogados, educadores sociales, administrativas o psicólogos.

En cuanto a ayudas económicas, estos refugiados reciben todos los meses dinero para cubrir sus gastos personales de higiene o manutención a la que se suman las necesidades circunstanciales; por ejemplo, gafas, tratamiento dental o material escolar para los niños. A ello se unen actividades de ocio, una parte que esperan reflotar con el buen tiempo tras la inevitable parálisis desde que llegó la pandemia. “El principal problema es que están muy aislados, no saben cómo empezar a entablar relaciones”, explica Julia Zamora, educadora social del programa de protección internacional de Cruz Roja en Segovia.

El programa es susceptible de prórrogas para casos excepcionales como que la familia tenga menores y carezca de recursos para mantenerlos o que haya problemas graves de salud. La segunda fase implica una mayor independencia, aunque siguen disponiendo de ayuda económica en caso de no tener ingresos. “El objetivo principal es que se valgan por sí mismos”. Aquí entran en juego las entrevistas de trabajo o la selección de ofertas.

La inserción laboral es buena. “Mucha hostelería. También fábricas o construcción. Incluso atención al cliente. Nos funciona muy bien las prácticas que hacen en los cursos de formación profesional que les ofrecemos porque les suelen coger”. Cruz Roja tiene acuerdos con empresas de diferentes sectores como parte de su plan de empleo para facilitar la inserción de los casos más complejos. Las propias empresas también comunican qué perfiles necesitan para que la organización adapte su oferta: si hace falta gente en la construcción, se convocarán más cursos.

El tratamiento psicológico es otro pilar del proceso. La primera cita con la psicóloga es parte imprescindible del procedimiento. “Es verdad que dependiendo de las nacionalidades son más o menos reacios. Hay sitios donde se asocia psicóloga con estar loco; no está muy normalizado”. Se trata de “tirar esa barrera”.

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