Cruce

"Aspiro a que mi arte sirva para pensar y, si fuera posible, explicar el mundo" (Amadeo Olmos).

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Al margen de otros intereses posibles y necesarios, se nos antoja que la exposición de A. Olmos que aún podemos ver en Arte C Galería, aprovechando algunas salas del club social de la Faisanera Golf, viene a ser un momento de silencio, una mirada distanciadora, una revisión autocrítica inevitable e imprescindible en todo proceso creativo, como itinerario ambicioso e inquietante en el que las dudas siempre están presentes y las ansiedades acechan con excesiva frecuencia. No en vano todo reto creador, si es tal, es siempre un reto de identidades quebradas, una aventura de indagaciones inciertas, un atrevimiento de imaginación íntima con la pretensión de dar luz a la imagen consumida, comprensión al saber alienado.

Las obras de A. Olmos se presentan como arte figurativo, lejos de viejas polémicas entre abstracción y realismo, que propone representaciones complejas basadas en mezclar imágenes tomadas de la iconosfera más accesible como el cine, la fotografía, la prensa gráfica, el mismo arte, y siempre del entorno más próximo y cotidiano que nos rodea. Surge un imaginario contagiado y contaminado que disloca formas y contextos, que rompe las imágenes complacientes de la cultura del autoconsumo identitario con el que nos inventamos cada día de manera cómoda y tranquilizadora, Pero no nos confundamos, la creatividad no es pretender ver lo que nadie ve, sino ver de distinta forma aquello que todos tenemos delante (M. Gardner).

El arte es un esfuerzo sintético. Se trata de interpretar aquellos datos que recibimos de forma mostrenca y abusiva pero fría en su valor y neutra en su significado. En el pensamiento la labor sintética nos facilita claves y nos proporciona criterios para entender la complejidad de la realidad que nos rodea, que con frecuencia aceptamos de forma crédula como si fuera en sí misma algo propio y natural. La propuesta creativa de Olmos pretende ofrecernos una estética hermenéutica que desvele la imaginería atrevida y desconcertante que pone delante de nuestros ojos, y que el mero juego de leyes perceptivas no soluciona ni la mera acumulación de datos eruditos nos tranquiliza.

Es un arte metapictórico, pintura de la pintura, imagen de la imagen, ficción de la realidad y realidad de la imaginación, invención de la sorpresa. Llama la atención cómo la pintura de Olmos es un defensa de la pintura misma, respeta los códigos iconográficos más consensuados de la pintura; se proyecta en soportes como la tela, la tabla o el cartón; pintura líquida y dibujo preciso; reglas de composición clásicas, figuraciones de luces y sombras creíbles… pero enseguida sospechamos que el mero sentido de las leyes lingüísticas del arte no satisface la comprensión de la obra vista, y empezamos a darle vueltas al significado de la imagen que nos propone el pintor. Entre gozo y duda caemos en la cuenta que en cada obra hay un juego ambiguo de significados que rompe los códigos para retarnos la percepción e inmiscuirnos en un juego de duplicidades que nos provoca, nos desconcierta y nos anima a dialogar con cada obra de forma abierta e imprevisible. De ahí que ninguna obra tenga su cartela que la nombre, la acote, la reduzca. Se nos viene a la memoria la sorprendente exposición “Íntimo” que nos propuso el artista en el Centro de Cultura Habitada de la Cárcel de Segovia en 2014, dando continuidad a estas inquietudes estéticas de A. Olmos.

De ahí el nombre de la exposición, “Cruce”. Intersección, síntesis, integración, superposición… que con frecuencia genera tensiones, conflictos, desconciertos, antítesis, sorpresas, preguntas, incertidumbres, dudas. El conocimiento surge no tanto de aportar datos cuanto de provocar interrogantes. La obra de Olmos pretende ser arte y pensamiento, “a veces lo veo – dice el artista – como un intento de desvelar la complejidad del mundo”. Pintor que piensa con la pintura.

Amadeo Olmos nos propone una exposición que recopila obras de cuatro series creadas entre 2001 y 2011: “Sin título” (2001-2004), “Tête Brêche” (2005-2006), “Días de color variable” (2008), “Principio de incertidumbre” (2011).

Las obras de la serie “Sin ´titulo” se exponen por primera vez en Segovia. Son obras en las que se suscita un contraste entre la naturaleza y el hombre. La tela misma es el fondo de la imagen, la naturaleza, sin mancha, sin pigmento, el personaje que se superpone tiene un suave color que da forma. En las series “Sin título” y “Tête Bràche” encontramos dos procesos con la misma técnica, fondo y forma que duplican la imagen y desdoblan en significado. Personajes que al darnos la espalda, nos invitan a completar el relato que descubrimos. Juego de representaciones en las que forma y fondo, sentido y significado, relato y narración, se entrecruzan con cierto desasosiego e inquietud. La creación explota la llamada “disonancia cognitiva” (L. Festinger), pintura no expresionista pero sí dramática, pintura no matérica ni violenta pero sí vital y sugerente, pintura que evita la descripción como evasión y la decoración como relax. Podríamos hablar de una pintura de fenomenología de estados de conciencia.

En la serie “Días de color variable” no aparece el hombre y la creación surge de un diálogo irónico con el arte contemporáneo y algunas de sus vanguardias de abstracción más radical como el Suprematismo, el Constructivismo. Revisión entre la verdad y la falsedad en la representación pictórica como reivindicación de la libertad en un conflicto de formas y de percepciones.

En la serie “Principio de incertidumbre”, la herencia de la física cuántica renace, se cuestiona un conflicto entre el paisaje emotivo y la abstracción geométrica con una armonía a la par que inquietud compositiva. La representación es mental, con una ruptura de escalas.

En las obras de A. Olmos se cumple el lema de que “el artista tiene que estar en el mundo” en su tarea creativa, crítica y transformadora. Son obras inquietantes, en la medida que todas ellas cuestionan los enigmas de la cultura actual y desbordan las tensiones y contradicciones de los relatos imaginarios de nuestra identidad. Cada obra de Olmos es un poema visual, reflexivo e irónico, que desborda miradas cruzadas, que rompe silencios miedosos y despierta pensamientos alternativos y reflexiones duplicantes.