PORTADA Dario de Regoyos Nocturno en Segovia

Cuando llega Vicente Cutanda (1850-1925) a Segovia para residir en la ciudad, España transitaba por un especial cambio de siglo. No iba a experimentar solo un paso de centuria, sino una transformación de costumbres, de modas, de concepto de país. Ese cambio, como pretendemos demostrar en esta serie de capítulos, se iba a notar más en una Segovia sometida a transformaciones profundas, que la despertarían de su aletargamiento de siglos. No era la primera vez que recalaba en la ciudad Cutanda. Vino como artista y, con el tiempo, como artista se quedó a vivir entre sus muros. No era el primero que lo hacía. Pocos años antes lo había efectuado Daniel Zuloaga, y muchos años antes lo hizo Antonio Espinosa de los Monteros (1782-1812), grabador principal de la Casa de la Moneda a finales del siglo XVIII y principios del XIX, que en la ciudad creó una importante Escuela de Dibujos, en donde se enseñaba toda clase de prácticas artísticas a los estudiantes, y que fue precursora de la posterior Escuela de Arte y Oficios, que en este cambio de siglo –sobre todo en 1901- no pasaba por un buen momento.

Pero Daniel y Antonio vinieron a ejercer su oficio, en una fábrica de loza, uno, y en la Casa de la Moneda el otro. En este final de siglo XIX, y durante el inicio del siglo XX, van a arribar otros artistas atraídos por el paisaje y paisanaje de la ciudad y de la provincia, por su especial luz y por el “arsenal riquísimo de monumentos y recuerdos históricos”. El naturalismo, el expresionismo, el luminismo, el costumbrismo, pugnaban por superar el academicismo imperante en los salones y generalizado entre los artistas oficiales. La crisis intelectual del 98 hizo que España buscara sus esencias; y allí estaba Castilla.

Habla Vicente Cutanda sobre Segovia: “Para mí (…) es uno de los contados sitios de España cuyo estudio ha de suministrar a los artistas elementos valiosos para constituir el arte nuevo (el subrayado es mío), la nueva pintura que se inicia, por el carácter especialísimo de sus bellezas no profanadas por el vulgo pictórico”.

Charles Cottet Eglise de Segovie
Charles Cottet. Eglise de Ségovie (circa 1905).

La nueva generación de artistas buscaba en el exterior lo que los clasicistas hallaban en el estudio; encontraban en la realidad lo que los academicistas en acontecimientos o modelos de la antigüedad. Insistía en ello Cutanda: “Asistimos a una de las evoluciones mayores que el arte ha experimentado desde que existe: las escuelas se borran y solo las personalidades quedan. Las obras de los grandes maestros, perdido su valor de ejemplos que imitar, y con solo su interés arqueológico, convierten los museos en inmensos panteones de arte”. Y concluía: “¿Cuán grande no puede ser el valor de las bellezas de Segovia cuando los artistas todos vean el arte de este modo?”.

Las reflexiones de Vicente Cutanda aparecen en la edición del Diario de Avisos de Segovia, de 22 de enero de 1901. Otra de las características de estos nuevos nombres –pioneros en nuestra ciudad- es que no se limitan a desarrollar su arte, sino que también reflexiones sobre él, y lo explican en periódicos, libros o cartas. No faltarán, por lo tanto, a lo largo de estos años referencias a los atractivos de Segovia para cualquier espíritu inquieto. Se busca documentar las experiencias, las sensaciones; trascender la realidad pictórica como si se necesitase compartir lo que se vive, se siente o se piensa. Darío Regoyos (1857-1913) lo hizo en su España negra. Darío Regoyos pintó cuatro espléndidos lienzos sobre Segovia. También lo hizo Aureliano Beruete (1845-1912), que no pudo escapar “a las vibraciones de la luz” segoviana, como bien dice Juan Manuel Santamaría (Arte en Segovia Siglo XX, 1985). El 17 de agosto de 1908 escribe a Joaquín Sorolla: “Ya puede usted figurarse que yo he venido aquí a pintar y no hago otra cosa mañana y tarde. Aún tengo la manía de pintar al natural… Ya conoce V. Segovia. Es muy pintoresco”. Claro que conocía Sorolla la ciudad y la provincia. Había estado en 1906 y 1907, dejando magníficos cuadros de su estancia en el Real Sitio de San Ildefonso, en los que la luz juega un protagonismo tan especial.

