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Julián Ariza volvió a la cárcel de Segovia para presentar sus memorias. /EFE

A sus 88 años, el histórico sindicalista Julián Ariza pasea por la cárcel de Segovia donde estuvo preso nueve meses de los cuatro años en los que se le privó de libertad bajo el régimen franquista y asegura, más de medio siglo después: “Creo que el sacrificio y el esfuerzo, lo digo sinceramente, valió la pena”. El cofundador, junto a otros, del sindicato Comisiones Obreras Julián Ariza (Madrid, 1934) se expresaba así durante una entrevista durante su visita a esta cárcel hace unos días, hoy reconvertida en un centro cultural, con motivo de la presentación de sus memorias ‘El precio de la libertad. Recuerdos de un antifranquista’.

Precisamente, lo que le trae este centro penitenciario son muchos recuerdos, ya que conserva idénticas las galerías, las puertas con gruesas rejas, las celdas –hoy salas de exposiciones– y los patios donde Ariza, hace 53 años, perdía poco a poco la vista después de más de dos años de “no ver más que paredes”. En Segovia fue la única vez, en sus cuatro años de preso, que salió al exterior, precisamente para graduarse la vista, y después de solo nueve meses, a raíz de un accidente que tuvo el 19 de marzo de 1970, le llevaron a la cárcel de Yeserías y después a Carabanchel, donde cumplió la mayor parte de su condena.

A pesar de rememorar entre estas paredes “muchos recuerdos de un tiempo muy duro”, también recorre su cuerpo un gran sentimiento de “gratificación”. “De poder estar hoy aquí, aunque sea medio siglo después, y saber que lo que en un momento era un centro de internamiento, contra la libertad, hoy es una muestra de que tenemos libertad, que tenemos democracia y que vivimos en otro país infinitamente mejor que el que había hace cincuenta años”, explica Ariza.

Pese a su avanzada edad, recuerda con claridad cómo separaron a los apenas cincuenta presos que había en esta cárcel en tres grupos para que no pudieran relacionarse con sus compañeros o cómo dividían su tiempo entre hacer ejercicio, estudiar e intentar enterarse de lo que ocurría fuera. “El balance final es que fue un periodo muy duro, muy difícil, costó, como suele decirse, sangre, sudor y lágrimas, pero al final hemos tenido una España democrática, una España mejor y creo que el sacrificio y el esfuerzo, lo digo sinceramente, valió la pena”, asegura ahora Ariza.

Los “setenta años de militancia sindical” que lleva a sus espaldas comenzaron en la primera mitad de los años cincuenta y, al entrar a trabajar en la fábrica Perkins, fue cuando conoció a Marcelino Camacho, junto al que fundó, con otros, Comisiones Obreras. En su libro, Ariza repasa la historia de su vida, atravesada por los acontecimientos más importantes de la reciente historia de España, desde “la brutalidad, en todos los órdenes, de los años cuarenta”, plagados de “miseria”, “pobreza” y “represión”. También los años sesenta, donde según el autor también hubo “brutalidad”, pero “mayor desarrollo económico, menos miseria, menos dificultad para poder sobrevivir” hasta el “cambio notabilísimo” a partir de 1976, hacia la democracia.

Con la mirada puesta en nuestros días, Ariza califica de “inconcebible” la presencia de un partido como Vox en la vida política del país y en instituciones como el Gobierno de Castilla y León. Dice no comprender cómo “conociéndose, por mucho que se quiera ignorar, cuál ha sido la historia de la dictadura” puede haber gente que trate de “emular” lo que él llama “una cierta tendencia a un sistema autoritario, un sistema limitativo del ejercicio real de la democracia y de las libertades”. En este sentido, pone como ejemplo la voluntad del partido de derogar la Ley contra la Violencia de Género y otros ataques contra las políticas de igualdad para las mujeres, ámbito en el que parece que la formación trata de “retroceder”.

Otra cosa que reconoce no entender del todo es la falta de movilización por parte de los jóvenes frente a la precariedad laboral, ya sea en forma de sindicalismo o de huelgas, aunque consigue ver “una cierta explicación”, “ya que suelen tener un paraguas protector por parte de las familias”, que en su época no había, lo que contribuye a que su emancipación sea también más tardía.