Iglesia de San Quirce. / E. A.

El lunes 6 de octubre de 1930 tiene lugar la inauguración oficial del Ateneo Segoviano. Se hace en el salón de sesiones de la Diputación de Segovia. La protección oficialista queda clara en la intervención del presidente de la institución provincial, Gabriel J. de Cáceres. También el carácter con el que se alumbra la nueva sociedad: “Toda la obra”, dice Cáceres, “(…) obtendrá nuestro concurso, y mucho más cuando (…) no piensa confundir los ideales políticos —como lo hacen algunos de los organismos de este género (el subrayado es mío)— con la parte espiritual, procurando, atendiendo más a esta, impulsar el porvenir y desterrando la lucha de ideales que hacen chocar a los hombres unos con otros, y la política y religión en controversias funestas, para ocuparse de la difusión de las ciencias y de las artes, que debe ser su exclusivo objeto” (el subrayado sigue siendo mío).

Toda una declaración de principios que complementa en su posterior discurso el presidente interino del Ateneo: Alberto Camba, militar que había salido recientemente de la plaza segoviana, y que figuraba en la nómina de colaboradores habituales y destacados de El Adelantado de Segovia. Todo ello evidencia que no era una inauguración cualquiera la que tenía lugar ese lunes de otoño en la ciudad castellana. El ambiente no era solo festivo, también subyacía un intento de autoafirmación que todos los presentes tenían claro, y que iremos descubriendo poco a poco en esta crónica. El discurso de Camba lo testifica. Poniéndose el parche antes de que fluyera la herida, y aludiendo de manera inequívoca a terceros, rechazaba que la organización pretendiera “organizar una de tantas capillitas como hay desperdigadas por esos mundos de Dios para fomentar el endiosamiento y recría de superhombres”. “Nosotros no queremos eso”, apostillaba, “no hemos de ser cultivadores del autobombo a tresbolillo”. Por si no hubiera quedado claro el mensaje y sus posibles destinarios, adicionaba: “Más que realizar una labor práctica de educación popular, tienden estas pintorescas colonias de ‘cerebrales’ a prepararse auto organizaciones apoteósicas, previa la exaltación de méritos elaborados artificialmente por ellos mismos, en complicidad con organillos periodísticos de espiritualidad trashumante y lánguida”.

No creo necesario acentuar las frases del siempre encendido Camba, porque gozan de una claridad meridiana. Al día siguiente surge un nuevo cooperador necesario de la iniciativa. Como era de esperar, El Adelantado de Segovia, cogestionado entonces por Rufino Cano de Rueda y por su hijo Luis, salta a la palestra. No es ajeno el periódico —entonces el único de la provincia— ni a la controversia que se adivina en el fondo ni a la creación del Ateneo. En su edición de 7 de octubre de 1930, apertura el periódico con el acto de inauguración, saludando a una institución que, desde el segovianismo, “goza de ‘amplitud de criterio’” y es ajena a exclusivismo perjudiciales”.

La alusión al carácter segoviano puede inducir a dudas para quien, con el paso de los años y de las circunstancias que llevaron a la fundación del Ateneo, no tuviera clara la perspectiva y la motivación que subyacían a la creación de la nueva institución. Introduciéndonos de nuevo en el discurso de Alberto Camba, las claves pueden vislumbrarse con mayor nitidez. “Hasta ahora, cuando en Segovia se ha sentido la necesidad de tratar en público de algún tema importante se ha buscado oradores de fuera para que ilustrasen a la gente de la ciudad. Así hemos escuchado el verbo elocuente de los señores Zulueta, Orueta, Zabaleta y algunos otros señores cuyos apellidos no terminaba en eta. ¿Es que en Segovia no hubo o no hay hombres aptos para tratar públicamente los problemas más arduos, con tanta competencia como puedan hacerlo las más brillantes eminencias forasteras?”.

Todos estos señores, como decía Camba, habían formado la nómina de invitados de la Universidad Popular Segoviana en sus famosas conferencias. Como lo fue Américo Castro, cuya intervención encendió la mecha de la postrer discordia. Cierto segmento de la sociedad segoviana se replegaba sobre sí mismo. Cogía el testigo de quienes calificaban la banda a los tertulianos —artistas de toda condición reunidos alrededor de las figuras de Antonio Machado y Blas Zambrano— que en años precedentes se citaban en cafés o en talleres de artistas. Ya no se gozaba de esa integración vivida en los locales (como el del Diario de Avisos) de principio de siglo. Se evidenciaba la radicalización de posturas como acaso sucediera en la sociedad civil en general en Segovia y en España. Estamos a finales de 1930. Con Primo de Rivera ya muerto después de su exilio en París.