La luz en general, y los atardeceres en particular. El Adelantado de Segovia plasmó la realidad que acontecía en Segovia en aquellos años. El suelto tiene fecha de 1907. “Llegó la deliciosa otoñada, y buscando plácidos atardeceres y encantadores celajes vespertinos, se encuentran entre nosotros famosos artistas”. Tan era así que pioneros residentes, como Joaquín y Daniel Zuloaga, temían perder la exclusiva de la que habían gozado en compañía de pocos estos primeros años del novecientos, cuando todavía no se había producido, pero estaba en camino, la gran afluencia de artistas que se registró alrededor de los años veinte. Camino que no solo emprendían los hombres. El 6 de junio de 1906, el Diario de Avisos antes citado daba cuenta de que se encontraba próxima la llegada de “la eximia pintora inglesa mistress (sic) Patersson, que ya pasó el año anterior una buena temporada en Segovia”. Ese año anterior era 1905, en el que coincidiría en la ciudad con la escocesa mrs. Cameron, que llegó a finales de agosto de ese 1905, residiendo junto a su marido en el Hotel Comercio. Lo conocemos por una carta de Ignacio Zuloaga a su tío Daniel (posiblemente de 10 de agosto), en la que reconocía que era una pintora con talento, “medio discípula mía”. “Va a ésa (Segovia) a pintar gente de campo con zahones, capas y burros y mulas”. Es decir, también la España profunda que todavía anhelaban los costumbristas románticos. Se llamaran Cameron o Gerald Brenan.

SUPLEMENTO | Pioneros 1858-1908

 Y es que Ignacio Zuloaga, después de los espontáneos primeros pioneros, fue como bien dice Mariano de Caso un “promotor ante los extranjeros y no extranjeros de los viajes para conocer Segovia”, aunque luego se quejara de la pérdida de ese particular monopolio. “Va a ser eso una colonia”, apostillaba. Ese mismo año de 1905 tenían previsto llegar a la ciudad pintores como Pablo Uranga (1861-1934) –ya tradicional-, Darío Regoyos o Charles Cottet (1863-1925), un interesante artista que años después -1907- volvería, con tonos en su paleta más diversos que los luministas y un claro gusto por reflejar temáticas cotidianas. Al rebufo de este llegaría después otro francés de obra interesante René Prinet (1861-1946) –quién no se ha extasiado ante su cuadro La sonata a Krautzer-, otro integrante, como Cottet, de la en ocasiones mal llamada bande noire y que tiene un lienzo con una vista muy atractiva sobre Segovia. De Prinet fue discípulo Hermenegildo Anglada Camarasa en la Escuela Colarossi de Paris.

Hablábamos de la luz de Segovia. Sin embargo, el citado Regoyos llegó un momento en que prefirió pintar escenas nocturnas, cansado de tanta luz matutina. En realidad, era una tendencia que se observa en su pintura desde los primeros momentos. Antes la luz crepuscular que la que se deriva de la fuerza del sol vibrante. En una carta al también pintor Manuel Losada confesaba “huir de la odiosa luz a la hora del calor”. “Cuántas veces se admira una figura en la obscuridad o en el campo, en la hora del crepúsculo, diciendo: esto vale mucho más que todo lo que hice de impresiones locas de sol”. En otro momento, y en otro lugar, confiesa procurar pintar “al caer el sol una impresión encendida, pues ya se sabe que este país, como no se ilumine con sol de poniente o luces de bengala es decididamente un país impintable”. Como se ve, había gustos para todos. Y al parecer todos los satisfacía Segovia.

Un ejemplo de la tendencia expresada por Regoyos, se plasma en su cuadro Nocturno en Segovia, que se exhibe hoy en el Museo de Bellas Artes de Álava

Un ejemplo de la tendencia expresada por Regoyos, se plasma en su cuadro Nocturno en Segovia, que se exhibe hoy en el Museo de Bellas Artes de Álava después de una reciente compra. Es un lienzo excepcional que reproducimos como ilustración en estas páginas. Este ambiente nocturno de la ciudad años más tarde inspiraría la obra de un Julián M. Otero, un Manuel Martí Alonso o un Torreagero. Por no hablar más directamente –el tratamiento minúsculo de los personajes, su condición de sombra, su incardinación en el enorme escenario que forma el paisaje- de su incidencia en algunos frisos cerámicos de Daniel Zuloaga. En la escena que desarrolla la pintura, un segoviano lleva en la grupa de un asno a una joven. A falta de sol es la luna la que proyecta la luz, y el efecto de esta, forma un aura que envuelve la casa, y la pared, y el propio camino, en el que los personajes son meros puntos de referencia, como lo es el árbol que estructura su composición en uno de los laterales. Darío Regoyos utiliza su experiencia como pintor divisionista para destacar las diferentes zonas con el simple cambio de tonalidad: es la paleta, y no el dibujo, el que en definitiva da relieve a la zona. Como ya vimos en La Diligencia de Segovia (1882, aunque durante mucho tiempo estuvo fechada, por la interpretación de las cifras que aparecen en el cuadro, en 1889), realiza un picado para marcar el punto de vista, lo que mejora la perspectiva general del cuadro.

