Constitución VIVAEn la tradición constructiva segoviana, los pórticos constituyen no solo una solemne entrada al templo sino también un lugar de acogida, de encuentro, de armonía de la comunidad cristiana pero también de la sociedad civil. El primer paso para destruir los templos pasaba históricamente por derribar estos sitios de convivencia. Las razones podían ser varias, pero el objetivo, único.

Los dos primeros artículos de nuestra Constitución son el pórtico del corpus jurídico que luego se desarrolla: anticipan y sintetizan los rasgos más sobresalientes de nuestro sistema democrático, que sin duda convierten a nuestra Carta Magna en la obra más completa de derechos individuales y sociales que hoy existe entre los países de nuestro entorno. Quizá por ello ha unificado históricamente a sus enemigos.

Estado de derecho, Estado social, Estado democrático, Monarquía parlamentaria, libertad, igualdad, justicia, pluralismo, soberanía nacional, pueblo… son conceptos que se elevan sobre su propia formulación para convertirse en realidad viva, tangible, bases de la teoría y de la realidad política que constituyen los cimientos de una comunidad.

Sin ellos, no se puede entender a la España de hoy día, son supraprincipios jurídicos o principios de principios. Pero la Constitución es un todo. No se debe adoptar a cachos. Como en una bóveda gallonada, las partes conforman el conjunto, y nada es este sin el global de partes; excluido uno, la construcción se desvanece.

Quizá sea esta concepción la que no comprenden hoy algunos miembros de las nuevas generaciones, que no se sienten partícipes de este proyecto común. Creen pertenecer a una sociedad diferente a la que entonces aprobó regirse por esos principios antes anunciados que sintetizan los principales rasgos del derecho constitucional vigente. Simplemente les recomendaría que –un 23-F, cuarenta años después del intento de acabar con nuestras libertades- leyeran estos dos artículos con los que principia la Constitución y piensen que han sido los garantes de una de las democracias más plenas que hoy existen en el planeta, y de una convivencia en paz.

La grandeza de un ser humano se mide por la talla de sus enemigos

“La grandeza de un ser humano se mide por la talla de sus enemigos”. No está clara la atribución de la frase, pero cambien el ser humano por Constitución y sin prejuzgar la talla –más bien escasa- de sus enemigos solo hay que observar quiénes han atacado y atacan a la Carta Magna para afianzarse aún más en su valoración. No deseo comparar a nadie con nadie, pero la realidad es la que es.

El 23 de febrero de 1981 los sediciosos pretendían acabar con los principios recogidos en los dos artículos con los que se inicia la Constitución. Les daba alergia los derechos humanos, no otro espíritu movía sus actos; sus peroratas, su violencia extrema –ellos que por su oficio tenían el monopolio de las armas- representaban lo peor de la parte negra y esperpéntica de nuestra historia. Evidenciaron la misma alergia que los que forzaron, atacaron y atentaron contra la Constitución de 1931; porque no se puede valorar nuestro orden constitucional sin la defensa estrecha y rigurosa de “la dignidad de la persona (y) de los derechos individuales que le son inherentes” (art. 10,1).

Pero tampoco se puede entender este orden constitucional sin la Monarquía parlamentaria –clave de la bóveda que antes mencionaba- y de la preexistencia constitucional de la Nación española. España es una magnitud anterior a la Constitución, una magnitud que precisamente hace posible la Constitución. El artículo 1 es meridianamente claro en este sentido: “España se constituye en un Estado…” (artículo 1.1), con lo que su preconstitucionalidad es evidente. Quienes atentaron contra la unidad de España el 27 de octubre del 2017 –como quienes lo hicieron el 14 de abril de 1931 o el 6 de octubre de 1934- protagonizaron otro intento, aunque con armas distintas, de romper la armonía jurídica contenida en nuestra Ley Suprema.

Plumas bienintencionadas escribieron que ese día se había ganado la Corona. No les faltaba razón desde una perspectiva social y política general

Juan Carlos I tuvo un comportamiento ejemplar en defensa de la Constitución desde el primer momento. No solo el 23-F. Plumas bienintencionadas escribieron que ese día se había ganado la Corona. No les faltaba razón desde una perspectiva social y política general. Quizá estas mismas plumas sean las que hoy censuran con sentido el comportamiento personal a quien sin dejar de ser Rey es un ciudadano sometido a derechos y a obligaciones. Tan legítimas, en un Estado democrático y de derecho, son las críticas como los halagos, pero no se debe obviar la historia ni la realidad jurídica.

El artículo 57 de nuestra Carta Magna se desarrolla en doble sentido: se señala que la posición regia dimana de la propia Constitución, pero también que ésta supone la legitimación democrática de la propia existencia de la Corona, anterior a la norma constitucional. Matiz en el que no se depara en ocasiones, y más bien se obvia por intereses puramente personales o de grupo. La Constitución es un todo, como tal hay que entenderla y tratarla.

Y está viva. Felizmente viva.


ÁNGEL GONZÁLEZ PIERAS, director general de El Adelantado de Segovia