En todo caso, la fundación del Ateneo Segoviano supone la fractura de la unidad que desde 1919, con altos y bajos —veremos el precedente de 1928, verdaderamente significativo—, había anidado en la Universidad Popular Segoviana, capaz de unir, al menos durante nueve años, a personas de distinta tendencia intelectual, social y política. Pero, como se decía, la propia situación de la sociedad española —recién salida de una dictadura— y el desarrollo endógeno de una nueva clase intelectual segoviana —con semejante vocación política que la anterior, pero de cuño muy diferente, al que no era ajeno la influencia de Antonio Machado o de Blas Zambrano— había llevado a un punto de equilibrio inestable, que terminó rompiéndose. Ni siquiera un hombre ponderado, como el entonces director de la UPS, el arquitecto Javier Cabello Dodero, pudo impedir la ruptura. El pensamiento y la actividad de intelectuales como Ignacio Carral, Julián M. Otero o Mariano Quintanilla a principios de los años veinte había supuesto un síntoma de la tensión que empezaba a observarse después de décadas, quizá de siglos, en los que las disputas se quedaban en el plano artístico o en las diferencias a la hora de adjudicar los premios en una exposición —por ejemplo la de 1901—.

El primer acto en el que se manifestó la proyección social, por no decir política, de las nuevas tendencias generacionales, fue el que se vivió en abril de 1921 con motivo de la colocación de la estatua de Juan Bravo en la hoy Plaza de Medina del Campo, entonces Plazuela de San Martín. Parecía una simple protesta de jóvenes con distinto criterio artístico. Incluso con cierto carácter trasversal, si repasamos la lista de quienes figuran como firmantes del manifiesto, pero la búsqueda de apoyos fuera del reducido ámbito provincial y los ataques tanto al Ayuntamiento como a figuras consagradas artísticamente, como Aniceto Marinas, le daba al movimiento un carácter de rebeldía hasta entonces no experimentado en la sociedad segoviana. La llegada de las vanguardias, aunque de manera tibia, con revistas como manantial y con conferencias en la UPS de escritores como Ernesto Giménez Caballero, supuso un elemento más que alteraba el plácido conservadurismo de la “pétrea e inamovible” Segovia, que diría la joven María Zambrano, que en 1930 hacía ya más de dos años que había abandonado la ciudad en la búsqueda de nuevos aires.

El enfrentamiento había llegado ya al ámbito personal, y en los siguientes años se evidenciará más. Es muy significativo, en este sentido, el artículo que escribe Pablo de Andrés Cobos en Heraldo Segoviano el 2 de marzo de 1930, con motivo de la muerte prematura de Julián M. Otero, ocurrida un par de semanas antes. En vez de cantar su gloria, Cobos se retuerce en su dolor: “Un crimen, un gran crimen, que a un hombre así le hayan hecho sufrir los hombres. Un enorme crimen que la ruindad del alma humana haya ayudado a quebrarle la vida (…) Otero, y no otro, ha sido el único segoviano que yo he visto civil y puro durante los últimos seis años de incivilidad”. Se refería en este último párrafo, como fácilmente se puede adivinar, a los tiempos ya pasados de la Dictadura de Primo de Rivera. Pero en el primero se disparaba a otra diana.

Julián M. Otero había sido el protagonista del primer conflicto serio entre los profesores de la Universidad Popular. Ya lo mencionamos en nuestra Crónica dedicada a la Generación de 1920, esa generación que por primera vez en la historia de la provincia tomó conciencia de sí misma y de su fuerza creadora y movilizadora. Otero presentó su dimisión como profesor de la Universidad Popular a raíz de un artículo publicado el 4 de septiembre de 1928 por precisamente Alberto Camba (aunque bajo el seudónimo de Marcial Garrido), en El Adelantado criticando el relato La novena de las brujas que había publicado en el verano de 1928 en la edición doble de manantial. Por primera vez emerge la cuestión religiosa, que subyacía en la crítica de Camba al por otro lado magnífico relato de Otero. El escritor manda entonces —5 de septiembre de 1928— una carta de dimisión al director de la Universidad Popular, Javier Cabello, y al secretario de la institución, Antonio Ballesteros. Lo fundamenta en sentirse “absolutamente incompatible, en cualquier obra, con Don Rufino de Cano Rueda y Don Segundo Gila”. Lo de este último, fundador en su día —1919— del periódico La Tierra de Segovia, con toda probabilidad se debiera a su adscripción, ya en esas fechas, al partido Unión Patriótica de Miguel Primo de Rivera. Hasta ese día, las cosas parecían tan tranquilas que incluso Heraldo Segoviano —8 de julio de 1928— había saludado el traslado de Alberto Camba como militar, calificándolo de “fecundo y erudito escritor”.

A partir de ese momento, los ánimos se recrudecen en, llamémoslo así, ambas sensibilidades. Representadas por una parte por El Adelantado de Segovia y por el otro por Heraldo Segoviano. Heraldo había nacido como hebdomadario el 1 de agosto de 1926, y en su primera época durará hasta 1931. La segunda tendrá menos recorrido, entre 1935 y 1936. Lo dirigía su promotor, Carlos Martín. Alfredo Marquerie figurará en esta primera etapa como redactor jefe, coincidiendo con la época de mayor significación política y social del semanario. En él escribieron el ala más progresista de la intelectualidad segoviana, con firmas como Ignacio Carral, Pablo de Andrés Cobos o Rubén Landa. Mariano Quintanilla, el compañero de aventuras de Ignacio Carral, ocupaba por esos años de finales de los veinte, una plaza de catedrático en el instituto de Zamora. Precisamente fue Ignacio Carral quien, en un artículo de 17 de agosto de 1930, descubría la posibilidad de creación de un Ateneo que actuase en paralelo de la Universidad Popular, y que estaría formado “por diversos elementos significadamente conservadores de esta población”, en referencia, claro está, a Segovia.

