Juan Marsé, Premio Cervantes 2008. / Europa Press

Juan Marsé nunca fue un miembro nato de la “gauche divine” barcelonesa. Acaso bordeara sus arrabales. Pero nada más. Los catalanes de izquierda o de derecha, altos o bajos, gruesos o flacos, siempre han tenido un marcado toque de supremacismo. Intelectual o social. A la “gauche divine” pertenecieron miembros de la alta burguesía catalana como Gil de Biedma, Pere Portabella, los Tusquets, Esther y Óscar, o los Maragall. No Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalban o Juan Marsé. Aunque fue redactor jefe de la revista “Bocaccio”, su conciencia social –no solo política- y su forma de vida le distanciaban de algunos de sus compañeros de generación. Mientras Gil de Biedma era secretario del consejo de administración de “Tabacos de Filipinas” y Óscar Tusquets un afamado arquitecto Marsé se ganaba la vida como auxiliar de un laboratorio bioquímico de París o, antes, en un taller de joyería.

A Juan le llamaban sus colegas bohopijos “Marsé”, que fonéticamente corresponde a Mercedes en catalán. A él aquello le sonaba a cuerno quemado, pero no le cabía otro remedio, pienso, que aceptarlo si no quería verse apartado de aquellos chicos guapos, brillantes, con reseñable pedigrí familiar y adictos al sexo y al alcohol. Él, en cambio, era hijo adoptado y solo compartía con el perfil de los colegas su afición, en ocasiones desmesurada, por el alcohol.

Una tarde de finales de los ochenta, disfrutando plácidamente de la brisa mediterránea, le recordé la anécdota del apelativo. Me despachó del grupo en el que estaba con cajas destempladas. Nunca más volví a tener relación cercana con él, y eso que lo intenté primero tras la publicación de esa magnífica novela que es “El embrujo de Shanghai” (1993), y, después, al editarse “Rabos de lagartija” (Premio de la Crítica y Nacional de Narrativa en el año 2000), para mí una de las mejores novelas escrita en el siglo XX en español, aunque su publicación bautizara el XXI.

Es significativo que el autor de la novela social y neorrealista por excelencia del siglo pasado –al unísono con el Sánchez Ferlosio de “El Jarama”- diera un giro copernicano a su producción y se atreviera en “Rabos de lagartija” a experimentar con una estructura narrativa tan lúcida. Hoy no se puede entender al Manuel Vilas de “Ordesa”, ni algunos de los pasajes de Vilas-Matas, sin este libro tan rico en literatura. En ocasiones, la vida de un escritor tiene estas sorpresas, la misma que dio Miguel Delibes con “El hereje”, que nada tiene que ver con su producción anterior (1998), y que tan bien sirvió para reivindicar a un autor cuyas bocanadas literarias no siempre gozaban de buena salud. Delibes publicó “El hereje” con 78 años; Juan Marsé “Rabos…” con 67. Los dos sirvieron para despedir gozosamente un siglo con grandes altibajos en la narrativa hispánica.

Antes, había escrito -lo he dicho- “El embrujo de Shanghai” (1993), otra de sus grandes producciones. Todavía está grabada en mi memoria la transmisión al lector de determinadas sensaciones, como el aroma a huevos de los comienzos de la novela. Si algo caracteriza las mejores obras del autor es ese halo de sensaciones, de ilusiones, de imágenes en el que envuelve a quien se acerca a su obra. Me admira la unión de la narración cronológica con varias analepsis y el sentido de tragedia clásica contada por un non nato de “Rabos…”, pero quien se enfrenta a “El embrujo…” no puede escaparse, salvo de padezca de insensibilidad supina, de ese ambiente en el que la ilusión y la realidad se entremezclan sin que se diferencien claramente sus fronteras.

Y si sucede con la realidad y la ficción –ese es su legado al mejor Vilas-Matas-, lo mismo ocurre entre los hechos acontecidos y el recuerdo de esos hechos: se debe considerar con dudas lo que se cree recordar, este podría ser el lema de gran parte de su producción. Me interesa más este Marsé que el que se engarza en obsesiones como la ausencia del padre o la fascinación juvenil por la violencia, que tan bien personifica el Pijoaparte de Manolo Reyes en “Últimas tardes con Teresa” (1966), otras de su grandes obras. “Últimas tardes…” cierra la tetralogía de las mejores novelas de este autor con “Si te dicen que caí” (1973), un libro que me fascinó cuando lo leí: una novela dura, en donde la violencia transciende al sujeto y se hace social; protagonizada por una turbamulta pero de perfiles muy definidos, a la que hoy, sin embargo, temo enfrentarme por si, haciendo caso a Marsé, la memoria ha distorsionado mi capacidad crítica.

El Pijoaparte tiene continuación en una novela como “La oscura historia de la prima Montse” (1970) que, a mi parecer, pasó en su momento desapercibida por la inmediatez en su lectura con “Últimas tardes…”, y por sus conexiones argumentales, temáticas y estilísticas, pero que descontextualizadas las dos supone otra obra muy notable de Juan Marsé, a pesar del estrambótico final.

Pero el mismo autor escribió “La muchacha de las bragas de oro” (1978), vencedora del Premio Planeta, y en la que las referencias metanarrativas y quizá, solo quizá, la urgencia en su escritura configuraron un batiburrillo que no había por dónde cogerlo. El escritor no se resistió ante la golosina del premio. Tampoco lo hizo Juan Benet con “El aire de un crimen” (esta quedó finalista en 1980); ni Vargas Llosa con “Lituma en los Andes (1993); ni Cela con “La cruz de San Andrés” (1994). Todas, a excepción de “El aire…”, novelas muy menores, digamos que alimenticias.

Con la muerte de Juan Marsé se va el último representante de la mejor novela española del siglo XX, pero, como suele ocurrir, y es la gran riqueza de la literatura, persistirá su obra, unos libros que retrataron con igual énfasis una Barcelona, y una España, salida de la Guerra Civil que una sociedad en evolución desde el tardofranquismo a la democracia.