Juan San Nicolás lo fecha en 1901, cuando el pintor vivía en Irún, y lo motiva en una visita que realizó con Emile Verhaeren. Todo hace suponer que fue después de la impresión –y por lo tanto del viaje que la hizo posible- de La España negra de Verhaeren (Barcelona, 1899). En el libro, no sale Segovia. Pero en el cuadro sí. Por cartas de Ignacio Zuloaga se concluye que las visitas del pintor asturiano –afincado primero en Bélgica y después por largas temporadas en el País Vasco- debieron de ser varias en esos años.

Darío Regoyos fue verdaderamente uno de los pioneros en Segovia. Place à Segovia o la misma Diligencia son de los tempranos años que supone 1882. Otro cuadro magnífico, de realidad diluida y también temprano, es Acueducto de Segovia (c. 1885). No fue, sin embargo, Regoyos el primero entre los pintores finiseculares. Otro más antiguo que hemos podido encontrar es Una casa de labor (cercanía de La Granja), de Aureliano Beruete, de 1878. Aunque ya se nota la vibración de la luz, su estilo no puede calificarse aún como impresionista, y eso que el gran Beruete fue uno de los máximos exponentes de esa corriente pictórica en España. Todavía su forma de acercarse el paisaje –aunque sea en claro plainairismo- tiene un deje innegable de realismo, no en vano Beruete era discípulo de Carlos Haes, introductor, desde su formación belga, de la pintura al aire libre. Pero los paisajistas que seguían a Haes, y el propio Haes, preferían entornos espectaculares, al estilo de la Canal de Mancorbo en los Picos de Europa o el Monasterio de Piedra de Zaragoza. Aunque hubo excepciones, como después veremos. Simplificamos mucho si, retornando al argumento expuesto al principio, decimos que lo que acercó a los pintores a Segovia en una época determinada de la historia del arte como es esta que narramos, fue el instante en que la pintura asocia la luz al paisaje; y en el momento en que los tipos populares castellanos forman parte del otro paisaje, el urbano, con grandes y viejas reliquias arquitectónicas, complementario a la decadencia observada en el espíritu del país.

Simplificaríamos, pero no nos alejaríamos mucho de la realidad de lo que fue. La obra de Joaquín Sorolla, Ricardo Marín, Ignacio y Daniel Zuloaga, Valentín y Ramón Zubiaurre o López Mezquita son un buen ejemplo de ello. Como lo es la de otro pionero en el sentido más amplio de la palabra, Martín Rico (1833-1908), con sus acuarelas tanto de Valsaín, como del Real Sitio o del Acueducto de Segovia. Eduardo Juárez publicó el 22 de septiembre del 2019 un interesante artículo en El Adelantado de Segovia a propósito de la acuarela que sobre el palacio de Valsaín pintó este extraordinario artista en 1870. El Museo del Prado tiene obras del autor retratando el Acueducto de Segovia –acuarela sobre papel verjurado-, que muestran a un joven pintor –acaso pasara los veinte años- que no se conforma con el tratamiento del paisaje de los románticos o realistas puros, y que huye del dibujo en la conformación de los contornos, signo de modernidad pictórica que después heredó Francisco Bonnín en la magnífica acuarela Convento de Capuchinos, hoy propiedad de la marquesa de Lozoya.

Aureliano Beruete, como se decía, tiene una destacable obra sobre Segovia. En realidad, sus visitas eran frecuentes, dada la propiedad que su hermano Tomás tenía sobre la Abadía de Párraces, en donde pasaba días de descanso Aureliano. Un ejemplo de ello, como recuerda Juan Manuel Santamaría, es que en la exposición antológica celebrada en 1983 por la hoy Caixabank, ocho de los cuadros seleccionados poseían temática segoviana.