SAN QUIRCE

En esta delimitación del ‘who is who‘ del panorama cultural e intelectual de la Segovia de los últimos años veinte, no debemos olvidar que el semanario social-católico por excelencia era ‘El Avance Social’. Sería tan ridículo, por otra parte, negar el carácter conservador y tradicional de El Adelantado de Segovia como caer en el simplismo de etiquetar solo como tal a un periódico en el que habían escrito Colombine, Manuel Chaves Nogales, Ramón Gómez de la Serna o León Tolstoi. El Adelantado era el reflejo de la mayoría de la sociedad segoviana del momento, y en donde algunas plumas como Francisco Martín y Gómez, que había llegado en 1927 de la mano de Luis Cano, y que, como bien dice Pablo Martín Cantalejo, gozaba de “sereno y claro juicio”, “dejó numerosas y claras muestras de su inteligencia” y de su capacidad intelectual. La complejidad a la hora de trazar líneas gruesas se evidencia también cuando se encuentra en el Heraldo su participación en la cuestación para un homenaje al marqués de Estella (el dictador Miguel Primo de Rivera) o aparece entre sus páginas la voz de Lucía Calle —antigua colaboradora de El Adelantado de Segovia por acogida de José Rodao—, desdeñando con su moralina habitual “el nauseabundo piélago de las costumbres modernas” (15 de julio de 1928).

Tras la primera turbulencia en las aguas calmas de la Universidad Popular con la salida de Francisco M. Otero —repetimos, septiembre de 1928—, las posturas se radicalizan. Y los enfrentamientos van a descender, como se decía líneas más arriba, al ámbito personal. Habrá tiempo para verlo.

En esta coyuntura y con estas circunstancias, la conferencia de Américo Castro va a suponer solo la mecha que definitivamente haga explotar el polvorín, fracturando de manera sustancial a una institución tan modélica como había sido hasta entonces la Universidad Popular Segoviana.

Planteamos la situación para luego desarrollarla en un próximo capítulo. El 25 de mayo de 1930, el catedrático de la Universidad Central de Madrid, pronuncia una conferencia titulada El problema religioso y la Historia de España. Hemos visto antes los elementos que, de una manera nítida o en ocasiones no tan evidentes, componían las dos sensibilidades en juego: distinta concepción política; distinta ubicación social; distinta comprensión de la realidad artística. Faltaba la cuestión religiosa para completar un cóctel molotov de consecuencias previsibles. Que llegaron pronto. Desde hacía treinta años, El Adelantado podía dar una de cal y otra de arena en distintas cuestiones. Pero nunca había bajado la guardia en lo tocante a la religión. O al clero. Se vio —y lo hemos visto— en la reacción ante el relato de Otero sobre la novena de las brujas. Por ello, no sorprende que, al día siguiente de pronunciada la conferencia por el profesor Castro, el decano de la prensa segoviana realizara el difícil ejercicio en periodismo de recensionar y a la vez valorar el discurso; y la aún más procelosa tarea de velar por la sensibilidad de los lectores para no alterar la firmeza de sus creencias. Se publicó el 26 de mayo, y aparecía sin firma.

Entresaco algunos párrafos de la crónica: “Los males de que no nos incorporemos, en el fondo y en la forma al progreso europeo, los achaca, equivocadamente a nuestro entender el conferenciante, al problema religioso. Cree que la religión en España, inspirada en un soberano desprecio para las cosas de la tierra, como en las obras de nuestros grandes místicos, quita alientos para trabajar en todos los órdenes de la vida”. Y sigue. “Califica de intransigente a la doctrina cristiana en nuestra nación; teniendo frases desagradables (que aquí no reproducimos, por no herir los sentimientos cristianos de nuestra ciudad, que respetamos y ensalzamos) para las ideas religiosas de los españoles, con el propósito de presentarlas completamente opuestas a las de los restantes países católicos”.

El propio redactor se va creciendo conforme avanza la crónica, hasta llegar a un extremo que considera de no retorno, y en el que decide echar el cierre a la cuestión cuando al docto profesor se le ocurre decir que el mundo es un libro escrito por el dedo de Dios, que hay que leerlo y descifrarlo. “En este párrafo hacemos punto final, porque los restantes conceptos que vertió Américo Castro en su conferencia no se acomodan al sentir francamente religioso y de acuerdo con la manera de pensar, en materia de fe cristiana, de nuestros lectores”. Punto final a la cuestión. Los capítulos que siguieron, y cuyo final hemos adelantado al principio de este artículo, lo veremos en la próxima Crónica, porque hay aspectos interesantes y retratos de protagonistas en los que merece la pena detenerse.