En 1895, el Museo de Arte Moderno había adquirido la obra Epílogo, una de las escasas introducciones del obrerismo o realismo social en España

En el principio de esta crónica hablábamos de Vicente Cutanda. Cuando escribe el artículo en El Diario de Avisos reside en Segovia y ya es un pintor reconocido. En 1895, el Museo de Arte Moderno había adquirido la obra Epílogo, una de las escasas introducciones del obrerismo o realismo social en España. Sin embargo, ya instalado en la ciudad volvió a esa mezcla de historicismo y romanticismo, mezcla de Moreno Carboreno y del Casado del Alisal de La campana de Huesca, y concibió el enorme El milagro de la Eucaristía o del Corpus Christi (1902: en otras referencias, El origen de la Catorcena), para presidir la entrada de la antigua Sinagoga mayor de Segovia. También pintó para el Ayuntamiento de la capital un retrato de Alfonso XIII.

Cutanda fue acogido con los brazos abiertos en el reducido mundo intelectual de la época en Segovia. Participó como jurado en la Exposición Provincial de 1901, la primera muestra que se realizaba en la ciudad sobre arte –entre otras cosas- y que dio relevancia a figuras como Toribio García, Lope Tablada Maeso, Mariano Larios o Xavier de la Pezuela, por obviar a quien obtuvo la medalla de oro, Aniceto Marinas, ya con nombre en la escena nacional. Por cierto que el escultor y pintor, al que se le dedicaba una sala, presentó esa originalidad modernista-clasicista que es ‘Retrato de mi mujer. Busto en mármol y bronce’, que posiblemente coincida con el hoy propiedad de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La utilización en una misma obra de varios materiales, de texturas y tonalidades diversas, fue muy rara en la obra de Marinas pero, por ejemplo, aparece como recurrente en la de Victorio Macho.

Esa exposición de 1901, inaugurada en septiembre, fue una demostración de que todavía Segovia balbucía en materia artística, aunque hubo representaciones excelentes como la escultura El favorito –que hoy luce en un rincón de la ciudad- o la propia obra de Xavier de la Pezuela, delicadísimo en su uso del pastel y de la acuarela. Las discrepancias en los galardones fue mayúscula, y muchos de los distinguidos renunciaron al sentirse, sin embargo, poco reconocidos. La verdad es que todavía harán falta unos años para desempolvar el gusto por el romanticismo, el academicismo y el historicismo que imperaba en los pinceles o en las plumas de nuestros conciudadanos. El Adelantado de Segovia acogió entre sus páginas tanto la inauguración como el desarrollo de la Exposición, primero como semanario –septiembre- y después, a partir del 16 de octubre, como diario. A él se dirigían los, a su criterio personal, poco reconocidos para mostrar sus quejas y la renuncia a sus distinciones en las distintas categorías de su muestra.

Vicente Cutenda Epilogo
Vicente Cutenda. Epílogo (1895).

Incluso la propia ciudad parecía, en estos albores del siglo XX, no muy dada a la fácil asimilación de estos nuevos foráneos que venían a desarrollar su vocación artística. Y máxime si eran extranjeros. Hay un hilarante relato de José Rodao en el hoy decano de la prensa manifestando su preocupación ante un paseo con un amigo francés y su gabardina por las calles de la ciudad. En otra crónica pasada evidenciamos las quejas de los incipientes turistas por el abuso en la prestación de servicios de los nativos. En un artículo de El Adelantado de Segovia (23 de noviembre de 1907), el asunto que se refleja va más allá, pues a la vez que cerciora la presencia “entre nosotros de famosos artistas a quienes la inspiración sonríe”, se lamenta que a esos receptores del favor de las musas “los muchachos mal educados (arrojen) cáscaras de sandía y otros proyectiles menos inofensivos”.

Concluido este esbozo sobre los pioneros en nuestra Comunidad de Ciudad y Tierra y en nuestra provincia, solo queda añadir que será en la década de los años veinte cuando se produzca la mayor arribada de artistas que, imitando las experiencias previas de Daniel e Ignacio Zuloaga, incluso fijen su residencia en la capital. El grueso de la Edad de Plata se produce a partir de 1920. Por ello hemos llamado a esta generación que crece entonces la de 1920. Es en 1921 cuando se produce la primera gran muestra colectiva en la Casa de los Picos. Cuando surgen las potentes figuras segovianas de un Emiliano Barral o un Lópe Tablada de Diego. Cuando, en el mismo 1921, es premiado con el Fastenrath Juan de Contreras por Poemas castellanos. Cuando despliega su actividad la Universidad Popular Segoviana, fundada en 1919, y ejercen, en fin, su autoridad sobre los jóvenes Blas Zambrano y Antonio Machado.

SUPLEMENTO | Pioneros 1858-1908